Jun 15

Olores al amanecer

Amanecer
Aquella puta me había dejado algo más que el asqueroso olor de su coño impregnado en mis sábanas. O al menos eso es lo que esperaba, para poder completar el manifiesto de mi autodestrucción, mi espiral descendente a los infiernos. Me había follado mal, me había cobrado mucho y en un rápido vistazo a mi cartera pude comprobar que me había robado más. Aquel olor me invadía y se mezclaba con el dolor de cabeza para provocar una sensación tan desagradable como inevitable. Tomé un rápida ducha. Aquella puta había dejado allí otro nauseabundo olor, a vómito y mierda. Mi casa iba a oler a muerto mucho tiempo después de aquella noche de drogas, alcohol, desastrosos polvos y más drogas.

Tuve que frotar la sangre reseca de la nariz y de las comisuras de los lábios. Era una de esas mañanas en las que anhelaba aquellas cuando no conseguía recordar las borracheras y todo era una sorpresa. Cada botella vacía que encontraba, cada herida, cada fluido, todo nuevo sin recuerdo asociado en mi cabeza. Esa mañana la única sorpresa fue la cucaracha que pisé con mi pie desnudo y húmedo al salir de la ducha. Rápidamente una sensación de asco viajó a toda velocidad de mi cerebro a mi estómago y acabé inundando los restos de la jodida cucaracha con mi propio vómito. Empezaba bien el día.

Después de limpiar toda esa asquerosa inmundicia y de volver a ducharme, decidí que no podía seguir en ese antro putrefacto más tiempo. No al menos si no quería seguir vaciando mi estómago. Bajé al bar de enfrente, sucio y mugriento, donde los parroquianos habituales, alcohólicos crónicos, pervertidos y maltratadores, me saludaron sin abrir ni un ápice sus bocas, con un gesto de la cabeza. Contesté con la misma acción y me senté en mi mesa habitual. El camarero, familiarizado con mis hábitos, no dudó en poner mi desayuno de siempre, café solo, sin azúcar, y una copa de orujo con la botella a su vera para poder rellenarlo sin esfuerzo.

La copa entera, de un trago, sin siquiera cerrar los ojos. Después el café ardiendo y otra copa, nunca me gustó esperar. Y así pasé la mañana hasta que llegué al límite de copas sin sufrir un coma etílico. Ese era el momento de volver a subir a mi cuchitril para quedarme dormido en el sofá unas cuantas horas más.

Traté de comer algo cuando me desperté, pero mi estómago no admitía nada más que alcohol, así que proseguí maltratandome una vez más. Trago tras trago me iba animando. Puse la televisión, cambiando compulsivamente de canal hasta que vi en una cadena musical a una guarra semidesnuda meneando el culo de manera lasciva. Mi polla se puso como una piedra casi en el acto, cosa sorprendente con la que llevaba encima. Estaba cansado y no me apetecía cascarmela así que agarré mi teléfono. Estaba seguro que detrás de alguno de los números acumulados en la agenda había alguien que le apetecía chupármela. Seguro.

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