May 17

El lugar donde van a morir las nubes

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Miras el reloj desde la cama. Siete y catorce minutos de la mañana. Una extraña sensación no del todo desconocida. Sabes que es lo que viene, sabes que es lo que toca y algo tienes que hacer. Te jode haberte acostumbrado. Tienes que salir. Decidido, en media hora, los sandwiches hechos, las botas calzadas, y tren dirección Cercedilla. Tres años sin pisar la sierra de Madrid. Aún recuerdas la última vez, todo lleno de nieve, botas nuevas y mucha niebla de la que te salvó un aparatito electrónico muy útil cuando las condiciones se cierran en banda tratando de que te pierdas.

Hoy es distinto, no hay nieve, pero por suerte, el cielo está encapotado. No tendrás que sufrir el primer quemazón del año. Allí estás, en el sitio más maravilloso de Madrid, en el único paraje donde aún te saluda la gente con la que te cruces. Echas a andar, cuesta arriba. Los primeros repechos son los peores. Sientes esas gotas de sudor que bajan por tu frente, que caen justo delante de tí, y las aprecias como oro porque esas gotas se llevan la inevitabilidad de dos horas antes. Acaricias a esos caballos, saludas a ese hombre que está recogiendo mierdas de vaca.

Respiras, dejas tu mente en blanco, cierras los ojos, te sientas al lado de ese riachuelo y te dejas llevar. Escuchas el agua correr, los pájaros cantar, los pinos moverse, el viento colarse entre las ramas para acariciarte luego la cara. Respiras, respiras tan fuerte como puedes. Te sientes libre unos minutos. Después vas a aquella roca y miras la majestuosidad de la montaña mientras tomas un tentenpié. Preguntas al aire por todos tus errores, la brisa de la cumbre te responde con voz de viejo poeta tus propias palabras.

Te cruzas con una clase de pequeños y sus profesoras y te alegran el día. Están tan graciosos, con sus pequeñas gorras, todos sonriendo, felices. Para la mayoría será la primera vez que tienen la oportunidad de disfrutar de tan majestuoso enclave, y esperas que a alguno de ellos le marque como te marcó a tí aquella subida congelada a Peñalara. Quizá dentro de algunos años, para alguno de ellos ese camino sea una pequeña salvación como lo es ahora para tí. Cruzas el riachuelo y con el agua fresca y pura te refrescas las manos y la cara, y te guardas esa sensación. Sonríes y saludas, pero no haces caso de la mirada cómplice, sigues tu camino y no miras atrás.

Dejas pasar un tren de vuelta, no quieres volver, porque aunque hayas evitado lo inevitable, sabes que reaparecerá. Pero lo asumes y esperas que sea lo más tarde posible. Te concentras en las páginas del libro que tienes entre manos hasta que llega el siguiente tren. El revisor te pide el billete. Cometiste el error de guardarlo en el sitio de la cartera donde conservas los recuerdos de tus errores, y ahí está de nuevo acechándote el miedo. Miras por la ventana como se aleja la paz. Volverás a tu cama, a buscar la palabras […], y cuando las encuentres, serán todas tuyas.

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