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Mar 12

Gritos

Se despertó completamente confundido y perdido. Estaba en un sitio oscuro y húmedo, tan oscuro que no alcanzaba a ver nada más que negrura inundada de aire denso que se podía masticar. Parecía como si su cabeza fuese a estallar. Notaba un zumbido constante dentro de ella que llegaba a ser insoportable aún cuando acababa de empezar a sentirlo. La boca le sabia a sangre seca. Apenas podía mover ni una sola de sus doloridas articulaciones.
Bâillement hystérique
Estaba desorientado, no recordaba nada, absolutamente nada. No sabía quién era, qué era aquel lugar, por qué estaba allí o como había llegado hasta dicho lugar. No entendía nada de lo que estaba pasando, y no podía ni emitir un sonido de auxilio con una garganta que le ardía sólo de intentarlo. Trató de tranquilizar la respiración. Puso toda su concentración en ello. Aspira, expira, aspira, expira, más despacio.

Se escucharon unos pasos pero no pudo adivinar de donde venian. Se intentó levantar para buscar una puerta, una ventana, algo por donde salir de aquel horrible agujero, pero no tenía fuerzas para levantarse. Era frustrante, todo indicaba que su vida estaba en peligro, encerrado a saber donde, sin recuerdos, sin ropa y sin poder moverse.

Se pararon los pasos y escuchó un grito. Un grito agudo, de terror y dolor. Parecía de una sola persona, nada más. No se escuchaban golpes, ni pasos, ni ruido de otra gente, nada, sólo un penetrante grito sostenido. Un sudor frio provocado por el horror le empezó a recorrer el cuerpo, y aumentó el esfuerzo de poder levantarse. Pero no lo consiguió. Estaba agotado, se le cerraban los ojos y estaba apunto de hundirse en un mundo onírico que por muchas pesadillas que le trajesen no podía ser peor que aquel infierno.

Un golpe seco en la espada, y el correspondiente estallido de dolor le despertó pasadas varias horas. Gritó sin voz pero no pudo abrir los ojos. Tenía miedo, terror de abrirlos. Escuchó en un lado de aquel agujero que ni siquiera sabía que forma tenía, un fuerte portazo. Decidió abrir el ojo derecho. No había nada, sólo oscuridad, infinita e irremediable oscuridad. Abrió el ojo izquierdo. Nada. Seguía sumido en las más absolutas tinieblas. Pero después de escuchar aquel portazo, al menos sabía que debía de haber una puerta allí lo que encendió levemente su esperanza.

Después de un rato con los ojos abiertos, distinguió no muy lejos de él una mancha abultada en el suelo. Se arrastró como pudo hasta aquel bulto. Tardó quizá treinta minutos, quizá una hora en llegar. El tiempo se plegaba sobre sí mismo en esa situación y nadie hubiese podido contar los minutos tal y como se contaban en un mundo racional.

El bulto era un plato hondo con agua, al lado un trozo de pan y una especie de pildora. Comió el pan como pudo y tomó la pildora entre los dientes, y sin pensar el porqué de la misma, sorbió todo el agua que pudo del plato. Tragó sin pensar, y después del esfuerzo, sus ojos empezaron a caer de nuevo.

Despertó. Esta vez pudo levantarse, y distinguió perfectamente una puerta. Estaba cerrada con llave. Se acercó a ella para ver si escuchaba algo. Sin esperarlo, del otro lado comenzó de nuevo el horrendo grito. Era insoportable. Fue corriendo hasta el otro extremo de la lúgubre habitación y se agachó. Cerró los ojos. La puerta se abrió de un sonoro portazo y el grito entró en la habitación. No se atrevió a abrir los ojos para ver de que clase de ser provenia ese grito. Notó el gritó encima suyo. Estaba asustado, muerto de miedo, horrorizado, paralizado. Notó un fuerte golpe en la cabeza a la vez que el grito cesaba y sobre el suelo cayó su cuerpo inerte.

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