El Equilibrio es Imposible

“Qué felices, qué caras más tristes”

El pasado jueves volví a ver a Iván Ferreiro. Es, posiblemente, el artista que más veces he visto en directo. Y volvió a tocar algunas canciones de Piratas, grupo del que era cantante. Esta vez recuperó Fecha Caducada, El Equilibrio es Imposible y Años 80. Y como siempre, he acabado una vez más, añorando a Los Piratas, con esa melancolía del que los descubrió tarde y los disfruto casi de manera “postuma”. Y como siempre, la melancolía no viene solo de las canciones de Los Piratas si no de lo que fueron en mi vida.

Siempre digo que el grupo que más me ha marcado en la vida ha sido Standstill. Y es cierto, porque me marcaron desde los veinte años que los descubrí. Pero entre los diecisiete y los veinte, mi vida la definieron Los Piratas. Y si no se hubieran separado, quizá Standstill hubiera quedado en un segundo plano.


“Tengo el corazón lleno / de moscas que se mueren / ardiendo en un cajón / con mi cabeza y un martillo.”

Pero esto está ya más que contado para cualquiera que me conozca. Hoy lo que os quiero contar es como ese disco con el que me enamoré de Iván Ferreiro y su troupe, Ultrasónica, me sigue definiendo casi veinte años después.

Tuve la inmensa suerte de que aparecieran unas fiestas de Fuenlabrada, mientras giraban con Ultrasónica. Había escuchado de ellos las típicas. Mi Matadero Clandestino y Años 80. Me gustaban, cuando salían en Canal 7 o Sol Música, siempre me quedaba escuchándoles, nada más. Y aquel concierto me explotó la cabeza. Algo que me ha pasado solo con ellos y con los ya comentados Standstill en aquel Festimad. Al día siguiente, gracias a la Tienda Tipo de Fuenlabrada, estaba escuchando en casa los CDs de Ultrasónica + Sesiones Perdidas y el de Fin De La Primera Parte. El Fin… era fascinante, sobretodo por algunas canciones que me siguen persiguiendo (ejem ejem, M, ejem ejem, Te Echaré De Menos), pero Ultrasónica me hablaba de una forma que jamás me había hablado un disco. Y el añadido de Sesiones Perdidas con las caras B… nunca, nunca jamás había escuchado algo parecido.


“que el equilibrio es imposible cuando vienes / y me hablas de nosotros dos / no te diré que no / yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo”

Las putas treinta y siete canciones hablaban sobre mi. ¡Todas! No me lo podía creer pero así era. Y dieciocho años después, el puto disco sigue hablando sobre mi. Es difícil de creer hasta para mi, pero es así. ¿Y esto qué quiere decir? La respuesta a esa pregunta igual me da un poco de miedo.


“¿Qué puedo hacer, si ya estoy muerto y sobra el tiempo?”

Y si has llegado leyendo hasta aquí, pues aquí es donde está la chicha de lo que quería decir. La primera y obvia respuesta es que las canciones de Ultrasónica son atemporales, ageneracionales y juegan dentro de los sentidos que tienen. No está muy lejos de la realidad. Cuando les escuchaba con mi reciente mayoría de edad ya lo pensaba. Sus canciones se pueden interpretar de tantas maneras, que es difícil que alguien no se sienta ni un poquito identificado con ellas. No son canciones fáciles y, quizá por eso, hace fácil que cualquiera las haga suyas siempre. Y seguramente mi interpretación de cada una de ellas dista de la interpretación que puede hacer cualquier otra persona.


“y las cosas que más me gustan / siempre me hacen llorar
Mi infancia ha sido tan larga / que nunca acaba de terminar
y sigo buscando algo / que me divierta de verdad”

También está la otra respuesta. La que da miedo. No he evolucionado desde que tenía dieciséis años. No me identifico por nostalgia, me identifico porque sigo siendo igual que en el año dos mil cuando era un adolescente gilipollas. ¿Qué miedo, no? Que hayan pasado veinte años y estar en el mismo sitio que entonces. Lo que más miedo me da es que, en el fondo, sé que esta es la respuesta correcta. Vale, sí, decir que soy el mismo es exagerar mucho. Ahora soy independiente. Aunque viva en un espacio poco más grande que el cuarto que ocupaba en casa de mis padres por aquel entonces. Pero me veo en las mismas situaciones y con las mismas mierdas que entonces, sigo cantando “Inevitable” a gritos en mi casa como lo hacía en aquel cuarto. Mientras, veo que a mi alrededor todo ha cambiado. Todo el mundo “se ha hecho mayor” y está lejos de donde estaba en el cambio de milenio. Todo el mundo menos esa persona que aparece en el espejo.


“y sigo convencido / y sé que es por ahora / que ya no es tarde / dime que no…”

Un tsunami ha barrido todo lo que tenía a mi alrededor y en la playa ya solo quedan los restos de algunas cosas, a las que me aferro, que agarro fuerte, tan fuerte que quizá a veces lo que quieren es huir. Y con los restos de los naufragios que trajo el tsunami, no sé qué hacer, no sé que son, no sé para qué sirven.


“No hagas que me arrepienta / Traicionaría lo que llevo dentro sin dudar”

Y sí, como siempre que escribo, esto es una exageración, es una forma de escupir las cosas que no se explicar cuando alguien pregunta ¿qué tal? y al plasmarlo siempre queda más grave que lo es en realidad. Da igual, no importa. Cerraré el procesador de textos, me iré a dormir, mañana será otro día normal en el que no me pasará nada malo, y tampoco nada bueno. Llegaré a casa y volveré a abrir otra hoja en blanco para vomitar lo que quiera que sea que me esté pasando por la cabeza, ¿qué será la chispa de la próxima diatriba? ¿Otro concierto? ¿Algo que veré por la tele? ¿Una película? ¿Una frase lapidaria del libro que me estoy leyendo? Da igual. Todo seguirá igual. Pero sigo convencido, que ya no es tarde. Dime que no.


“yo no insistiré / quizás esté asustado
creo que podría liberar este dolor / lamento / no entender…”

Rocco Sigfredi Es Siempre Otro

Cero notificaciones. La vibración fantasma. Cuarenta grados, el sudor cae por su frente, delante de la pantalla en blanco. Acaba de borrar todo lo que tenía escrito. Será mejor encriptarlo hasta que nadie lo entienda. Hasta que el texto tenga el mismo sentido que las palabras que salen por su boca cuando alguien le pregunta. Un particular Parte de Guerra lleno de eufemismos.

“Y me obsesiona no ser una carga,
ni para mí, ni para los demás.”

El verano de las Sociedades Secretas, una cada día. Preguntas por hacer, cosas que decir que ya están dichas y está seguro que es mejor no repetir. Mejor no hablar. Busca el día en el que todo se fue a la mierda porque tiene la sensación de que, si recrea el momento con suficiente fuerza en su cabeza, podría arreglarlo. Podría encontrar la fórmula como Fry, moviendo las estrellas. Pero como a Fry, se le escapa entre los dedos sin poder hacer nada. Treinta grados y vuelve la implosión de antimateria. Rocco Sigfredi Es Siempre Otro. Aunque en el fondo, sabe que ningún movimiento de estrellas hubiera servido.

Suda humo, suda alcohol. Suda antimateria, pero de eso nadie se da cuenta. El mundo gira en torno a las palmeras y él se enreda de nuevo en los destellos etílicos que le traen un poco, un poquito de paz. Y un poquito de guerra también.

Quizá habría que reunir otra vez al Consejo de Sabios, que le pongan una vela porque está atrapado. Pero el tiempo pasa sin pena ni gloria. Pequeñas obsesiones que le hacen esperar con ansia, disfrutar un poco menos y autoengañarse repleto de esperanza. Es pronto para la amnesia y tarde para salir intacto.

Las noches sin dormir no son siempre por el calor o por la resaca. No sólo, al menos. Borra otra vez, un nuevo pase de encriptación. Hasta que llegue el frío, hasta que llegue demasiado pronto. Ve el final de las cosas pero se niega a aceptarlo. Van morir cosas en curso que llevan ya tiempo con respiración asistida y morirán cosas que ni siquiera llegaron a nacer.

Y llega el frío por fin y, con él, el miedo. Las estrellas le abruman, como siempre que las mira. Se siente muy pequeño y sin embargo con un vacío más grande que el universo que le devuelve la mirada. Y se convierte en un Reloj Sin Manecillas.

Los peores momentos que trae el frío se le juntan con los mejores. O quizá los provocan. No sabe, está confuso, como siempre. Y los mejores no dejan de convertirse, un año más, en una gota china que esperaba que no volviera, que tiene que superar, que sabe que algún día dejará de salpicar. Vuelven los destellos corintos. Le confunden. No debería ser así, ¿no?, se pregunta. Y se asusta como un animal, y esa es la señal de que ha llegado el día de La Gran Broma Final y un gong anuncia la retirada.

