Mar 20

Camino al infierno

"Satan, Don't Get Thee Behind Me!" - Any Thing to get Possession
Ciento ochenta y tres kilómetros por hora. Las neones de los burdeles se convertían en rayos rosas y azules a esa velocidad desde dentro del coche y dentro las putas y puteros nunca repararían en que mientras follaban alguien iba tan rápido en dirección al averno. Le importaba bien poco posibles multas o accidentes. Iba camino del infierno y aunque para ello pretendía un final poético y literal, poco le importaba si llegaba antes de cualquier otra forma.

Llevaba toda la noche conduciendo por carreteras secundarias. Podía haber ido por autovías sí, pero no creía merecer que su último viaje fuese un viaje tan fácil. Por eso eligió las secundarias, por eso eligió la noche, por eso eligió el día con noventa por ciento de probabilidades de chubascos fuertes en la mitad norte. Y así, las gotas de lluvia que no hicieron caso de ese diez por ciento al que se agarraban gilipoyas domingueros y avaros hosteleros, se estrellaban como algodones en su parabrisas y como piedras en su alma putrefacta. Dentro del coche, otra lluvia bien distinta. Subió el volumen de la música. “Yo recorriendo mis sitios con la escoba…

Si hubiesen llegado hasta allí los rayos del sol, le hubiesen azotado en el cogote, pero según estaba el día, sólo podía distinguir cierta claridad que le indicaba que quizá era hora de desayunar. Observó cada uno de los bares por los que pasaba por delante y ya tenían sus puertas abiertas, intentando encontrar el más sucio y oscuro. Es lo que se merecía. Después de un rato pensó que quizá estaba en la única puta zona de España donde no podía encontrar un viejo y asqueroso tugurio lleno de mierda, así que tuvo que conformarse con uno decente.

Había sitio en la puerta pero aparcó a quinientos metros, lo suficiente para empaparse a la ida y a la vuelta y que se le apagasen todos los cigarros que intentara encenderse. Café con leche, la leche caliente por favor, y de un trago. Con esta técnica sus papilas gustativas habían dejado de funcionar días atrás. Después de un nuevo pasado por agua se metió en el coche. Se concedió el capricho de encender un cigarro dentro del coche con la condición de apagarlo en la palma de la mano.

Ya estaba cerca. Redujo la velocidad a una aceptable, ya estaba a la no-luz del día y estando tan cerca, no quería acabar estampado contra una señal de Stop llevándose por delante a la feliz familia que iba a ver a los abuelos ni en una cuneta rodeado de mierdas de vaca.

– Catorce euros por favor
– ¿Perdone? – Llevaba tan metido en sus pensamientos desde que dejó abandonado el coche que había echo todo por inercia y se vio delante de una taquilla con una horrible mujer que resoplaba.
– Que son catorce euros.
– Ah, sí, tome aquí tiene.

Catorce euros, es lo que costaba el ticket al infierno. Eran las once menos veinte y el barco ya estaba allí esperando. Decidió subir y quedarse en la cubierta para que las últimas gotas de una lluvia que empezaba a arreciar le calasen hasta los huesos.

Decidió disfrutar del pequeño viaje. Total, ya estaba a las puertas del infierno y en menos de dos horas los demonios estarían chillando para que fuese con ellos, así que sacó su reproductor de mp3 y se quedó de pié sintiendo como zarpaba el barco, y como la brisa marina le congelaba su húmeda piel.

Y que las espinas se vuelvan espigas por ti…“. Se quitó el reproductor y lo tiró al mar. Ya no lo iba a necesitar más allá donde iba. El infierno le llamaba.

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