May 15

El botón rojo

Tentación
Nick se despertó en aquella pequeña sala, oscura, muy oscura, con un insoportable olor a orina. Tardó un tiempo en reaccionar. Se encontraba completamente confuso y desorientado. Llevaba puesto su uniforme de soldado que olía como si no se lo hubiese cambiado en años. Miró a su alrededor. Apenas podía ver nada. Justo delante se encontraba un botón rojo. Aquel lugar parecía una especie de bunker. No recordaba que hacía allí, ni porqué le dolía tanto la cabeza. Intentó adecuar sus ojos a la escasa luz para poder echar un vistazo a su alrededor. El botón rojo que era lo único que había conseguido distinguir hasta ese momento se encontraba en una especie de panel de mandos, pero sin nada más en él, sólo el botón. Mirando el panel comenzó a recordar. Recordó primero que estaba en su turno de guardia, después los confusos mensajes por radio hablando de bombas nucleares, ataques a la patria y gritos. Empezó a recordar las caras de pánico de la gente, corriendo sin destino. Recordó la orden de su general de correr hacia el bunker. Recordó como tuvo que saltar porque la puerta del bunker estaba a punto de quedar sellada. Recordó el golpe en la cabeza.

En un acto reflejo miró hacia la puerta blindada. Estaba cerrada. Se acercó a ella para intentar abrirla. Imposible. A su lado había un interruptor. Lo colocó en posición de encendido. Una tenue luz se encendió y le deslumbró lo suficiente como para tener que cerrar los ojos mientras sentía que su cabeza estallaba. Comenzó una locución.

“Usted no lo sabe, pero dadas sus características mentales, desde su entrada en el ejército, fue seleccionado para este puesto, para pulsar el botón rojo. Si está escuchando esto, un ataque a escala global ha caído sobre nuestra patria. Su labor consiste en contraatacar. Pulsando el botón rojo barrera cualquier existencia de vida en el mundo que no esté a nuestro favor. Mientras más tarde en pulsarlo, más tardaremos en reconstruir nuestra gloriosa patria. Su país cuenta con usted”

“¿Qué? ¿Qué cojones? ¡Eh! ¡Eh! ¡Responde cabrón!” El estado de shock en el que acababa de entrar le impidió darse cuenta de que lo que había escuchado era una grabación, estado que le duró unos cuantos minutos para después sentirse tremendamente estúpido. Creyó perder la conciencia, sintió como se desmayaba, pero cuando se recuperó, se encontró sentado delante del botón, con la mano puesta sobre él y un terrible dolor de mandíbulas causado probablemente por llevar más de una hora en la misma posición con los dientes apretados.

Su cabeza viajaba en espirales por los surcos creados en el espacio tiempo por el tictac de su reloj, le temblaba la mano. Pensó que necesitaba una copa, o más bien una botella. Barrer al noventa por ciento de la humanidad con el más leve movimiento de sus dedos. Años antes juraba que podía morir por su patria. Juraba que podía matar. No sería la primera vez. Pero no, no era lo mismo. No era lo mismo matar un centenar de barbudos fanáticos apuntando desde la comodidad de una pantalla que poner a la raza humana en peligro de extinción. Desde luego que no era lo mismo. Aunque sus juramentos y su honor le obligaban.

Tic Tac. Tic Tac. ¿Boom?

No pasó nada. Por un momento pensó que quizá era un sueño, que no era real. De repente se abrió la puerta que supuestamente estaba sellada. Entró gente riéndose, muchas cámaras, le acercaban micrófonos. Estridentes carcajadas de animales trajeados.

Nick era la primera víctima del nuevo reality-show, “Soldados de primera”, emitido por la cadena líder de audiencia en Primetime.

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