Feb 10

Próxima estación…

Gulpiyuri
El cielo estaba tintado de color melancolía aquella tarde, amenazando una tarde de tormenta. Yo entraba en la estación del ferrocarril de vía estrecha de Gijón. Cuatro o cinco horas antes me adentraba confuso en la estación de Chamartín para comenzar el viaje. En una mañana había cruzado todo el ancho de Castilla. Me encontraba años después de mi última visita, en mi bienamada Asturias una vez más.
Me llamaron loco, y quizá no les faltase razón. Sólo un sueño me había llevado a aquella situación, pero tan claro y tan premonitorio que no podía dejarlo pasar. En aquel sueño, aquella playa y auqel momento estaban tan claros que hubiese sido un delito no dejar mi vida a un lado por un tiempo para confirmar aquella premonición. Tampoco tenía nada que perder.
Los vagones amarillos de la FEVE llegaban a la estación y abrían sus puertas, preparados para llevarme a un destino onírico incierto. Me senté, dispuesto a disfrutar, como siempre hacía, de un viaje en ferrocarril. Pocas personas, como mucho tres o cuatro, me acompañaban en mi aventura en aquel pequeño vagón. Los asientos de tela azul estaban más que sucios. Un tren como aquel había sido dejado a un lado por parte de la administración. Pero aún así, se respiraba un aroma especial, a algo que hay que conservar. Un aroma de los que sabes que cuando se pierda, se habrá perdido algo de lo que eres como sociedad, como perder los huesos del eslabón perdido. Aquel vagón le rodeaba una naturaleza difícil de imaginar con cualquier otro transporte. Viajando allí, uno era capaz de imaginar las penurias que debías de haber sufrido una decena de jornaleros para poder excavar esos túneles en mitad de montañas por las que ahora nadie daba un carajo.
El suave traqueteo del tren me llevó a un estado de placentera duermevela donde se mezclaba la realidad que pasaba delante de mis ojos con imágenes oníricas sacadas del sueño que me había llevado allí. Casi podía sentirlo como la primera vez que lo tuve. Era una noche de invierno que me helaba los huesos, en la que soñé con esa playa, la playa de Gulpiyuri. Durante meses soñé con aquella playa una y otra vez, mas no le di importancia. había estado muchas veces en aquel lugar. Era uno de esos sitios donde acudía a desintoxicarme de mi propia vida, por eso no me parecía extraño verlo una y otra vez en sueños cuando la vida no me ofrecía su mejor cara en la realidad.. Pero un día todo cambió.
Aquel sueño repetitivo empezó, poco a poco, a ser más claro, más realista. Noche a noche, acabé comprendiendo que sin saber porqué, estaba viendo el futuro. No cabía otra explicación. Las sensaciones eran tan auténticas, tan vividas, que no me quedaba más remedio que pensar que aquello era real. Y si era real pero no eran recuerdos, no quedaba más remedio que fuese el futuro.
Cada noche vislumbraba una figura de espaldas, subida en la roca más alta del acantilado que hay detrás de la playa, mirando al mar sin importar la lluvia que caía a su alrededor. Las primera noches sólo distinguía una sombra con forma de mujer, nada más. Noche a noche iba descubriendo una chica morena de pelo rizado, envuelta en una sudadera roja, mirando al mar. Yo trataba de decir algo pero ella no me escuchaba o si acaso, me ignoraba. Justo antes de despertarme, siempre le veía dar un paso hacia el vacío, hacia el acantilado. Y noche tras noche me convencía de que aquello era real y de que debía de hacer algo.
Alargué las noches de sueño tanto como pude de manera artificial. Apenas llegaba a casa, todos lo días me provocaba el sueño y aprovechaba hasta el último minuto en la cama para mantener los ojos cerrados y adivinar cual era mi destino. Y así fue como pude alargar aquel confuso sueño hasta divisar un calendario y unos horario de tres. Después de aquello solo tuve que esperar a la fecha señalada.
Con todos los pensamientos y recuerdos me desperté en aquel vagón completamente desorientado cuando el revisor me pidió el billete. Allí estaba, surcando montañas verdes y nubes grises por encima del río Sella. En la ventana se empezaban a adivinar tímidas gotas de lluvia, tal y como mi sueño me había indicado que pasaría.ç
