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May 03

La foto

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Llevaba largas horas de viernes en soledad mirando fotos en la pantalla. Tamaño completo máxima resolución. Los ojos enrojecidos por una mezcla de humo, luz mortecina, lágrimas y ginebra. Recuerdos de un pasado que siempre fue mejor. Lugares que no volvería a ver, personas que jamás reaparecerían en su vida. Un pasado tan lejano del que no quedaba más que unos pocos millones de tristes pixeles. Clic, otra foto, otro recuerdo. Clic, otra foto, otro recuerdo. Clic, otra foto, otro… ¡Espera! Regresó a la foto que acababa de pasar. No, esa foto no le traía ningún recuerdo, sólo una extraña sensación de vacío y angustia que no recordaba haber sentido antes. Un paraje de espesa arboleda con varias piedras talladas y desgastadas, en un día gris en el que casi se podía adivinar el principio de una tormenta. Esa imagen no le evocaba ninguna memoria. Algo estaba mal con la fotografía, no encajaba. Estaba con todas las demás y sin embargo casi podía jurar que no conocía ese sitio.

Con un pensamiento lógico y racional, se dijo a si mismo que en algún momento habría descargado ese archivo de alguna página web y lo había olvidado después. Quizá algún viaje que intentó planear y al final se quedó en el tintero. O tal vez simplemente le pareció que debía descargarla por su belleza artística. Decidió analizarla un poco más para intentar esclarecer porque se había colado esa imagen entre sus fotos personales. En el primer vistazo de los metadatos, la primera sorpresa. La foto había sido echa por su cámara, o como mínimo, con una de la misma marca y el mismo modelo. Los demás parámetros estaban ajustados a valores de los que él solía utilizar. Apuntó las coordenadas geolocalizadas donde se suponía que se había echo la foto, y fue a Google Maps a buscar el sitio. Y ahí estaba, el punto exacto, +41° 59′ 6.63″, -2° 59′ 35.04″. Por las fotos aéreas parecía un bosque, con el pueblo más cercano a algo más de tres kilómetros, en la provincia de Burgos. Realmente el sitio casaba con la foto, todo verde, muy frondoso, pero no se podía ver nada más que eso. Un par de caminos rodeaban la zona pero no se veía ninguno llegar al punto exacto. No recordaba haber estado allí nunca, ni siquiera en la zona.

Pero la mayor sorpresa fue ver la fecha y la hora que indicaban los datos de la foto. Las ocho horas, dieciséis minutos y cuarenta y tres segundos, de la tarde del siguiente lunes. Eso era imposible. Miles de ideas le rondaron la cabeza hasta que llegó a la conclusión de que alguien debía de haber dejado esa foto allí deliberadamente, modificando sus datos. Pero, ¿Por qué ahora? ¿Quién y para qué? Su mente no daba para más y sus ojos empezaban a negarse a dar visiones nítidas por más tiempo aquella noche. Se dirigió a la cama, cerró los ojos, pero no pudo dormir ¿Quién podría?

El sábado lo pasó en la cama, dando vueltas, pensando, intentando buscar una explicación racional. Y la única que se le ocurría era la misma que al principio. Alguien la puso ahí para que él la encontrara. Pero, ¿Por qué? ¿Para qué? Quizá era algún tipo de mensaje secreto que debía descifrar. Quizá alguien le esperaba allí. Quizá debía de ir a hacer esa foto… sí, no sabía que iba a pasar pero definitivamente tenía que ir a hacer esa foto, el lunes, a las ocho horas, dieciséis minutos y cuarenta y tres segundos de la tarde. De repente empezó a sentir una tremenda excitación con la idea. Algo iba a pasar, algo gordo, algo importante. Después de tantos años comiendo mierda en la más absoluta miseria emocional por fin sentía algo que no era dolor. Por fin, el lunes, volvía a tener algo por lo que levantarse.

Y eso hizo, se levantó y después de revisar la cámara de fotos tres veces, partió en su coche hacía lo desconocido, al misterio, a la aventura. Se miró en el espejo retrovisor porque se notaba algo raro en la cara, estaba sonriendo. Dado que en el mapa salían caminos y bosque, supuso que no podría llegar con el coche más allá del pueblo más cercano, Quintanar de la Sierra, así que salió muy pronto.

Recorrió el pueblo en busca del camino que había visto en el mapa. Llevaba un GPS de mano en el cual había programado las coordenadas de la foto, para no perderse y para en caso de que fuese necesario, poder volver hasta el coche. Eran poco más de las dos de la tarde, aún le quedaban más de seis horas. Comió en un bar que encontró en el pueblo, un grasiento cocido a reventar de ingredientes, aunque se dejó la mayor parte del plato, estaba tan excitado que no podía comer. Pero la ginebra si que le entró bien.

Tres horas, veinte minutos y veintidós segundos. Conectó el GPS y empezó a seguir los caminos hasta donde suponía que los había.

Cuatro horas, treinta y dos minutos dos segundos. Vio algo, a un lado del camino había un cartel, pero aún no era su destino. “Necrópolis de Cuyacabras”. Una necrópolis medieval, plagada de tumbas excavadas en la piedra, muy tétrica, muy oscura. Como aún tenía tiempo paró a leer los carteles informativos, y en uno de ellos descubrió “su” lugar, el mismo lugar que había visto en Google Maps, marcado en el mapa informativo. Una de las inscripciones de una de las piedras que se veían en las fotos del cartel, concordaba a la perfección con su foto. Ese era el sitio, con indicaciones precisas de como llegar hasta el pequeño sendero que desembocaba en aquel sitio, el Eremitorio de la Cueva de San Andrés. Allí iba. Su excitación se salía de sus propios límites, no podía aguantar más.

Cinco horas, cincuenta minutos y treinta y tres segundos. Después de perderse un par de veces por fin consiguió llegar. El sitio era precioso, una cueva en mitad de la verde espesura con un altar tallado en la propia roca. Ni un sonido artificial, nada más que la brisa corriendo entre los árboles, pequeños animales moviéndose por aquí y por allá. Allí no había nadie más, estaba completamente solo. Pero no le importaba, no tenía miedo, porque ese era el día que iba a resucitar a una vida que perdió mucho tiempo atrás. Estaba seguro.

Siete horas, cuarenta y seis minutos y tres segundos. Exactamente media hora para que pasase lo que tuviese que pasar. Le temblaba el pulso. Se había pasado casi dos horas observando cuidadosamente el paraje para colocarse en el sitio exacto donde debía de hacer la foto. Ya estaba colocado. Fuese lo que fuese, ya estaba en camino.

Ocho horas, quince minutos y cuarenta y tres segundos. Un minuto, sólo un minuto más de espera, clic en la cámara y su vida se convertiría de nuevo en algo interesante.

O no.

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