Y regresa al calor, a la rutina que le come por dentro, a los paseos terapéuticos, a los Taberneros. Pero da igual. Ya todo da igual. Tiene demasiada tolerancia al dolor, ya se lo decían los médicos. Y es que Hay Cosas Que No Hay Que Contar.

BBK Live 2019 (O de agujeros espacio temporales)

Era jueves, estábamos subiendo al monte Kobetamendi de Bilbao después de habernos puesto tibios a pintxos. De todas las cosas bonitas que tiene el festival, una de ellas es el cañeo por Bilbao. Otra es, desde luego, el propio lugar donde se hace el festival. Un monte, todo verde, rodeado de bosque. Acostumbrados a festivales de asfalto, tierra y calor agobiante, es una maravilla.
Bilbao BBK Live
Y mientras subíamos en el bus, algo pasó. Hubo una suerte de agujero negro cercano a la Tierra o algo así, me vais a perdonar pero no estoy muy seguro de como funciona esto en la ciencia. Pero lo cierto es que se rasgó el espacio tiempo, apareció allí la conciencia de mi yo de diecisiete años, justo después de haber ido a mi primer festival, el Festimad de Móstoles. En serio, esto pasó el jueves y mi jovencito yo me ha estado acompañando los tres días de festival y he ido hablando con él. Paso a relatar y transcribir las conversaciones que tuve con ese chico al que apenas reconozco y que, parecer ser, tampoco me reconoce a mi.

–Bueno, bueno, así que dentro de diecisiete años seguimos yendo a festivales jevis ¡qué pasada!
–Esto… a ver como te lo explico. Aunque haya algún grupo metalero, el BBK no es un festival metalero. De hecho si hay alguno en el cartel, no lo conozco…
–Pero qué dices tío, ¿en qué nos hemos convertido? Ostia por eso ya no llevas ni pelo largo, ni collares de pinchos ni cadenas o que. ¡Y una camisa hawaiana! Puf, que bajón. Pero entonces esto de qué es.
–Pues no te puedo especificar, hay de todo, rock, folk, indie, electrónica, reguetón…
–¿Qué? –Le noto muy sorprendido– ¿Reguetón? Pero qué coño.

El autobús llega a Kobetamendi y subimos hasta la entrada. Nos compramos unas latas de cerveza antes de entrar, así al menos se ahorra un poco a los precios de festival.

–Y vamos a ver, ¿una cerveza? ¿dónde está el carro lleno de whisky?
–Eso ya quedó atrás tío, el cuerpo ya no aguanta lo mismo.
–¡Pero qué dices! Anda ya hombre, antes de un festival hay que echarse unos copazos joder.
–Ni antes ni durante, si queremos acordarnos de los conciertos.
–Joder, madre mía.

El joven que fui una vez me ve bailar con Delaporte. Puedo notar sus ojos muy abiertos y como se echa las manos a la cabeza. Hace poco él estaba saltando con Rammstein.

–Esto es muy raro, ¿pero te gusta?
–Pues mira en disco me parece bastante mediocre y no es que los escuche normalmente, pero este concierto es muy divertido.
–¿Vas a un concierto sin que te gusten los discos? ¿Cómo es eso?
–Pues que los festivales hay que aprovechar joder, y siempre se descubren cosas chulas.
–No se yó…
–Ay, alma de cántaro. En un par de años irás a ver un grupo que se llama Standstill sin saber quienes son y… en fin, no te voy a hacer spoilers de tu vida.

Nos dirigimos después de Delaporte, previo paso por repostaje de cerveza, al escenario Basoa. El escenario donde se reúne la crema de la electrónica en el BBK.

–¿Electrónica? Osea rollo Prodigy, Chemical Brothers y tal ¿No?
–Ay… no, mira no. Que eso está muy bien pero… mira, mira.
–Pero eso son DJs y lo que suena… ¿Eso es bakalao?
–Techno, amigo, es Techno. Ahora vamos a bailar un rato.
–¿Estás bailando chunda chunda? ¿Y hay un escenario solo de eso por el día? En el Festimad eso era por la noche y no se me ocurriría pasar por allí ni de cerca.
–Pues tu te lo pierdes.

Aún no hay mucha gente, no son ni las siete de la tarde, pero Basoa se empieza a animar. Aunque el jovencito Santi se sorprenda y se lleve las manos a la cabeza, este escenario va a ser fijo cuando tengamos tiempo que rellenar sin grupos que ver en otros escenarios. Cenamos, pasamos por la barra otro par de veces y vamos después a ver Vetusta Morla.

–Y estos quienes son, dime que por lo menos estos son cañeros. ¿Vetusta Morla es por lo de La Historia Interminable? Tienen que ser jevis, no me jodas.
–No exactamente. Son indies.
–¿Y eso que es?
–Puf, a ver como te lo explico. A ver que recuerde de aquella época… ah, ya, Los Planetas. Los Planetas también serían indies, de ese rollo.
–¿En serio? ¿Ese coñazo de grupo?
–Ouh amigo… dentro de un par de años me lo dices.
–En fin, yo que sé, vamos a ver que hacen estos.

Aunque haya tenido temporadas en los que no quería ni oír hablar de ellos, siempre me acabo reconciliando con Vetusta. En parte porque no hacen más que sacar temazos, en parte porque por mucho éxito que hayan tenido se siguen manteniendo “indies” de verdad.

–¿Estás… estás llorando?
–Lo siento tío, pero ahora no estoy para tí.
–Pero qué es esto, tío…
–En serio, luego seguimos si quieres, pero este momento necesito que me dejes.

Nos sentamos con una cerveza, hay que descansar un poco.

–Pero descansar de qué joder.
–De que nos hemos hecho mayores amigo, que ya no aguanto lo que aguantas tú. A parte, ahora los festivales duran tres días.
–Mejor ¿no? Más fiesta.
–Que va. Echo mucho de menos tus tiempos, donde duraban dos días. Eso lo podría aguantar mejor.
–Oye y eso que suena en ese escenario ¿qué es? Parece que molan.
–Pues a ver que mire… Slaves. Los tenía apuntados como posibilidad, pero es que estoy muy cansado.
–Venga coño, para un puto grupo que me mola a mí…
–Bueno va.

Me dirijo a ver Slaves y no me arrepiento. Siempre está bien escuchar algo tan punki como ellos en un festival de estos. Al final, pienso, igual no es que haya cambiado mi gusto musical, si no que se ha ampliado la ostia. Pero estas cosas me siguen gustando.

–Ves tío, ¡si hasta has montado un pogo!
–Te voy a dar la razón. Me ha molado.

Nos movemos al escenario de enfrente. Ms Nina. Mientras bailo espero la reacción que no tarda en llegar.

–Esto… ¿qué bailas? Mira, me estoy cabreando ya.
–Venga, un poquito de reguetón no viene mal a estas horas, asi no nos dormimos.
–No te reconozco.
–Normal tío, han pasado casi veinte años, lo jodido sería que fuese igual que tú. Pero bueno, venga vamos a ir ya para Thom Yorke.
–¿El cantante de Radiohead? Bueno venga, eso te lo acepto, los descubrí el año pasado y están guay. Pero ¿no toca con Radiohead?
–Pues a ver, sigue con Radiohead, pero viene en “solitario” y lo que hace el solo es… electrónica.
–Ay que concho con el tío Paco.

Yo, como mi yo del pasado, hubiera preferido ver a Radiohead, aunque no me disgusta en solitario, Radiohead es algo que sigue muy presente en mi vida. Espero poder verles alguna vez más.

–¿Preparado para Modeselektor?
–A ver, y esos que hacen… no me lo digas, chunda chunda.
–¡Ya le vas cogiendo el tranquillo a este festival! ¿Eh?
–Y encima te quedas solo ¿pero esto que es?
–Bueno a ver, para bailar no te hace falta nadie. Ya lo entenderás cuando pasen varios conciertos a los que no vas por no tener compañía.
–Eso es muy aburrido.
–No no, lo que es aburrido es quedarse en casa, creeme.

Cuando bajo de Kobetamendi, me abandona. Normal. No llego a coger ningún taxi y me quedo caminando tres cuartos de hora solo con mis pensamientos. Ha sido un día duro. Menos mal que me espera una cama de hotel.

–Espera, espera. ¿No vas a la acampada?
–Ni de coña, ja ja ja.
–Si eso es lo más divertido de todo, joder.
–Lo más divertido de todo es poder dormir.

A lo primero que llegamos el viernes es a Muevelocumbia, uno de los miembros de Mueveloreina pinchando tremendos cumbiones. Ahí está esperándome, mi yo del pasado.

