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Dic 09

Vacío

Frascos/Anónimos/Vacíos
Cuando nació, no tenía ombligo. Sólo un hueco, un hoyo en mitad de la barriga. Nadie supo darle explicación, pero no parecía haber nada extraño en él. Sus órganos estaban ahí y no tenía ningún problema de salud. Sólo un hueco en mitad de la barriga.

Siempre fue un chico tímido, apagado, triste. Y así, pasaba la vida como podía. Pasó su infancia con pocos amigos y la adolescencia con demasiados. Era un chico de términos medios que nunca llegaban. No soportaba la soledad, no soportaba estar rodeado de gente. Con dieciocho años conoció el amor. Un día de verano de los que fríen la piel, en una playa semidesierta, en unas vacaciones familiares a las que no quería ir.

Paseaba con sus gafas de sol y su concavidad umbilical tapada siempre por una camiseta. Entonces la vio. Estaban a punto de cruzarse en la orilla del mar, en la orilla de su vida. Una morena melena que reposaba sobre unos hombros bronceados con ébano. Los ojos tapados por unas gafas oscuras le daban un toque de misterio. Una tímida sonrisa distraída en unos labios parecidos a una hoguera. Un cuerpo delicioso, del tipo que hacen que una modelo levante las cejas y exhale un gemido de desprecio. A través del bikini rojo sobresalían dos botones pequeños, erectos por la brisa marina. Preciosa, fue la palabra que le recorrió la cabeza como una bala. Pasó nervioso por su lado, ella parecía distraída mirando al horizonte. Dos pasos más adelante y sin desacelerar, decidió darse la vuelta para observar desde otro punto de vista. Cuando lo hizo, la descubrió girando su cuello hacía atrás, igual que él. Aceleró el paso con la cara tan roja como el bikini que cubría los pechos que ahora deseaba.

Al día siguiente tuvo lugar la misma escena. Y así pasó la semana hasta que el encuentro ya no tan casual se convirtió en un ritual. Una mañana, frente al espejo, reparó en que su vacío se había convertido en un ombligo. Sonrió al espejo y salió rápido hacia la playa. Otro día más, comenzó su paseo, sin camiseta, con los rayos solares acariciando su espalda y su pecho. Se cruzó con ella, pero esta vez, al darse la vuelta para observar, ella cambió el sentido de su marcha hasta encontrarse caminando detrás suyo, diciendo con voz de franela “Hola”.

EL “Hola” se convirtió en besos. Los besos se convirtieron en caricias. Las caricias se transformaron en sexo y el sexo en sudor. Y el sudor daba lugar a paseos por la playa, a risas y promesas. Y las promesas fueron lo único que le quedó cuando ella partió lejos. Cuando ella marchó, el espejo volvió a mostrar la verdad de su no ombligo, su vacío repleto de nada.

Y la nada dio paso a la melancolía, a las ventanas cerradas. Las ventanas cerradas se convirtieron en muros, los muros en cárceles. Y así fué como una mañana, en su cama sólo quedó vacío y nada más.

2 comentarios

  1. XIII

    Que preciosidad de relato Santi 🙂
    Me ha gustado de principio a fin. Bien escrito, bien definido… He sentido el calorcito del sol a pesar de que estoy helada fumando en la terraza jaja he sentido ese cosquilleo del primer vistazo que le echas a quien sabes que será importante y ese vacío cuando marcha…
    ¡¡Genial!!
    Un abrazo enorme.

  2. Miercoles

    Jo, que triste. Muy bien Santi, como dice XIII, genial!

    La soledad es una tirana. No entiende de piedad, ni de amor, ni de palabras cálidas.

    Un abrazo 🙂

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