Jun 19

De tacones y tripas

tacones lejanos
Su grito seco era lo único que rompía la tranquilidad del sótano. Bueno, el ruido de la motosierra también. El olor pútrido de la sangre seca debía de haber vuelto loco a Pedro mucho antes de que Linda descendiera por la escalera hasta aquella oscura catacumba. En mitad de aquella sala, la podíamos ver tan sexy como cuando él la conoció unas horas antes. Con unos altos tacones azul marino. Con un vestido verde hierba de hombros caídos que dejaba entrever unos perfectos gemelos, que marcaba un culo de los que no dejan indiferente a nadie y que a la vez perfilaba dos magníficos, redondeados y firmes pechos. Los penetrantes ojos verdes inyectados en sangre contrastando con dos inocentes coletas de pelo rubio. En las manos, dos pulseras del color del cielo… y la motosierra empapada de sangre.

Le acababa de rebanar un brazo desde el hombro. Pedro gritaba como un loco mientras Linda reía, se descojonaba, tenía un ataque de risa. Soltó la motosierra en el suelo impregnado de líquido rojo. Agarró un pañuelo de tela y se lo ató alrededor de la cabeza, introduciéndolo entre las dos mandíbulas para dejar de escuchar esos horribles alaridos de dolor y terror. Acto seguido cogió un soplete del extremo del sótano, se acercó a aquel pobre chico y lo encendió. Cauterizó la sangrante laceración del hombro de la forma más radical, acercando la llama del soldador. Él se desmayó.

Despertó un par de horas después. Ella estaba utilizando su brazo inerte para masturbarse. Intentó vomitar pero aún tenía aquel pañuelo en la boca. La sensación de asco era inhumana, pero no suficiente para volver a desmayarse y librarse así unas horas más de aquella pesadilla. Se maldecía una y otra vez por su promiscuidad. Ella le dijo que si quería ir a su casa a la media hora de haberla conocido y Pedro no dudó ni un solo minuto. Una gran decisión.

Linda se levantó, chupó los dedos del brazo muerto y lo tiró al suelo. Se acercó y se sentó encima de la pierna derecha de Pedro, mirándole fijamente a los ojos, con una mirada de deseo mezclada con auténtica locura. Empezó a frotarse contra la pierna, gimiendo. Cada vez un poco más rápido. Se acercó a su oreja izquierda y después de decir “Me encantas” se la arrancó de un mordisco. Aceleró, le temblaban las piernas de placer, estaba al borde del clímax. Cogió un bisturí chorreante que había dejado tirado estratégicamente justo al lado, y practicó con él, sin dejar de moverse, una perfecta incisión justo debajo del ombligo de Pedro. Avivó aún más el ritmo del frote contra las piernas mientras metía una mano en los intestinos. Pedro, con los ojos en blanco, no pudo ver el increíble orgasmo que había provocado a Linda. Nunca una chica había gritado tanto con él.

2 comentarios

  1. Prometí no asustarme pero mentí (crucé los deditos por debajo de la mesa jejeje)
    Pobre Linda, en realidad no quería matarle.
    Algunos hombres no entienden nada XD
    Si pretendías asustar, generar pánico, asco y perplejidad: lo has conseguido, macho.

    Un abrazo! 🙂

    Miércoles

  2. Ves, te avisé 😉

    Me gusta provocar sensaciones, buenas y malas, así que me alegro de tu comentario, pero bueno, no siempre soy tan tan bestia, a veces no parezco un enfermo mental jajaja

    Un abrazo

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