–Pero… pero… pero vamos a ver, qué es esto.
–¡Cumbia y electrónica!
–Madre del amor hermoso. Como puedes bailar esto.
–Porque me hace feliz. Punto.
–Oye… esa chica… esa chica ¿Te está mirando?
–Puede ser, pero una cosa te voy a decir, sigo siendo tan estúpido como tú.
–Qué dices tío, después de veinte años, venga hombre, tienes que ser más valiente. Joder, ve a decirle algo.
–Hay dos cosas que tengo seguras. Una es que sigo sin tener valor para hacer algo así y la segunda es que aunque lo tuviera, que me haya mirado y sonreído no significa que quiera que vaya yo a darle la brasa.
–¡Anda ya! Lo que eres es un puto cobarde.
–Sí sí, puede ser. Pero bueno, hay más razones que no te voy a contar.
–Buah, venga hombre dime, que ostias pasa.
–A ver, si en el Festimad una chica te hubiera mirado, ¿qué hubieras hecho?
–No sé porque claro… ¡ah! Quieres decir que…

El agujero negro nubla la transcripción mientras tenemos una charla demasiado personal para que nadie la escuche. Él se queda pensativo mientras nosotros nos vamos a descansar, sentados en el césped. Igual se ha quedado un poco rayado, tanto que no me da la plasta por estar sentado y no estar por ahí de fiesta.

Llega el plato fuerte del BBK, Rosalía. Como parece ser que a todo el mundo le gusta, no voy a opinar más que a mi me parece un coñazo. No me salgo del concierto porque me da pereza intentar salir entre tanta gente que hay. El joven Santi por fin me da la razón en algo. “Casi que mejor lo de la electrónica, ¿eh?” me dice.

–¡Ostia! ¡Suede! ¡Siguen tocando!
–Sí, sí, que bien, parece que por fin entramos un poco en sintonía.

Y por fin bailamos juntos. Me hace recordar cuando los escuchaba con su edad, en aquel equipo de música rudimentario, solo en la habitación imaginando vidas mejores. Llega el apoteosis con Trash, Beautiful Ones y She’s in Fashion. Canto (y canta) a grito pelado. Y terminamos el concierto con una sonrisa en la cara ambos.

Para The Strokes, estoy demasiado cansado como para disfrutarlo.

–Ey, pero estos también molan, así rockerillos.
–Sí, sí, y me gustan. Y el concierto está molando pero es que estoy muy cansado, he dormido muy poco y ayer me quedé hasta las mil, ¿recuerdas?
–Buah tío, puta edad ¿no? Si yo me puedo quedar todos los días hasta las mil.
–Ay, ojalá poder volver a ser así, pero la vida es la vida.

Es sábado y hay que salir “pronto”. Hoy hay conciertos por Bilbao y quiero ver tres seguidos en tres plazas distintas. He ido tan de tranquis en este festival que ya se me había olvidado lo que es ir corriendo de un escenario a otro.

–¿Esta chica quien es?
–Lorena Álvarez, hace un rollito así como folk de raíces asturianas.
–¡Ala! ¡De Asturias! ¡Eso es guay!
–¿Verdad?

No bailamos, la música no invita mucho a ello, pero lo disfrutamos con una sonrisa hasta que tenemos que salir corriendo al siguiente.

–Estos te van a molar, son así punkis surferos. Se llaman Mujeres.
–Oye pues sí, aunque el sonido se escucha un poco mal o qué.
–Son bastante ruidosos y estos escenarios medio improvisados no les sientan muy bien parece ser. Pero no te preocupes, los bailaras en sala dentro de unos años.

Corremos al último concierto, Cariño. No las conozco mucho pero lo poco que he escuchado parece bastante interesante.

–¡Oye! Que sin decirte nada estás ya bailando.
–¡Es que estas chicas molan! Después de tanta electrónica y tanta polla ya apetecía algo así.

Pues sí, la verdad. Cariño se convierten en un concierto de esos que vas por ir y acabas no queriendo que se acaben. ¡Creo que ya tengo grupo revelación del BBK! Hago una parada estratégica en el baño del hotel y raudos subimos de nuevo a Kobetamendi, a ver a Cala Vento.

–¡Ala! Yo creo que en el Festimad he visto algunos parecidos a estos ¿eh?
–Sí, puede ser. Aunque estos seguro que no porque son muy jóvenes, ja ja ja.

De nuevo bailamos juntos. Saltamos y nos empapamos de sudor en la carpa del demonio. ¿A quién se le ocurre poner una carpa de plástico al sol en un festival? Da lo mismo, lo disfruto igual. Unas cervezas, cena, algún concierto que pasa sin pena ni gloria y nos dirigimos a The Good, The Bad and The Queen.

–¿Y estos quienes son?
–Pues es una banda que ha formado el cantante de Blur pero son un poco…
–¡Anda! ¡A ver si tocan Song 2!
–No, no, igual que Thom Yorke no es Radiohead, Damon Albarn no es Blur.
–Joder, estas cosas son muy raras, ¿por qué no viene con Blur que al menos les conozco?
–Porque ya no tocan juntos.

Nos aburrimos en el concierto y a la mitad decidimos irnos a sentar un rato. ¡Ay los pies! Que rollo no seguir siendo joven, la verdad. Pasa poco rato cuando nos levantamos para ir a uno de los platos fuertes de este BBK, Weezer. Y empiezan fuerte.

–Oye, oye, oye, ¡esta canción la conozco!
–Lo sé, lo sé, que recuerdos… ¡Buddy Holly!
–No sé como se llama, ¡pero es la que viene en el CD del Windows 95!
–Sí, sí. Venga, a bailar.

Tenía miedo de que hicieran un concierto tocando últimos discos y tal pero no, se han marcado un concierto de grandes éxitos más el disco de versiones que han sacado. Que guay. Y ahora nos toca el concierto que más espero, Vince Staples.

–Eh… esto…
–No me lo digas, estoy pensando lo mismo.
–Que a mi me gusta el rap y tal pero…
–Mira, no me hables. Estoy muy decepcionado ahora mismo. Que yo vi a este tío hace tres años en el Primavera y casi me cago encima de lo bueno que fue y esto… en fin.
–Que putada. Bueno, yo al menos le veré en el concierto ese que dices que moló tanto.

No sé si es que Vince iba demasiado fumado o es que se ha puesto nervioso con tanta gente viéndole, pero vaya truñaco de concierto. El que más esperaba y de los que menos me ha gustado de todo el festival, joder.

Vamos al escenario grande. Esta vez nos ponemos por delante. El cansancio empieza a hacer mella y me quedo medio dormido apoyado en la valla. Pero empiezan Hot Chip y me despierto.

–¿Ves? Esto es electrónica de la que mola.
–En realidad toda la electrónica que he visto este festival me ha molado, pero te entiendo, esto es más parecido a la que te gusta a ti.
–Sí tío, molan un huevo. Pero no me has dicho nada.
–Es que es la primera vez que les veo, y no sabía si iban a molar o iba a ser un poco soso.

Bailamos en la madrugada, con la brisa de Bilbao que hace que no sudemos. El tiempo se pasa volando porque lo estamos disfrutando. Y así llega el final. Aún hay un par de grupos de electrónica que me gustaría ver pero mi cansancio le hace un favor a mi antiguo yo y le libra de verlos. Según bajamos en el autobús hacia Bilbao el agujero espacio temporal se va cerrando.

–Ha sido un placer enseñarte lo que serás en veinte años. ¡Adiós!
–La verdad no sé que pensar, pero en fin, supongo que lo veré con el paso de los años, ¡hasta luego!

Miedo

Tengo miedo.

Miedo, tengo miedo. Miedo de estar solo y miedo de estar acompañado. Tengo miedo de la lluvia, del sol, del viento, de los días de calor y un poco menos de los de frío. Tengo miedo de decepcionar, tengo miedo del éxito. Tengo miedo de hablar y tengo miedo de callar. Tengo miedo de quedarme esperando y tengo miedo de actuar. Tengo miedo de la hoja en blanco y tengo miedo de lo que dicen las letras. Tengo miedo de que me escribas a las tres de la mañana y tengo miedo de que no me vuelvas a escribir. Tengo miedo de mirarme al espejo y tengo miedo de mi sombra. Tengo miedo de encerrarme en casa y tengo miedo de andar por la calle.
fear projection
Miedo, tengo miedo. Tengo miedo del día que llegue lo inevitable y tengo miedo de que no llegue. Tengo miedo de que una canción me haga llorar en el metro, tengo miedo de sonreír cuando no me apetece. Tengo miedo de la noche y tengo miedo al despertar. Tengo miedo de no volver a verte y tengo miedo de que aparezcas. Tengo miedo del tic tac del reloj, tengo miedo porque los relojes ya no hacen tic tac. Tengo miedo de irme muy lejos y tengo miedo de quedarme. Tengo miedo del frío, tengo miedo del calor. Tengo miedo de no volver a sentir y tengo miedo de volver a sentir.

