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Dic 19

El que esté libre de pecado…

Cristo
Domingo de invierno. Acompaño una procesión de cuerpos helados que cruza la puerta de un lugar cálido y ardiente. Los abrigos se rozan sudorosos en su interior mientras nos despojamos de ellos con gemidos de placer. La calefacción está a tope, en mi entrepierna. Me siento atrás, donde casi no llega la luz, para disfrutar del desfile de cuerpos arrugados y tullidos… y sumisos.

– Sentaos hermanos
Siéntese usted sobre mi, hermano, Padre, guapo, que esta semana he sido bueno. Va provocando con la cara roja de placer y la sotana ceñida. El cilicio bajo ella no es ningún secreto para mi, por mucho que se empeñe en esconderlo. Un día conseguiré que se retuerza de dolor, con púas de metal imitando vidrieras rotas de santos muertos. Está extasiado por todo lo que le he hecho en mi imaginación, lo sé. Dirige su mirada hacia mí. Padre, me ruboriza. Aquí las velas proyectan sombras amargas de cuerpos desnudos. Desnudos y sangrando, como a mi me gustan. Pero no me mire Padre, que aún nos queda mucho rito.

– Roguemos al señor
Y ruego. Ruego porque hoy sea el día en el que me confunda con una de sus feligresas más devotas en la oscuridad del confesionario. Esta parte no me gusta, Padre. La guarra de Conchita, la viuda moderna que siempre se queda a que la consuele, siempre lee textos horrendos y los hace tan aburridos como un discurso del Rey. Debería dejarme leer a mi. Podríamos hacerlo en plan espectáculo, yo leo y usted chupa. Pero no se preocupe, tengo mi plan para después. La parpadeante luz entrando tímida por los pequeños huecos del confesionario no le revelará que el culo donde está usted metiendo el dedo no es el de Conchita.

– El señor esté con vosotros
Y en nosotros. Que nos desee, que nos pida más a gritos. Estamos hechos a su imagen y semejanza, así que el Señor es un puto vicioso, a mi semejanza, y seguro que se folla a mi imagen. Seguro que la paloma fue Él. Y San José, en esa cristalera con su túnica dejando ver uno de sus pezones erecto, debe de estar cagándose en todos sus muertos, si es que los tuviera, por hacerle el calzonazos, cornudo y hazmerreir más grande del mundo. San José, el carpintero que nunca taladró. Pero nosotros no somos así ¿Verdad Padre? No beba tanto vino, no sea que luego no me rinda. Aunque ese vino chorreando por la comisura de sus labios me evoca a la imagen de mi propia semilla infértil goteando de su boca, con El Hijo mirándonos con los ojos vueltos por no poder mover los brazos.

– Demos gracias al señor
Es justo, pero lo necesario es el azote que me deberia de dar en el culo, Padre, por favor. Me acercó, me arrodillo y se lo suplico con ojos ardientes, mientras me mete una hostia en la boca. Un murmullo se levanta cuando atrapo sus dedos con los labios. Padre, si me guiña el ojo una vez más, igual no puedo levantarme para volver a mi lugar oscuro. Guiñemelo después, pero no ese. Que casualidad tropezar con su sotana y rozar su pene envuelto en alambres. Se los quitaré con los dientes.

– El Señor esté con vosotros
Y con su espíritu, Padre. Pero no se preocupe, que estará con nosotros, con usted y conmigo. Yo haré que invoque su nombre una y otra vez cuando intente liberarse de las tinieblas que guardo en el pantalón. La cera caliente de las velas que aún están encendidas será un buen combustible. La gente está impaciente por irse. Ya no se acuerdan del frío de fuera. Cuando ellos estén luchando por no congelarse yo estaré derritiendome haciéndome pasar por un cetro divino.

– Levantemos el corazón
Yo lo que tengo es otra cosa levantada. Y hacía usted, Padre. Perdóneme porque le voy a pecar.

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