Ago 06

Corre

Lo que el viento no se llevó
Cerrada oscuridad en la ciudad, sólo quebrada por el lúgubre parpadeo de las farolas que aún siguen en pie. Cualquiera diría que la ciudad está desierta, y no se equivocaría. Se puede ver destruida, escombrada, sucia. En mitad de la noche una sombra rompe la aparente tranquilidad desértica. Un hombre corre y salta entre los escombros. Corre más de lo que ha corrido en toda su vida. Y es que corre por su vida.

Aquellas figuras tenebrosas de más de dos metros de alto le persiguen, como habían hecho con cualquier humano que se hubiesen encontrado desde que aparecieron. ¿Qué son? ¿De dónde han salido y por qué? Ninguno de los pocos humanos que quedan en la faz de la tierra lo sabe, ni lo llegarán a saber jamás. No pueden hacer nada, sólo correr, correr y rezar por encontrar un escondrijo que esos seres no encuentren.
Pero eso es imposible. Hay gente que se esconde en sus casas, gente en garajes, bajo tierra, en lo alto de rascacielos… todo da igual. No hay lugar donde ocultarse, donde descansar. Aquellos engendros les encuentran estén donde estén. La humanidad está dando sus últimos estertores de muerte y nadie sabe porqué.

Y así, él corre, corre como un poseso, con un monstruo persiguiéndole detrás. Cualquier pensamiento genuinamente humano está diluido en el instinto de supervivencia. Se ha convertido en un animal, herido y desquiciado, luchando por su vida sin poder luchar. Ya ha visto lo que hacen esos seres cuando alguien se enfrenta a ellos. Muchas vísceras, muerte lenta, dolor y terror. No, antes de enfrentarse a ellos prefería matarse. Ojalá su familia hubiese pensado lo mismo. Pero es algo que ya ha dejado de sentir. Apenas han pasado un par de días desde que vió a su padre perecer en una explosión de sangre, órganos y huesos, y ya ni lo recuerda. No ha podido llorarle, no ha podido sentir tristeza, no ha podido echarle de menos. Su cerebro tiene como prioridad la carrera, la más larga y dura de su vida, la carrera por una supervivencia evidentemente imposible.

Poco a poco un nuevo pensamiento le invade. ¿Cómo podría acabar con su vida para sufrir lo menos posible? De nuevo, con ese pensamiento, revive su alma humana y su juicio se disocia de la supervivencia pura. Una milésima de segundo le basta para tropezar en una montaña de escombros, caer y partirse una pierna.

Sangre, vísceras, dolor y terror. Durante horas.

2 comentarios

  1. Pues qué te voy a decir, que muy bueno.
    Me llama mucho la atención este tipo de cuestiones al margen de cualquier clase de moralidad, es decir, en cuestión de vida o muerte o similar, ¿haríamos de todo por salvarnos, incluso cosas que van más allá de nuestros propios límites? ¿o nos dejaríamos vapulear a merced del dolor, el terror y el pánico?

  2. Pues justo lo publique pensando que me había quedado bastante flojo…

    Y bueno, espero no verme en una de esas!!! jeje

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