Miedo, tengo miedo. Tengo miedo cada vez que vibra el móvil y tengo miedo de que no vuelva a sonar nunca. Tengo miedo de cerrar los ojos y tengo miedo de no dormir. Tengo miedo de que se me olvide coger un boli y tengo miedo de lo que escribo con él. Tengo miedo de la ciudad, tengo miedo del campo. Tengo miedo de decir y tengo miedo de hacer. Tengo miedo de que todo vaya a peor y tengo miedo de que algo vaya a mejor.

Miedo, tengo miedo.

Astenia Emocional

Llega la primavera, el polen, el solecito, los pájaros, la piel expuesta, el pulso acelerado, la astenia, los pantalones cortos, los niños en los parques, las parejas paseando de la mano, los días largos, las rupturas, los festivales, los antihistamínicos, los gritos por las ventanas abiertas de las parejas follando en los pisos cercanos, los flujos de pensamiento sin sentido en un papel. Los días cada vez más largos, cada vez más interminables. Es la época de los amoríos, de las flores, de los líos, de buscar las miradas y las sonrisas.

¡Basta! No quiero que vuelva a florecer nada, solo quiero podar las flores que ya existen. Que se sequen. A la mierda los ojos rojos de alergia o de lo otro.
spring
Años de barbecho emocional resultan en no saber manejar el rechazo y el olvido de lo que nunca será. La tierra llena de sal, sin agua, sin sustrato, sin luz solar y sin oxígeno. Y sin embargo la esperanza florece alimentándose de una o dos palabras. Es más cómodo el otro lado, se está más agusto. El lado de los gestos ambiguos, el lado del “ya veremos”, el lado de “mira es que no te convengo”. El lado en el que me instalé seis años. El lado en el que riegas esperanzas vanas a sabiendas que son infundadas. El lado de las miradas misteriosas, el lado del acusado en lugar del juez.

Sentencio que la primavera es una mierda y que vale ya, que esto es un horror. Pare, desista de una vez señor abogado, no quiero más protestas. Igual vuelvo a usar Tinder para poder volver a ser el acusado.

Sin testigos, sin confidentes, sin fiscal. Un golpe de viento inunda la sala de olor a flores. Eso es desacato, golpeo con el martillo. ¡Orden! ¡Orden! Y sin embargo dejo la ventana abierta. Reside un pequeño placer en saber que el aroma sigue ahí y que me quitará el sueño.
Cambia la hora y solo servirá para tener que bajar las persianas una hora antes. Cuando no hay luz, el brillo continuo solo molesta, deslumbra, se rie de ti.

Déjeme que cante, señor abogado, como cuando era un adolescente, “y a la mierda la primavera”. Y se acaba el juicio y absuelvo a la primavera o cualquier forma humana que tome porque, al fin y al cabo, me pueden las flores y la esperanza.

Perdido en la traducción

En estos tiempos en los que tanto cuesta mantener la atención… si pasáis de leer, al final está el vídeo del viaje 😉

“Heroin? Marijuana? Narcotics?” dice el agente de aduanas mientras introduce su mano en mi mochila. “No, no”. Estoy acostumbrado. Barba y aspecto desaliñado, un caramelito para los agentes aeroportuarios en todo el mundo.
Ah, el metro de Tokyo, a estas horas de la noche. Cuando los oficinistas ya han regresado a sus casas, es casi un placer. No me siento. Más de quince horas de viaje, más de veinticuatro horas despierto… como me siente, puedo dar una cabezada y acabar en… no sé donde puedo acabar, ese es el problema. No es como dormirse en la 2 y acabar en Cuatro Caminos.
Tengo un tiempo muerto de seis horas hasta poder coger el primer tren de la mañana. Hace diez años la opción hubiera sido irme de fiesta… pero ya he asumido que la veintena pasó y que esas locuras ya no son para mí, así que voy a un hotel cápsula. Hace cinco años me quedé con las ganas de probar esa experiencia…. no ha sido buena. Ni siquiera podía estirar los brazos. Agobio, ansiedad. A pesar de estar completamente demolido del viaje, los ronquidos, eructos y pedos que se escuchaban me han impedido dormir las seis horas que he pasado en ese zulo. Pero me da igual. Ahora es cuando empieza lo bueno.

Desde el tren bala veo a lo lejos el Monte Fuji. Fuji-san, como dicen los japoneses. Le tienen tanto respeto a esa montaña que le dan tratamiento de persona. Es bonito.
Llego a Himeji. Dejo la maleta en el hotel, esta noche es uno decente, con cama grande y habitación individual. Doy un paseo. Es un pueblo bonito, o al menos lo parece a la luz de la luna. Se ve desierto de noche. Me gusta. No me cruzo con nadie, nadie me puede ver paseando solo. En ese bar parece que suena música en directo desde el sótano, no me atrevo a entrar, me da vergüenza. Me encanta viajar solo, pero en momentos como este, quizá no es del todo agradable. Me noto la cara helada. Debería haberme puesto el gorro y la bufanda.
Me meto en el agua caliente del onsen del hotel, al aire libre, a la luz de la luna creciente. No hay nada como estar a diez mil quinientos kilómetros de casa para deshinibirse. Si alguien me dice que iba a estar metido en una piscina de agua caliente junto a cinco japoneses, desnudo, no me lo creo. Aquí esto es así, el pudor occidental no tiene cabida. Me sumerjo, me abstraigo, cierro los ojos, mis músculos se derriten. Me quedo tan KO que estoy a punto de irme a dormir a las nueve de la noche, pero me acuerdo que en este hotel ponen ramen gratis para cenar. Mejor dormir con el estómago lleno.

Que pronto amanece aquí, carajo. Espera ¿Por qué se baja todo el mundo del autobús? ¿Esto es la última parada? No veo ningún teleférico. A ver señor conductor… mierda, ¿no habla usted inglés? Sí, sí, a ver, eh… “Ropeway, ropeway”. No sé qué me está diciendo. A ver, una cosa, mire si, mire el ticket del teleférico. ¡Bien! parece que lo entiende. Me señala el asiento que hay a su lado. Bueno, está bien, no sé que está pasando pero me siento. A veces en estas situaciones solo hay que dejarse llevar, no pensar, que pase lo que tenga que pasar. El tipo conduce cinco minutos, para, me dice algo. Mire señor, gomen’nasai pero no le entiendo. ¿Ah? Me está señalando una parada de bus. Un momento, ¿me ha traído hasta la parada del bus que tengo que coger? ¡Guau! ¡Arigato! ¡Domo arigato! El tipo sonríe y a mi me dan ganas de abrazarle.

Paz. Da igual que seas creyente o no. La paz espiritual que se vive aquí es abrumadora. Ando por los kilómetros de senderos entre bosques que separan los edificios del templo Engyo-ji y mi mente se vacía. He venido por la curiosidad de ver los escenarios donde se han rodado varias películas, y me he encontrado algo que no esperaba. Y no sé muy bien que es, como describirlo. Belleza, tranquilidad, espiritualidad… no lo sé. Apenas me cruzo con un par de monjes a lo largo de los siete u ocho kilómetros que ando. Me quedo parado mirando el bosque. Respiro. Vivo. Esta montaña, como tantas otras, me da la paz que tanto busco en mi vida diaria y no encuentro en otro sitio. Respiro. Vivo.
Esta vez el autobús no tiene perdida, solo sale uno de aquí. Entro al castillo de Himeji. ¡Guau! Mola mucho pero me destroza las piernas. Más escaleras que el alcázar de Segovia o el Miguelete de Valencia. Mañana tendré agujetas.

Me reencuentro con Kyoto después de ir a trescientos kilómetros por hora en un tren de Hello Kitty. Cinco años después. Quizá el lugar más bello en el que nunca he estado. Ando por el monte Inari, me salgo de los caminos turísticos, me pierdo en otro bosque. Ahora mismo podría ser protagonista de El Viaje de Chihiro. Estatuas de dioses sintoístas me vigilan en los márgenes del camino. Noto sus miradas. Me paro y les hago una reverencia. Les doy las gracias por toda la belleza que tengo delante. Pienso que mis próximas vacaciones deben de ser todas de naturaleza, porque es donde más agusto estoy. Sigo andando, diez o quince kilómetros, hasta llegar de nuevo a Kyoto. Me gusta sentir dolor en las piernas. Emulo a Scarlett Johansson andando sobre las piedras, en el lago del santuario Heian.

