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Abr 02

Violencia

Fight Club
Carlos apuraba el último trago de su vaso de whisky y las últimas caladas del cigarrillo que había encendido minutos atrás. El apartamento estaba atestado de humo que se mezclaba con un desagradable olor a sudor. Los muebles estaban llenos de polvo y era evidente que nadie había fregado el suelo en meses. Cuando la última gota de licor abrasaba su garganta lazó el vaso de cristal contra la televisión que parpadeaba delante suya. El vaso quedó echo mil pedazos y la televisión dejó de emitir imagenes entre chispas y un indistinguible humo que se disolvió en el del tabaco.

Ya estaba preparado para salir. Hoy tenía ganas de marcha y la iba a conseguir fuese como fuese. Cogió las llaves, se las echó al bolsillo y salió de aquel tugurio maloliente. Empezó a andar hacía la zona de “fiesta” más próxima. “Fiesta”, esa era la palabra que utilizaban un montón de niñatos para referirse a emborracharse hasta el borde del coma mientras escuchaban absolutas mierdas insufribles prefabricadas para ir de “fiesta”. Hoy él no quería “fiesta”, quería violencia.

Se empezó a mezclar con la gente que estaba en la calle bebiendo basura para adolescentes (aunque no lo fuesen) mirando con ojos desafiantes a todo aquel que se cruzara por su camino. Buscaba a alguien fuerte, más que el si pudiera ser, o si no, que por lo menos fuesen dos los valientes. Quería notar el sabor de su propia sangre y el olor de la de los demás. No le importaba lo que pasase después, hacía tiempo que todo carecía de ningún sentido y había llegado a la conclusión de que o se mataba o peleaba sin ningún tipo de sentido. Y no se iba a suicidar.

Divisó su objetivo. Un grupo de tres chicas con un macho alfa con cara de retrasado mental y más músculo que cerebro. Llevaba una crestita de futbolista metrosexual de esas que le daban tanto asco, un pendiente con posibilidades de ser arrancado para formar un buen estropicio, camiseta rosa ajustada para marcar todos los músculos de su torso y que se viese bien el escaparate de lo único que podía ofrecer el mulo. Se estaba fumando un porro mientras en la otra mano sujetaba su whisky con Red Bull. Era ideal. Un animal con todos los clichés, intentando hacerse el machito delante de tres chicas para intentar tirarse a alguna en la parte de atrás de su coche, aunque ella terminase diciendo “¿Ya?”. Si no, otro sábado más tendría que volver a casa a hacerse una paja mirando a alguna actriz porno hacer alguna guarrada. Sí, a ese tipo no iba a hacer falta provocarle mucho.

Carlos se acercó al musculitos y sin mediar palabra le arrebato de la mano la copa, para acto seguido verter su contenido encima de una de las tres chicas, aunque llevaba tan poca ropa que era difícil dejarla mojada. El musculitos se quedó con cara de tonto, más de la que ya tenía, claramente su cerebro de dinosaurio estaba procesando la información que acababa de recibir y a juzgar por su expresión se había quedado en algún cuello de botella. Por suerte, la chica con una horrible voz de pito estaba gritando y en un grito soltó algo así como “¡Pero haz algo!¿No?” y eso fue el detonante que el musculitos necesitaba, la relación entre pegar y follar en ese momento se volvió tan clara como La Luna en su cerebro. Y el musculitos soltó el primer puñetazo, directo a la boca del estómago, sin ningún tipo de técnica, sólo fuerza bruta. Genial, pensó Carlos, el típico que sólo se preocupa de fortalecerse sin ton ni son, había elegido bien, muy bien, pero primero había que sufrir un poco, que se confiase, que se sintiese superior. Carlos recibió otro puñetazo en el mismo sitio y se tiró al suelo gruñendo de dolor. El musculitos no sabía que hacer ahora así que miró a las chicas que gritaban como locas. El pobre no era más que un cobarde, pero por follar, lo que fuese, así que le propinó una patada a un Carlos que parecía estar sufriendo mucho en el suelo.

Le habían gustado más los puñetazos, las patadas iban a desgana y sin fuerza, como siguiese así el musculitos terminaría por salir corriendo, así que Carlos decidió levantarse y empezar la pelea de verdad. Con un grito de guerra empujó al musculitos contra la pared más cercana, y este sintió el dolor del golpe lo que hizo que la adrenalina empezase a fluir. Otro puñetazo, pero esta vez en la boca. Carlos sintió el reconfortante sabor de su propia sangre, con suerte hasta podía haberle roto un diente. El musculitos repitió hasta tres veces. Carlos empezó a reír a carcajadas. Las tres gritonas se habían callado al ver la sangre. Seguía riendo y el musculitos empezó a sentir miedo, no era normal, ese tio tenía que ser un jodido loco.

Carlos, mientras de descojonaba, lanzó su pierna derecha contra la del musculitos. ¡Crack! La tibia y el peroné de la pierna izquierda del musculitos acababan de quebrarse y este empezó a chillar como una niña. Carlos, aún riéndose a carcajadas, se tiró encima suya, con los brazos del musculitos debajo de sus piernas. Estaba completamente inmovilizado. Levantó el puño hacía el cielo y se quedó ahí. Disfrutó del momento, el sabor a sangre, los chillidos de nena del macho alfa, la gente que lo observaba sin atreverse a hacer nada. Bajó el puño a toda velocidad, sus nudillos se tiñeron de sangre. Repitió hasta que desaparecieron los chillidos, y él seguía riendo como un loco. Se levantó y encendió un cigarrillo.

http://www.youtube.com/watch?v=kGNb-YT5ECA

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