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Abr 18

Ruido blanco

Para este relato, me gustaría que no sólo lo leyerais, si no que también lo sintierais. El relato va sobre el ruido blanco, así que, haciendo click en ésta página accedéis a una web que genera ruido blanco. En la bola grande de arriba ajustáis el volumén a uno que os sea cómodo, y cuando os concentréis en él un par de minutos, empezáis a leer…
White noise
¡Ring! ¡Ring!

Al estaba sentado en el sofá blanco, con la mirada perdida en el infinito de su pared blanca. El teléfono blanco sonaba y vibraba encima de la mesa blanca, justo delante suya, pero parecía estar hipnotizado. De los altavoces de su equipo de música blanco salía un ruido como de radio desintonizada. Era ruido blanco.

El teléfono blanco seguía sonando y después de un minuto Al empezó a percibir su molesto sonido. Paró el ruido blanco y descolgó.

– ¿Al? ¿Por qué hasta tardado tanto en cogerlo?
Hacía tanto tiempo que todo el mundo le llamaba Al que había momentos, como aquel, en los que olvidaba de que nombre venía. ¿Alberto? ¿Alejandro? Quizá fuese Alfonso. Debía de chequearlo más tarde en el DNI.
– Estaba… limpiando.
– Salimos esta noche, ¿Vienes no?
– Creo que no voy a poder… – Colgó el teléfono blanco y lo desconectó. Sus amigos estaban preocupados por él, llevaban mucho tiempo sin verle.

Volvió a pulsar el play, de nuevo se podía escuchar por toda su casa el ruido blanco. Todo empezó un año antes, cuando pasó lo que el fue a llamar la peor racha de su vida moderna. Desde la adolescencia nunca había tenido la sensación de estar haciéndolo todo mal, pero esa sensación volvia y lo que antes se superaba con una jarras de kalimotxo y unas charlas, ahora duraba demasiado y no había brebaje que lo hiciese más llevadero. Decidió acudir al psicólogo, se negaba pasarse la vida siendo un zombie. No dormía, nos descansaba, no se concentraba en el trabajo. Y después de ciertas sesiones el psicólogo recomendó a Al que para dormir se pusiese un poco de ruido blanco a bajo volumen, ya que podría ayudarle a focalizar el sueño sin recurrir a medicarse.

Al le hizo caso, y notó mejoría, tanta que poco a poco fue utilizando el ruido blanco cada vez que se encontraba mal. En unos meses, el ruido blanco era su vida, pero de nuevo empezaba a faltar algo, así que se compró un traje blanco, un pijama blanco, cambio sus sábanas por unas blancas, y bajó todas las persianas para quedarse con la piel blanca. Adquirió bombillas de luz blanca, comió arroz blanco en blancos platos, con cubiertos de plástico blancos, desechando los restos en blancas bolsas de basura. De vez en cuando se metía en la blanca bañera y se frotaba con la esponja blanca untada con gel blanco. Le gustaba mirar la blanca espuma, horas, hasta que el ruido blanco acababa y se daba cuenta de que el agua se había quedado helada. Poco a poco, todo en su vida acabó siendo blanco. Y allí, con su ruido blanco, mirando su pared blanca, pasó sus días en blanco hasta que una blanca ambulancia acudió a la llamada de un vecino blanco.

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