Ha anochecido y ya está todo cerrado. Voy al hotel a ducharme. Llega el momento de decidir. Hay un bar al lado del hotel. Me lo recomendó una amiga que estuvo aquí hace poco. Pero a mi lado se levanta el monstruo de la ansiedad, alimentado por la timidez.
Delante de mí, la ropa para salir en un lado, el pijama en el otro. Tengo que decidir. Detrás de mí, tocándome el hombro, el monstruo me dice que mejor quedarme en la cama. La timidez, en sus fauces, está de acuerdo.
Lucho contra el monstruo y contra la vergüenza. Y consigo algo que no pasa muchas veces, gano. Victorioso, subo unas escaleras muy empinadas hasta el bar. Entro. Hay dos grupos de cuatro o cinco japoneses. Se me quedan mirando cuando entro. El camarero me observa extrañado y me pregunta algo en japonés. “Beer, just one beer. Biiru, ichi biiru”. Intento decirle que quiero una cerveza en japonés pero no se si me entiende. No recuerdo si el numeral era ichi o ippon para la cerveza. Que jodido este idioma. La ansiedad ríe tras la barra. Me pongo nervioso. “Te lo dije”, espeta el monstruo mientras se acerca a mí. Quiere hacer que huya de aquí. Uno de los japoneses se levanta, me da la mano, se presenta y me pregunta en inglés que si me quiero unir a ellos.
Vuelvo al hotel. En mi cabeza me doy las gracias por haberme obligado a salir. Ha sido muy divertido. Solo uno de los japoneses hablaba inglés, pero todos estaban ávidos de preguntas para un español, así que le ha tocado ejercer de traductor. Atesoro este momento. Casi nadie habla inglés, mucho menos español, es difícil hablar con alguien en este país. Hemos conversado de cerveza, de castillos franceses, de paella y sushi, de sintoísmo, de sake y de la semana santa. Voy un poco borracho. Le hago una peineta al monstruo.

Llego a Kanazawa. Hay mucha gente por todos lados. Este fin de semana es puente en Japón y no encuentro una taquilla donde dejar la mochila. Me pongo nervioso, no quiero pasarme el día andando por esta ciudad con quince kilos a la espalda. Un japonés me ayuda a encontrar una taquilla libre en la estación. Kenrokuen, otro de los grandes jardines de Japón que también está seco. El castillo está cerrado. En el barrio de Geishas no hay ni un alma. Me voy al hotel a dormir, no sin antes pasar por su onsen. La cena, sushi y cerveza del Seven Eleven en la habitación. Está bueno para ser una tienda 24 horas. Es más, está muy bueno.

Abrigo. Gorro y guantes. Menos mal que me acordé de los calcetines gordos. Shirakawa está completamente nevado. Los tejados de las casitas medievales están totalmente blancos. El suelo resbala. Sonrío. Cierro los ojos, respiro fuerte. Por un momento mi mente se ha quedado como esta pequeña aldea de los Alpes Japoneses, en blanco. Subo hasta el mirador, con cuidado, el suelo resbala. Hay parejas aquí arriba que se abrazan mirando el paisaje. Yo hago como si no existieran. Bajo, sigo los caminos por donde la gente no va, como siempre. No sé muy bien como he llegado aquí pero ahora no sé como volver. El suelo helado resbala demasiado. Con cuidado, voy pasito a pasito, espero no perder el bus.
Tenía muchas ganas de llegar a Nagano, ver ese paisaje invernal del norte de Japón… y no lo es. La nieve ya se ha derretido y solo queda el frío. Me levanto a las cinco de la mañana para poder ir al rosario matinal del primer templo budista de Japón. Es emocionante, ver como el gran sacerdote da la bendición, los cantos, las percusiones… aunque esperaba que me emocionase un poco más, la verdad. ¿Será que ya no me emociona nada? Un autobús me lleva hasta, ahora sí, un paisaje invernal. Veo a los únicos monos del mundo que viven entre nieve. Pero claro, los salaos tienes aguas termales para pasar el fresco. ¡Son tan monos! Estoy casi una hora observándoles.

Voy a coger el tren para la última etapa de mi viaje, hacia Tokyo. Se acercan tres niños, de cuatro o cinco años. Están dando clases de inglés en el colegio, me explican, y de vez en cuando van a la estación para hablar con turistas. ¡Hablan casi mejor que yo! Se presentan formalmente. Tienen cinco años. Me regalan sus “tarjetas de visita” con un origami cada uno. Me preguntan cosas sobre España y sobre mi. Me cuentan cosas sobre Japón y sobre ellos. Estoy emocionado. Cuando se despiden estoy a punto de llorar. ¡Me han alegrado el día! Hace mucho que no estaba a punto de llorar de alegría.

Tokyo, la gran ciudad por excelencia. Difícil no abrumarse las primeras horas que pasas aquí, tratando simplemente de llegar de un sitio a otro en tren. La sensación de estar completamente perdido es algo que no se llega a superar del todo. En el vagón soy el único extranjero, el único con barba, el único que no va en traje. Akihabara, Shinjuku, Asakusa, Ginza… como mucho ramen, muchas gyozas, desgasto las botas, me sorprendo a cada paso, me emociono como un niño viendo el Totoro gigante del Museo Ghibli, me siento completamente perdido en un sushi giratorio lejos de zonas turísticas en el que no hay nada en inglés, me frustro cuando un día a todos los sitios que voy están cerrados, paso miedo cuando me pilla un terremoto en el hotel, sigo con más ramen, me pierdo entre trenes y metros.

Paseo en bici por la zona de los cinco lagos, a las faldas de Fuji-san. Después de una semana soleada, hoy hace frío polar, está nublado, y no se ve el monte, no voy a poder sacar ni una cochina foto. Se me congelan los dedos. Me empapo con la lluvia. Esta es mi suerte. Desisto después de cuatro horas, no va a despejar. Según me monto en el tren de vuelta a Tokyo, la lluvia para, las nubes se van. A través del cristal, entre los árboles que pasan, aparece el Fuji, cuando ya no puedo volver atrás. Esta es mi suerte.

Me he reservado para el último día dos de los momentos culminantes del viaje. Entro al teatro Kabuki. Pocos turistas vienen aquí. Hace cinco años me quedé con ganas de poder ver este trocito de cultura japonesa. La actuación son cuatro horas, me da un poco de miedo, igual me aburro.
Me dan una pantallita donde aparecerán los subtítulos y algunas explicaciones de lo que esté pasando en el escenario. ¡Menos mal!


Impresionante. Salgo con los pelos de punta. No es una expresión, literalmente tengo los pelos de punta. No se explicar con palabras lo que el Kabuki me ha hecho sentir. De primeras todo parece un poco extraño. Un montón de hombres, algunos vestidos de mujer, con las caras blancas, enorme vestuario (enorme porque van por capas y los cambios de vestuario consisten en quitar la capa superior), una orquesta de instrumentos tradicionales y una escenografía que te quita el aire. Una de las escenas, la de celebración de año nuevo, sin casi diálogos, y muchos bailes, me ha provocado síndrome de Stendhal. He llorado, he llorado viendo a dos personas bailar. Me cuesta asimilarlo.

Y llega el último plan, mi despedida de Tokyo. Subo en el ascensor en el que un día subieron Bill Murray y Scarlett Johansson. Llego a la planta cincuenta y dos del hotel Park Hyatt Tokyo. Me voy a fundir todo lo que me queda de presupuesto por tomarme un whisky japonés sintiéndome un poco Bob Harris. Uno o dos. Las vistas desde aquí son impresionantes. Todas las luces de Tokyo me saludan mientras doy un sorbo al whisky con hielo, mientras escucho improvisar a un grupo de jazz. Por un momento pienso que soy feliz. “Anything more, sir?”. Pues mira sí, otro whisky de estos que cuestan más de lo que me he gastado en los últimos siete días de hotel. Esta noche el dinero si me da la felicidad.

Desde el aeropuerto me despido por segunda vez de este país tan raro, tan maravilloso y tan jodido a la vez. No sé si alguna vez volveré. Pienso en las más de quince horas de vuelo que me esperan. Pienso en que cuando llegue a Madrid nadie me va a esperar en la terminal. Pienso que los paréntesis en la vida están bien, aunque no puedo vivir en ellos. Pienso en que esta vez la depresión postvacacional me va a patear bien la cabeza. Y en nada más, no pienso en nada más.

