«

»

May 07

Instantáneas I: Llanes

Empiezo una serie de post llamados “Instantáneas” donde pretendo sacar una fotografía en un preciso momento de algún lugar a través de las historias que allí pasan. Para el primero, Llanes, de la costa Asturiana. Si gusta, continuaré con ello.
Llanes

Álvaro entra veloz montado en su bici por la avenida de la Paz. Tiene los pulmones completamente limpios, lleva horas respirando brisa pura del mar. Está cansado pero le reconforta ver su pueblín, ese relieve de casas bajas a la sombra de los Picos de Europa bañado por un Mar Cantábrico encrespado. Muy cerca de allí, escondidos entre los matorrales que se encuentran en la estribación del paseo de San Pedro, se encuentra un grupo de adolescentes con unos cuantos cartones de vino y botellas de Cocacola. Bruno está con ellos, lleva poco tiempo en el pueblo y aún no ha echo muchos amigos, y para que le acepten se encuentra completamente borracho con un cigarro en la mano. Camila y Diego, sus padres, se encuentran ajenos a lo que le está pasando a su hijo en su gran casa en la avenida de Las Gaviotas. Ven una película de acción mientras él piensa que el tiempo que el niño no está en casa deberían aprovecharlo para echar un polvo y no desperdiciarlo en ver la tele. Elisa está tomando sus clases de tenis en el polideportivo municipal, con las mejillas sonrosadas, pero no de cansancio, si no de rubor por las sonrisas que le dedica su monitor. Al otro lado del camino de La Cueva, Fabiola llora por Gustavo en una sala del tanatorio. Él tiene una expresión de completa indiferencia, encerrado en su ataúd, mientras ella, desconsolada, no deja que nadie se le acerque. En la calle de la estación dos chicas de catorce años empiezan a descubrir su homosexualidad. Helena e Inés por fin se besan después de un par de años negándose la una a la otra, se besan y sonríen. Julio está esperando en la estación de FEVE al siguiente tren que llega desde Oviedo, en el cual viaja su gran amor. Le importa poco que sólo se puedan ver los fines de semana, eso hace que la semana se pasase volando. El único momento duro son las despedidas de los domingos. En el parque de en frente, Kasim tiene un aspecto triste, hace un mes que no trabaja y lleva una semana durmiendo allí. No sabe que hacer. En ese mismo instante, Ladio, dueño de un pequeño barco de pesca, se acerca a él para ofrecerle una cena y un puesto de pescador a cambio de pan y cama. Ladio está casi arruinado, pero se le parte el alma al ver a Kasim cada tarde cuando lleva a sus nietos a jugar al parque. A no mucha distancia, en el Hotel Montemar, una pareja joven estrenan sus primeras vacaciones juntos. María se encuentra encima de Néstor, que le grita que por favor no pare nunca, que quiere morir así. En el paseo de San Pedro, justo encima del acantilado y mirando al furioso mar, se encuentra de pié Ñeves, vestida de riguroso luto. No puede ocultar sus lágrimas de tristeza y de recién inaugurada soledad. En sus brazos una urna con las cenizas de su marido Olái, dispuestas a ser esparcidas por el mar que tanto les dio. En la playa del Sablón, Pablo llora porque no quiere irse a casa, aunque esté oscureciendo él quiere seguir jugando con la arena y las olas, y piensa que nunca perdonará a sus padres tamaña afrenta. En la calle mayor, Quelina corre de la mano de Román, van a llegar tarde al autobús para ir hasta Gijón, y tienen que llegar puntuales para la cena con las amigas de Quelina. Ellas son un poco especiales y no sabe si aceptarán a su novio Román por sus orígenes ecuatorianos, por eso no quiere hacer nada que lo fastidie. En el puerto, Salvador observa como los barcos vienen y se van. Siente nostalgia de sus días de marinero, y se pasa los días allí esperando que el cáncer le consuma por dentro. Le duele la cabeza de aguantar las lágrimas allí sentado en Los Cubos De La Memoria. En la puerta de uno de los bares del centro, Tomás le pasa un porro a Úrsula, y cuando se rozan sus dedos ella siente un fuerte escalofrío acompañado de una terrible aceleración de su corazón. En la estación de autobuses, justo al lado de una enorme maleta negra se encuentra Valentín, está esperando el próximo autobús a Madrid, y espera no tener que volver nunca jamás. En la calle de los bares de copas Wálter entrega flyers de un par de garitos, esperando que está noche pueda ganar algo más de lo que hace normalmente, porque su hija lo necesita. Xel pone todo a punto en el faro, hay muchos barcos cerca de la costa y con la mar según está, no puede permitirse ningún fallo o las consecuencias pueden ser fatales. Yolanda le prepara la cena para cuando termine de revisar todo, ya que le espera una noche dura. Hace mucho tiempo que no le ama, pero está resignada a seguir allí hasta el final de sus días, él no sería capaz de apañarse solo. En la playa nudista de Portiellu, Zacarías se viste y se quita las gafas de sol, ya no importa hacia donde apunten sus ojos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>