«

»

Ene 16

La voz de la navidad

Not your traditional style tree!
El falso árbol de navidad me observaba. Su brazos de plástico me señalaban. Sus escasos noventa centímetros se erigían imponentes en el extremo del salón. Después de quince años, su gesto de aburrimiento era más que obvio. Me imagino que cuando llegó a esta casa, tantas navidades atrás, pensó que ser un pedazo de la navidad, aunque fuese falso, era algo por lo que merecía la pena existir. Las dos bolas rojas metálicas que eran los ojos me miraban con los párpados entrecerrados y las cejas arqueadas. Supongo que para un árbol es difícil entender las relaciones humanas. Por la inercia de finales de diciembre, como todos los años, me había visto obligado a poner de nuevo esos vídeos caseros donde mis primos y yo jugábamos ajenos a la grabación, mientras los mayores, ataviados con chandals de franela y hombreras, miraban a la cámara poniendo muecas estúpidas. Sonrisas sinceras en la pantalla, sonrisas a su alrededor.

Momento de reunión y felicidad en mi casa como mandaba la tradición. Horas antes no paraba de responder al teléfono para dar indicaciones a los miembros de mi familia. Todos deseaban aprovecharse de mi hogar y mi hospitalidad en las fechas señaladas, pero nadie recordaba nunca de un año a otro como llegar. Y como siempre, según se iban presentando, con una palmadita en la espalda me decían en tono irónico que vivía en el culo del mundo. Todos los veinticuatro de diciembre allí se presentaban, atravesando una carretera comarcal que cruzaba un bosque, sin luces, con muchas curvas, terminando en un camino de tierra.

Todos reían mientras el árbol observaba atento mis reacciones. Y mis reacciones no pasaban de imitar la alegría y felicidad de todos los que me rodeaban. Una tía lejana, de esas que te embadurnan la cara de babas cuando te ven, emitía una especie de gritos ensordecedores cada vez que su hijo hacía cualquier cosa en la pantalla, fuese o no gracioso. Gente con el pelo blanco que podría jurar que no tenían nada que ver con mi sangre se debatían entre ronquidos y regañinas a los insufribles niños que corrían alrededor suyo. Todo quedó en silencio por un segundo, entonces escuché una voz. Una voz verde y áspera, casi imperceptible, con un tono plástico. Me decía que todos estaban haciendo lo mismo que yo, imitar, seguir la inercia de una fecha señalada en rojo en el calendario.

Tarde en darme cuenta de lo que acababa de pasar. El árbol me había hablado, era su voz. Al instante, el murmullo de risas y comentarios ingeniosos volvió a mis oídos. Giré la cabeza para observar bien aquel árbol, supuestamente inerte. Estaba callado, sólo me miraba, sin emitir ningún sonido. Pero sin embargo, yo tenía muy claro que le había escuchado. Intenté dejar de pensar en ello para sumergirme de nuevo en el jolgorio que estaban montando mis parientes.

El video acabó. La pantalla dejó de mostrar unas versiones reducidas y espantosamente horteras de nosotros mismos. Era el momento de dirigirse a la mesa. Me había llevado dos horas colocar toda la cristalería y la cubertería en la enorme mesa del comedor. El resultado era una armonía perfecta de cristal, plata y cerámica acerca de la cual nadie dijo nada. Los primeros trozos de cristal desmenuzado sólo tardaron tres minutos en regar el suelo. La factura de la noche subía al mismo ritmo que descendía el nivel de las botellas de vino. Los niños corrían y no dejaban ni un sólo momento de romper algo. Mis tíos, ya borrachos, carcajeaban como hienas sólo parando para toser el humo de sus puros. La cena salía de mi cocina en innumerables platos que al día siguiente me tocaría fregar. Un sudor frío comenzó a recorrer mi espalda. No podía más, tenía que guardar un minuto de soledad.

Me dirigí de nuevo al salón donde aún resonaban los ecos de las voces de esa gente que ahora ocupaba el comedor. Encendí un cigarrillo, inspiré fuerte y al expulsar el humo me dí cuenta que el árbol de navidad me miraba como si fuese una bomba con la mecha a punto de agotarse. Y otra vez me habló. Esa vez le escuchaba perfecta y claramente. Su voz verde me raspaba los tímpanos. Me arrojaba una detrás de otra incómodas verdades sobre mi familia, sobre todas las cosas que había aprendido sobre nosotros navidad tras navidad. Había tenido mucho tiempo para reflexionar sobre ello mientras se cubría de polvo en el garaje.

Las risas que escuchaba estaban más enlatadas que las de una serie en primetime en televisión. Las verdaderas, se escuchaban cuando yo me ausentaba de la sala. Yo era el rarito de la familia, el que vivía solo en el culo del mundo y el que ganaba más dinero que todos ellos juntos.

Para el momento en el que el cigarrillo se consumió, el árbol me había convencido de lo que tenía que hacer. Moví la cabeza ligeramente hacía delante con los ojos entrecerrados para después dirigirme al comedor, era la hora de trinchar los pavos. Unos cuantos gritos después aparecí en la cocina. Ollas, bandejas, sartenes… todo sucio esperando que alguien limpiara el desastre, pero allí ya no había nadie.

2 comentarios

  1. XIII

    Ay la navidad…
    Excelente Santi, me han gustado mucho el tono y el ritmo del relato. Y por supuesto, esa última frase…
    Un abrazo 🙂

  2. Santi

    ¡Muchas gracias!
    He cambiado esa frase unas diez veces… me alegro que al final haya quedado bien!!!

    ¡Gracias por pasarte!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>