Innecesario TOP discos de 2018

Un año más, me aventuro a compartir los discos que han sido más importantes para mi este año. Como siempre, aviso, esto es completamente subjetivo y totalmente dependiente de las vivencias que he tenido este año. Y aunque a nadie le interese, aquí va:

TOP 8
Carpenter Brut – Leather Teeth

Es quizá el único disco que se salga de la tónica de este top. Un disco de electrónica que me ha alegrado unas cuantas veces este año, más aún cuando pude verles en su (brutalisimo) directo. Electrónica “retro wave” que llaman ahora. No les había escuchado antes y fue una grata sorpresa que descubrí gracias al cartel de un festival al que no pude asistir. No es un disco para escuchar de continuo, desde luego, pero me ha venido muy bien para distraer la mente en momentos jodidos.

TOP 7
Hazte Lapón – Tú Siempre Ganas

Este disco se supone que es una despedida. Y la verdad que me pone bastante triste. En el indie español cada vez se tiende más a la homogeneización o a lo que a mi me gusta llamar “Izalización” y Hazte Lapón ha estado siempre muy lejos de eso. Este disco lo forman dos partes (y un interludio) que han salido en distintos momentos del año. Quizá por eso la primera parte (La vida adulta) me ha llegado mucho más que la segunda parte, que me ha llegado en un momento donde quizá he estado más reacio a cualquier cosa nueva que escuchaba. Pero sin duda es, en conjunto, uno de los discos del año.
De no habérnoslo tomado
tan en serio,
¿quién nos hubiera salvado
del tedio,
del alcoholismo,
de la desventura,
del posmarxismo,
de la droga dura?

La vida adulta
vino en nuestro rescate

TOP 6
The New Raemon – Una Canción De Cuna Entre Tempestades

Ya sabéis que no soy objetivo con ciertos artistas porque les amo con locura, y Ramón es uno de ellos. Siempre saca canciones cuando más las necesito, y esta vez no ha sido diferente. Hay mucha gente en sus conciertos que siempre le pide que toque temas antiguos y a veces pienso, que esa gente se está perdiendo cosas muy bonitas. No os las perdáis también vosotros, escuchadle y dejaos llevar por su voz.
Tráeme aquí,
Tráeme aquí las flores
Trátame así,
Voy por el mal camino
El mal vivir,
En dirección opuesta

TOP 5
Javier Álvarez – 10

Siempre he seguido muy de cerca todos los trabajos de The New Raemon, no ya solo como grupo, si no como productor. Por eso cuando publicó que iba a producir un nuevo disco de Javier Álvarez me mee un poquito. Los temas de Javier fueron muy importantes en mi vida cuando lo único que escuchaba era numetal y mierdas así. Así que cuando tuve la oportunidad de verles a los dos (Javier y Ramón) para que se pudiera financiar este disco no lo dude ni un minuto. Aquel concierto me hizo muy feliz (y llorar mucho). Y este disco no ha sido para nada una decepción. De principio a fin me hace transportarme a un tiempo en el que todo parecía más difícil aunque en verdad todo era más fácil. Uno de esos discos que me hacen sentir en casa.
Y cuando acaba el verano
un aluvión de tristeza se apodera de mi
tan solo queda rumiarlo
la canción más intensa
y acordarme de ti

TOP 4
Damien Jurado – The Horizon Just Laughed

Este es uno de esos discos que me hacen sentir como bajo una mantita un día de temperaturas bajo cero, me hace sentir calentito. Damien Jurado es siempre una apuesta segura. Aún recuerdo aquel concierto en un parque de Madrid para no más de cien personas, solo él, su guitarra, y el sonido de las chicharras que utilizaba como ritmo y coros. No voy a mentir, a veces se me olvida que existe y de repente, me sale una canción de este disco en el aleatorio y nunca deja de ponerme los pelos de punta.
Let your cries be of joy
May it always and forever fill the void
And allow my heart some room
May it be so that you’ll one day need me soon

TOP 3
Detergente Líquido – Con Miedo al Amor por las Personas sin Tiempo

Es posible que haya visto el nombre de este grupo una infinidad de veces, en algún artículo, en recomendaciones, y no sé siquiera si en el cartel de algún festival. Y siempre había pasado, nunca me habían llamado la atención. Pero este año me encontré con este disco que me dio un ostiazo. Desde el título que ya me parece una obra maestra.
Como muchas veces me pasa, me encontré con un grupo que me estaba cantando mirándome a los ojos, hablando sobre mi y sobre lo que me estaba pasando en ese momento. Si me hubiera pillado en otra época de mi vida es posible que no hubiera reparado en ellos. Pero doy gracias a que haya sido así. Cada canción es un mazazo al corazón, pero un mazazo reconfortante porque siempre está bien verse reflejado en algún sitio cuando más solo te sientes. Puedo decir que este disco, en este año de mierda, me ha salvado.
Pero entiéndeme tú a mí. Soy bastante raro,
con cientos de complejos y me hiciste caso
quedándote conmigo en el momento cuando te necesité
Y muy egoístamente no te quiero perder

TOP 2
mewithoutyou – (Untitled)

Por desgracia, esta banda de post-hardcore, apenas es conocida en España. Y eso hace que tenga una espinita clavada con ellos, por no haberlos podido ver nunca en directo y por ver ese deseo casi irrelizable. Cada vez que sacan disco espero que quizá esta sea la vez que vengan por aquí, y siempre fantaseo con hacer la locura de irme a Estados Unidos solo para verles, cueste lo que cueste.
No es ningún secreto que es uno de mis grupos favoritos y con este disco me reafirmo. Rabia y espiritualidad es la mejor forma en la que podría describirles. Un disco para llorar, para gritar, para dar golpes en la pared y para pasear bajo la lluvia. Un disco para lamerse las heridas, levantarse y mirar al horizonte.
The avalanche of sadness!
Of untied strange commands
As symbols on their hands, now stored on foreheads!
How concerned with unsubstantial terms
And turns of circumstance…

TOP 1
Nacho Vegas – Violética

Ya he dicho que no soy objetivo. Y Nacho Vegas me ha dado tanto que, aquí es donde más subjetivo me voy a poner. Desde la primera escucha me enamoré. A lo largo de su discografía ha tenido muchos cambios, a unos les gusta más cuando se pone a contar historias, y a otros les gusta más cuando se pone político. A mi me gusta siempre, pero en este disco ha conseguido el balance de ambas cosas de una manera redonda. Desde el principio, donde pone música a un poema que escribieron unos makis en los Picos de Europa, hasta el final donde nos deja flipando con la historia de la ballena. Con algunas canciones, incluso, me muero de envidia, como en “Bajo el puente de L’Ara” en la que la primera vez que la escuché me descubrí exclamando “joder, yo quiero escribir algo así”. Y por supuesto, “Crimenes cantados”, esa canción que habría que poner en todos sitios hasta que se cierren los CIEs. De nuevo me ha flipado esa violencia contenida de algunas canciones como en “Tengo algo que decirle”. Mi disco del año no podría ser otro que este.
¿Qué, qué puedo hacer?
(tengo una conciencia y va a estallar)
Confeccionar postales a mano en mi casa en Perlín
para el día de San Valentin
vivir aislado embadurnado en tinta roja y carbón
en compañía únicamente de un ratón

Y no se queda todo aquí, claro, hay mucho más que me ha gustado este año aunque no los haya incluido en este top. Discos que por una razón u otra no me han llegado tanto, singles sin disco… en esta lista podéis encontrar todo lo que me ha gustado de este año:

Bienvenidas las alarmas

Es un lugar común decir que la mayor sensación de soledad se da cuando estás rodeado de gente. Es un lugar común porque es cierto. No hay mayor vacío que el que se siente cuando estás rodeado de peña.

Vivimos en un mundo hecho para dos. Desde por donde nos lleva la sociedad hasta lo que podemos comprar en el supermercado. Esto es innegable. Vivimos en un mundo en el que la gente sola tiene que tirar comida podrida porque muchas veces no hay opción a tener menos cantidad. Por supuesto si eres como yo lo que haces es comertelo todo y ponerte gordo. En este mundo, a partir de cierta edad, vivir solo es un estigma. Todo el mundo te mirará raro, te juzgará, pensará que es que hay algo chungo en ti si a estas alturas no has conseguido vivir en pareja. Y quizá tengan razón
Vivimos en un mundo para dos, pero hasta hace no mucho no me había importado mucho. Suelo pagar más por mis vacaciones, por ejemplo, porque una habitación doble no cuesta el doble que una habitación individual. Y el alquiler del coche es el mismo vayas uno o dos. Por eso, siempre acabo pagando más. Si vives solo, por supuesto, pagas más que si vives en pareja. Y bueno, un sin fin de cosas así que nunca me han importado demasiado porque siempre me he podido permitir vivir mi vida solo, a mi bola, y en muchas ocasiones, he disfrutado de cosas que no podría haber disfrutado teniéndome que poner de acuerdo con otra persona.
ALARM!
Y de repente un día ves que, cada vez más, te vas quedando solo (valga la redundancia) en esto. Quiero decir, ya estabas solo, pero la vida te hace estar con unos y con otros, tener tus ratos solo, tus ratos acompañado… hasta que un día ya nada es lo mismo. A tu alrededor todo va cambiando, la gente se va juntando de dos en dos o coge líneas tangenciales a la la vida que a ti te gusta vivir. Te encuentras en uno de esos viajes o en un concierto o en el cine, solo, y sientes que ya no lo estás disfrutando. Que algo ha cambiado. Que igual es la presión de la sociedad, o simple envidia de lo que ves alrededor, pero parece que ahora necesites tu también vivir una vida de a dos. Pero llevas tanto tiempo alejado de eso que no te puedes ni imaginar que alguien te pueda aguantar. Lo has intentado, pero nadie soporta tus gilipolleces. Te has convertido en un tio gilito, en una loca de los gatos, tanto tiempo encerrado en ti mismo que ya no le puedes resultar atractivo a nadie. Te has vuelto un viejo maniático. Nadie quiere tener como compañero de viaje alguien que se está autodestruyendo.