El ferrocarril efectuó su entrada en el apeadero de Villahormes. Cuando bajé del tren, la lluvia paró. Poco después volvería, lo sabía, lo había visto. Saqué de mi mochila una sudadera roja y me la puse, mojarme me daba igual, pero el viento en las mangas desnudas era una molestia. Empecé a andar a través de las casas bajas del pueblo, en dirección a Naves. Me envolvió el paisaje verde intenso, el olor a hierba mojada, el olor a sal y los rayos de sol que las nubes permitían pasar.
Seguí andando por camino que me llevaba a mi destino. Seguía sin llover, pero según me acercaba podía ver una figura de mujer en las piedras al borde del acantilado. Allí estaba ella, fuese quien fuese, y allí estaba yo, su supuesto salvador. Algo estaba mal. No llovía, no llevaba una sudadera roja, en su lugar la llevaba yo, no parecía querer saltar hacia el horizonte. Sin embargo, estaba seguro que aquella figura era la misma que se presentaba en mis sueños.
Playa de Gulpiyuri
Al acercarme, me arrojó una fría mirada en mi dirección y por fin su rostro se mostró. Ojos verdes, pómulos sonrosados y labios minúsculos. La cara estaba surcada por varias cicatrices profundas, su semblante era un tanto siniestro. Después de un rápido vistazo hacia mi, su vista triste se volvió a clavar en el inmenso Mar Cantábrico.
Llegué a su lado y sin esperar a que me saludara le empecé a hablar. Le dije que había ido allí a salvarla. Me volvió a mirar susurrando que nadie la podía salvar. Le invité a bajar a la playa y ella accedió ya que total, la muerte podía esperar unos minutos. Me sorprendió la facilidad que hablaba de su propia muerte. Me trataba como si ya me conociera, como si me hubiese visto antes, como si esto ya lo hubiese vivido ya, como si me estuviese esperando…
Mientras las olas invadían aquel pequeño trozo de arena, le pregunté la razón por la que quería morir. Su única respuesta era que lo merecía. Noté como empezaba a temblar de frío y le ofrecí mi sudadera. Ella se la puso y en aquel momento empezó a hablar de manera extremadamente confusa. Mientras me cogía de la mano me decía que yo era demasiado bueno, que no me merecía todo aquello, que me lo contaría todo y así podría tener algo de paz en mi vida.
Yo no entendía nada. Me hablaba como si me conociera y yo a ella sólo la había visto en un extraño sueño que me había llevado allí. Empezó a llover cuando ella me miraba a los ojos dispuesta a contarme lo que carajo me fuese a contar. Entonces me dí cuenta, la lluvia, mi sudadera roja… lo que veía en mi sueño era justo lo que se me venía encima en aquel preciso instante. Si mi sueño era cierto, iba a dejar que se tirase de allí. Cuando me día cuenta de aquello, empecé a sentir un terrible miedo a lo que me iba a contar.
“Estas cicatrices en mi rostro, son de un accidente de coche”. Un latigazo recorrió mi cuerpo cuando escuché esas palabras. Una avalancha de dolorosos recuerdos se esparcieron por mi mente y mi corazón. Unos años antes, un conductor borracho se estrelló contra el coche de mis padres. Ninguno de los dos sobrevivió. No pude con el dolor y no quise saber nada más. Del juicio se encargaron mis tíos. Solté las manos de aquella chica para restregarme los ojos vidriosos, sin explicarme porqué me contaba aquello.
“Fui yo, no era un conductor borracho. Era una conductora, era yo”. Tuve la misma sensación que si alguien me diera un hachazo en mitad del pecho. Ella sabía quien era yo. Me dí la vuelta dispuesto a correr muy lejos de allí, de dejarla que hiciese lo que ella considerase correcto.
Esa era la imagen de mi sueño. Su figura al borde del acantilado, mi sudadera, la lluvia… y ella intentando dar un paso al vacío. Entonces la agarré del brazo.
“Quizá yo no pueda vivir por el dolor, quizá tu no puedas vivir por la culpa. Escapemonos en el siguiente tren a una nueva vida, lejos, donde el sol no tenga memoria y la luna se olvide de nosotros”. Y escapamos, en dirección a ninguna parte, a donde nos lleve el melancólico traqueteo de una locomotora.

2 comentarios

    • Miércoles on febrero 18, 2013 at 9:27 am
    • Responder

    “donde el sol no tenga memoria” muy bonito eso eh? 🙂

    Me gustas más así, disfrazado de poeta.

    un abrazo, amigo 🙂

  1. ¡Muchas gracias!

    Disfraz no sé… pero de poeta tengo lo mismo que de Somorjujo Canario… 😛

    Un abrazo!

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