May 06

La puta persiana

LA PERSIANA DESFETA - LA PERSIANA ROTA
Un rayo de sol directo a los ojos me despertó. Los abrí y miré a la puta persiana, rota y jodida, a medio camino, con sus rendijas con forma de boca descojonándose de mí. Así llevaba meses. Todos los fines de semana igual, me jode el sueño y me enciende la resaca, pero ahí sigue la muy puta, jodida, riéndose. En aquel momento me apeteció coger un hacha y darle lo más fuerte posible a esa horrible persiana. Destrozarla. Pero eso hubiese supuesto mucho esfuerzo.

Me incorporé cuando la luz me pareció insoportable pero no fui capaz de levantarme, me quedé sentado en la cama con las manos en la frente. Mi cabeza daba vueltas mientras alguien me propinaba martillazos en el cerebro. Insoportable dolor de color azul, con sabor a queso podrido y a coño. Dolor con olor a muerte, a asco, a sangre. Dolor con trazos de líneas blancas y líquidos amargos. Dolor con forma de cubos y de tubos. Dolor con tacto a piel y a sudor. Dolor con densidad de humo. Pensé que con otra ración de humo mejoraría y conseguiría levantarme de una vez. Lié un cigarro, lo encendí y comencé a fumarlo tirando la ceniza al suelo, justo al lado de algo que debía de ser saliva reseca, o algún otro fluido corporal. Quizá me corrí allí la noche anterior cuando llegué borracho. Que más da.

Me levanté, no tuve más remedio, si no quería dejar allí más fluidos expulsados violentamente de mi podrido cuerpo. Después de pasar un buen rato en el baño alternando posiciones de pié, sentado y de rodillas delante del retrete, por fin pude sostenerme sin apoyo. Aproveche para lavarme las manos y quitarles toda la inmundicia que llevaban encima. Después fue el turno del cepillo de dientes para tratar de quitarme esa sensación en boca de haber comido mierda. Con la boca tan fresca como un culo después de limpiarlo con toallitas perfumadas me dirigí a la cocina, suponiendo que la sensación de vacío se llenaría después de desayunar, aunque como todas las mañanas, no fue así. Me llevé una sorpresa al ver en la mesa una taza de café vacía con un papel debajo. Alguien se había echo un café esa mañana en mi casa y yo no me había enterado.

Saqué el papel de debajo de la taza. Un nombre, Marta, y un teléfono. Supongo que eso explicaba porque me desperté con la polla con un tono rojizo, escocida, como después de horas follando a lo bestia. No recordaba nada. Que más da. Arrugué el papel y lo tiré al cubo de basura, al único que tengo, a ese al que tiro papel, plástico, metal, y toda la mierda que pueda producir. Dejé la taza en el fregadero lleno de cacharros sucios y restos de comida podridos. No sé que se le puede pasar por la cabeza a una tía para dejar su teléfono a un pirado alcohólico viendo semejante percal.

Cogí un vaso y me serví un zumo. El primer trago me produjo una sonora arcada. Joder, todas las mañanas igual, siempre se me olvida el horrible sabor que tiene el zumo de naranja después de la pasta de dientes. Cogí una botella de vodka y arreglé el zumo con un buen chorro. O dos. Sí, así estaba mucho mejor. Añadí al frugal desayuno un par de pastillas, una para la cabeza, otra para el estómago. Continué con el vodka a chupitos y otro cigarrillo. Podía sentir como iba subiendo por el pecho hacía mi cabeza un ataque de ansiedad. Algo muy feo. La última vez acabé con los nudillos sangrando, así que me tragué un alprazolam con el último chupito.

Me pasé el resto del día como un vegetal tirado en el sofá delante del televisor. No sé muy bien que pusieron, raramente recuerdo los domingos de resaca desde que me chuto la dosis de alprazolam. Como un reloj, en ocho horas necesité otra, para dormir, para no aparecer el lunes en el trabajo apestando y pareciendo un zombie. Antes de dormir intenté masturbarme, pero esa tal Marta me había dejado la polla echa añicos.

Ahora, una semana después, aquí estoy, con la persiana jodiéndome otra vez, riéndose de mí y encendiendo mi resaca. Quizá debiera llamar a alguien que la arregle. O lo mismo debería dejar de beber. O encontrar a alguien que me arregle a mí…

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