Y te encierras, aún más, en ver series, en la tele pongan lo que pongan, en los videojuegos, en beber una cerveza tras otra, en pasear poniéndote podcast que ni siquiera te gustan. Todo por no estar a solas con tus pensamientos. Has dejado de leer, de escribir, porque el mero hecho de tener un rato en silencio y escarbar en tu cerebro te da auténtico pánico.

Y, otra noche más, te sentirás completamente solo, estés aquí escribiendo sin nadie alrededor, o en un bar rodeado de gente riendo.

Un domingo cualquiera

Otra mañana más perdida. Otro día que pasarás entre café, ibuprofeno y comida basura. Ya dejaste de hacer listas de cosas por hacer, que lo único que hacen los lunes es recordarte todo lo que no has hecho.
¡Venga! ¡Levántate! Te dice una voz que no sabes muy bien de dónde sale. Y te levantas, vas al baño. De vuelta a la habitación, enciendes los altavoces y pones una lista de esas que te haces para hundirte aún más. Y vuelves a las cama. Pones el calefactor y vuelves a cerrar los ojos. La habitación te da vueltas.

“…en esta noche amarga de vino y espejos
que alegría sólo es algo que desaparece y regresa,
que regresa y se desvanece…”

Hace cinco o seis años que nadie se despierta a tu lado. La verdad es que no lo echas mucho de menos. A veces sí, para qué negarlo, a veces te entra el calentón y podrías irte con cualquiera. Pero por lo general no. Ya no. Casi que te da hasta pereza pensar en ello. Es una cama de noventa y tu, solo, estás muy agusto. Más sería multitud. Te lo repites una y otra vez. Hasta que casi te lo crees.

“…Ayer escuché gritar a mis vecinos
y de pronto recordé cómo suena el placer.
Sé que me hago mayor, porque no siento envidia…”

Deberías hablar con alguien, pero ¿con quién? Todo el mundo tiene sus cosas, sus mierdas y sus vidas. Y aquí estás tú. Anoche bebiste como si tuvieras dieciocho años pero ahora vuelves a estar en tu prematura vejez maldiciéndote. ¿Quién va a aguantar tus mierdas? Con tu edad deberías estar andando por la sierra o haciendo rutas en bici tomándote unas cañas al final. Pero sigues en una adolescencia perpetua.

“…Y me obsesiona no ser una carga,
ni para mí, ni para los demás.
Y es triste que no sepamos cómo
no hacer daño a los demás…”
Hangover

Hace mucho que pasaron los días de dormir un par de horas y levantarte aún borracho y poder estar completamente activo después de una ducha. Te preguntas como te daba tiempo a hacer tantas cosas los fines de semana. Como hacías para sentirte completo. Te pasabas horas dedicándote a los demás hasta rozar el agotamiento y después de una cena ligera te quedaban fuerzas para cerrar todos los garitos. Y al día siguiente levantarte para organizar un campamento. Piensas que quizá no es tanto que estés viejo si no que la apatía te está consumiendo.

“…Faster than the speed of sound
Faster than we thought we’d go, beneath the sound of hope…”

Está claro que has cambiado. Llevas tanto tiempo encerrado en ti mismo que ya casi ni te conoces. Cómo esperas que alguien te llegue a entender si te has olvidado de quién eres, si no sabes más que estar en silencio. Te has construido tu murito de Berlín alrededor y apenas dejas que pase la luz. Y aún así hay gente que logra saltar sobre él, pero tu STASI está bien entrenada contra ellos.

“…En el corazón de Tupolev, solo hay sitio para Tupolev.
Encerrado en metros de alambre, oro, hielo y sangre
y decepción.
Tramando un plan B preguntándose por qué otra vez, otra vez…”

A veces no te soportas. Te sientes bastante gilipollas. Por eso, te dices, estás más solo que la ostia. Te has vuelto un viejo cascarrabias, bueno, más aún de lo que ya has sido siempre. Levántate, date una ducha. Igual después puedas ver todo de otra manera. Hueles a borracho, a asco.

“…No preguntes ni por qué ni por qué no,
sólo yo sé el motivo y no es bonito.
Me mudaré a otro sitio, me iré de esta ciudad,
pero ahora es de mí mismo de donde me quiero escapar…”

La ropa está por el suelo. Ni siquiera te acuerdas cómo llegaste. La camiseta está manchada de ceniza y lo que probablemente sea cerveza. Debiste de fumar anoche. Los flashes con recuerdos de la noche se acumulan en tu cabeza aunque no sabes siquiera si son ciertos o es que lo has soñado. Qué más da.

“…Y ya no sé en qué momento dejó de importarme
Llegar a casa solo
Desear un cuerpo, unas manos
Algo de afecto
Ponerle fecha de caducidad a la infelicidad, a mis miedos
Y sé que mis mentiras son más bien deseos
Que sigo viendo la escena distante
Que cada vez me cuesta más fingir…”

La ducha no ha cambiado nada. La pizza familiar que te harás para comer tampoco. Todo va en una espiral descendente que no sabes donde va a acabar, si es que acaba algún día. Mañana te pondrás delante del espejo, pondrás tu mejor cara, saldrás a la calle un día más, con la mente en blanco, haciendo todo por inercia. Y esperarás hasta que se abra la siguiente botella de cerveza el próximo sábado por la noche para que todo vuelva a empezar. Para que el bucle se reinicie. Para que el mundo siga su curso sin tenerte en cuenta.

“…Lo que está claro es que algo tiene que cambiar,
está muy claro que algo tiene que cambiar…
O se irá todo a la mierda, se irá todo a la mierda,
dispuestos a tirar juntos de la misma cuerda…”

El Bizkocho Flácido de Proust

Un largo paseo de nuevo te hace recorrer la biblioteca músical. Llevas ya mucho rato escuchando moderneces y canciones cortavenas. Te decides a cambiar de estilo y vas a esa lista que hiciste una vez con canciones de tu época adolescente. Le das a reproducir y…


Sometimes I cannot take this place
Sometimes it’s my life I can’t taste
Sometimes I cannot feel my face
You’ll never see me fall from grace

Hay un canal nuevo en la televisión. Lo encuentras zapeando mientras meriendas antes de ponerte a estudiar. Debe de ser de la parabólica porque parece un canal alemán, se llama VIVA y están poniendo videoclips. Te alegras porque es una buena forma de conocer nueva música. Ves un vídeo de unos tal Korn. Por alguna razón aquello te atrapa y no lo sabes, pero durante unos años, no te dejará escapar.


Everything you say to me
Takes me one step closer to the edge
And I’m about to break
I need a little room to breathe
‘Cause I’m one step closer to the edge
And I’m about to break

Tus padres han salido de casa. Es sábado por la tarde y no tienes nada que hacer. cuando no están tus padres es tu oportunidad de usar el equipo de música gordo del salón. Pones el CD de Linkin Park. Subes el volumen y empiezas a gritar. Saltas por toda la casa. Mueves el cuello, arriba y abajo. Sigues gritando. Descargas rabia. Los días se hacen cuesta arriba pero estos momentos, con la música a todo trapo hace que todo se esfume. La soledad, las ganas de llorar, el desamor. Todos tus sueños parecen posibles mientras gritas a las paredes.


I heard your voice through a photograph
I thought it up and brought up the past
Once you know you can never go back
I gotta take it on the other side

Un mini de cerveza en tu mano, en el Oasis, cuando empieza a sonar los Red Hot. Tú y tus amigos os emocionais. La verdad es que cuando salís, en el resto de sitios la música te parece una puta mierda, pero aquí te sientes como en casa. Os sabéis la canción de memoria. Os quedáis sin voz gritándola.
Estás en casa con los cascos puestos. Miras fotos de campamentos. Con algunas te pones triste. Te sientes dentro de la canción, intentando llegar al otro lado.

Es solo a unos kilómetros de casa, pero es tu primer festival. Estás muy emocionado. ¡Vas a ver a Rammstein! Pero más que eso, es la primera vez que sales de casa y duermes fuera a tu bola, sin padres, y sin ser nada de campamentos o convivencias. Te emborrachas. Flipas con todo. Todo es nuevo para ti. Tienes muchas ganas de ver Ill Niño y es la primera vez en tu vida que un concierto te decepciona. En el concierto de Rammstein te dejas el cuello moviendo tu melena arriba y abajo. Y no sólo aquellos grupos que vas a ver te dejan fascinado. Descubres Faithless y el mundo de la música electrónica.


No eres consciente de tu cuerpo hasta que te duele
el amor es igual, tanto se va como se viene

Estás encerrado en casa. Llevas días sin salir. Tienes que hacer un gran esfuerzo para aparentar normalidad y no llorar cuando sales de la habitación para comer con tus padres. Siempre es la misma historia. Estas cansado de que se repita. Te pones los cascos y te abstraes en la música. Ahí está de nuevo, la rabia. Sabes que algún día todo cambiará, que todo irá mejor.


Its just one of those days
Where you don’t want to wake up
Everything is fucked
Everybody sucks
You don’t really know why
But you want to justify
Rippin’ someone’s head off

VIVA se ha convertido en tu canal de referencia. Todos los días lo pones en cuanto tienes un rato a solas, descubriendo nuevos grupos que jamás habías escuchado de no ser por este canal. Aparece un videoclip que te atrapa desde el principio. Te tienes que levantar. Reconoces en el vídeo al cantante de Korn. Empiezas a saltar con la última parte de la canción.
La pones a descargar en el Audiogalaxy. Dentro de tres o cuatro días la podrás escuchar cuando quieras.

Estás nervioso. Es el primer concierto al que vas solo. Todo el mundo a tu alrededor va en grupos pero no te importa. Estás de vacaciones en Asturias con tus padres y no puedes dejar la oportunidad de ver a Slipknot teniéndolos tan cerca. Llegas pronto y acabas en la primera fila. Estás emocionado. El verano está siendo duro porque tu cabeza no te deja en paz pensando en las calabazas que te dieron al principio del verano. No ves salida. Pero esta noche se hace un paréntesis. Entre gritos, pogos, y mover el cuello, por un momento todo se olvida, por un momento, toda la rabia y el dolor se descarga en sus canciones.


Here I lay
Still and breathless
Just like always
Still, I want some more
Mirrors sideways
Who cares what’s behind?
Just like always
Still your passenger

Es viernes por la noche y nadie hace nada. Es tu momento de soledad. Pones el disco de Deftones en el lector de CDs del ordenador. Tu habitación es pequeña pero da como para poder saltar un poco. De vez en cuando miras por la ventana. “Pronto será mejor” piensas. Podrías bajar al parque, pero no sabes si serás bien recibido. Mientras tanto solo puedes mirar. Echas de menos las tardes dando vueltas por ahí. Te conformas con descargar rabia imaginando futuros mejores.
Estás en el Festimad de 2003. Es un tu segundo festival. ¡Vas a ver a Marilyn Manson! ¡Y a Deftones! Y lo que es mejor, vas a conocer a alguien con quien llevas hablando un montón de tiempo por internet. Pasas una noche increíble con ella, sin saber que a lo largo del resto de tu vida la recordarás de vez en cuando pensando en que ojalá pudieras volver a aquel festival, a aquella noche. Se convertirá en una de las personas más importantes de tu vida. Pero todo eso no lo sabes aún.


‘Cause I’m losing my sight
Losing my mind
Wish somebody would tell me I’m fine

Es semana santa. Tus padres se han ido de vacaciones. Esperabas poder hacer algo en casa, una películas, unos kalimotxos… pero no hay nadie en Fuenlabrada. Todo el mundo se ha ido. Te emborrachas solo por primera vez. Sientes una soledad infinita. Lloras.

No hace mucho que tienes la camiseta de Sugarless pero ya empieza a estar desgastada. Has tenido que tomar muchas decisiones y esta canción te ha servido para evadirte, aunque finalmente no te hayas atrevido a tomar las decisiones difíciles. Pero por un fin de semana todo quedará en paréntesis. Durante este fin de semana, tu camiseta te costará el apodo de “Sugarless”. Y te pasarán cosas que ni te imaginas, conocerás gente increible y tu mundo se trastocará un poco. Para bien, aunque no puedas verlo aún.

Estás sentado en la butaca del cine. Los créditos de Matrix pasan delante de tus ojos. Por primera vez una película te habla de tú a tú, de todo lo que sientes, de todo lo que llevas dentro, de todo lo que piensas que está mal en el mundo. Mañana, piensas, tienes que conseguir esa banda sonora.


I tried so hard
And got so far
But in the end
It doesn’t even matter
I had to fall
To lose it all
But in the end
It doesn’t even matter

Te acuestas con el discman y los cascos. En el techo puedes ver las luces que entran de las farolas del parque, naranjas, que se cuelan entre las rendijas de la persiana. No puedes dormir. Revisitas todo lo que te ha pasado durante la semana, que podías haber dicho o hecho para que todo fuese mejor. Pero ya no hay vuelta atrás. Prefieres imaginarte futuros que sabes imposibles, pero que en tu imaginación te dan esperanza.

Hay conciertos gratuitos en Callao, por alguna movida de la FNAC. Hace no mucho no podías pensar en acudir a estas cosas con tan buena compañía, esa música a tus amigos no les gusta demasiado, pero de repente todo ha cambiado. Ahora sales por Madrid, con gente nueva, y lo mejor de todo es que eres féliz. Te agarras a ello como si fuera a terminar mañana, porque todo esto es nuevo para ti.

Hasta ahora los videoclips te molaban o no, pero era solo una manera de descubrir música en la televisión que en otros lados no podrías encontrar. Tienes puesto el Canal 7, el único refugio que te queda desde que no puedes ver VIVA. Ponen mucha música de mierda pero también bastante grupos molones. Y por primera vez un videoclip te deja embobado. Ese videoclip está hablando de ti. No es un grupo haciendo como que toca o una sucesión de imágenes. Ese videoclip te está hablando.

Festimad 2004. Estás inmerso en el mayor pogo de tu vida. Acabas lleno de moratones y muy féliz. Toda la violencia y rabia que llevas dentro de nuevo salen a la luz de una manera sana y controlada.
No sabes lo importante que va a ser este festival en tu vida. Vas a conocer a Standstill. ¡A Standstill! El grupo que años después será el más importante para ti, el único grupo por el que llorarás cuando decidan separarse. Tienes la suerte que te recomiendan ir allí sin conocerles.

El Enterprise está a tomar por culo del resto de garitos de Fuenlabrada, pero mola mucho. Pasas muchas noches allí. Esta noche estás con la gente de la universidad, jugando al billar. Jugáis contra dos chavales que van tan borrachos que no dan una. Os reís porque como siempre pierden, les toca pagar.

Puede ser la primera vez que estás en la Plaza del Dos de Mayo de día. Hay un concierto de Hora Zulu y no podías faltar. Te flipan. Has faltado a la universidad por ir y no te arrepientes. Saltas, cantas, gritas y te metes en todos los pogos. Cuando termina el concierto el cantante os firma el disco.

Llegas a casa. Toda esta música te ha dejado un poco tocado. Fueron tiempos duros pero vistos con perspectiva, piensas que quizá fue la mejor época de tu vida y no supiste aprovecharla. Piensas que, quizá, toda esta nostalgia te venga de pensar que tu vida no ha cambiado mucho. Eres más maduro, tienes infinitas más responsabilidades, pero sigues estando solo sin poder o sin querer atarte a nadie. Sigues teniendo inquietudes adolescentes y sigues escribiendo sobre ello cuando deberías estar durmiendo. Ahora puedes permitirte viajar, ir a todos los conciertos que quieras, poner la música a todo trapo cuando quieras… pero la sensación de vacío sigue siendo casi exactamente la misma. A tu alrededor crees ver que todo el mundo ha evolucionado y te preguntas si quizá tu no lo has hecho, si quizá llevas veinte años estancado en la misma mierda.
Seguramente no, seguramente sea la melancolía la que habla. O no.

Este post va dedicado a Chester Bennington y a Cody MC, que tanto me dieron.

Y si queréis escuchar las listas que han inspirado este post, son estas dos. La de los grupos guiris:

Y la de los españoles (esta da más vergüenzita):