Abr 30

Niebla

Damp

El vaho empaña el espejo y las baldosas color salmón. Una neblina blanca y densa lo invade todo. Diminutas gotas acaban condensadas en la porcelana del inodoro. En la bañera está Cristina, cubierta de espuma hasta el cuello. Tiene los ojos cerrados, sus párpados están apretados y con la boca medio abierta respira vapor. Media melena rubia se sumerge en el ardiente agua mientras reposa el cuello en un extremo de la bañera. Al otro lado, su pierna izquierda rebosa por el extremo para poder permitir que un misil submarino se interne en las profundidades que nunca ven la luz.

La mano de Cristina va tomando forma. Comienza con un ritmo irregular, como el traqueteo del metro. Arriba, abajo, a ambos lados y de repente un movimiento imprevisto que casi provoca una caída. Allí es donde se esconde él. Alto y robusto, agarrándose bien fuerte en cada frenazo y en cada acelerón con una mano a la barra verde pastel. Le ve perfectamente, él la mira hasta el momento en el que se cruzan sus miradas, instante en el que ese chico con los pómulos sonrosados vuelve a apuntar sus ojos al libro que lleva en las manos. Le ve bajar en su estación parándose en la puerta para permitirle salir, dedicándole una sonrisa húmeda. En el andén siente su mano en el hombro y se da la vuelta para verle en primer plano.

La conversación está empañada por la niebla que se extiende desde la boca de la estación y que les envuelve a lo largo del paseo a su casa. En el portal, los primeros besos mojados. En algún escalón él se da cuenta de que necesita las dos manos y tira el libro al suelo. La luz naranja entra por la ventana del cuarto difuminada por la bruma exterior. El aliento sale de la boca del chico del metro para rociar el cuello de Cristina. El vello se convierte en espinas de una rosa fresca con gotas de rocío a primera hora de la mañana. Siente como las manos de él son sábanas de seda recorriendo la ropa y la piel Se abren paso desabrochando todos los botones, bajando todas las cremalleras y rompiendo las medias con violenta dulzura. Los labios son caracoles que poco a poco se sumergen en una carrera plagada de dunas y terrenos escarpados que no dejan de desear ser superados y que saborean cada húmedo centímetro de piel rosada.

Poco a poco la cama se empieza a llenar de sudor y de deseos concedidos. Sus cuerpos se convierten en un sonido pesado de riffs sin descanso. Las paredes observan atentas todos los movimientos, envidiosas por no poder agitarse al mismo ritmo que esas dos locomotoras que cabalgan las sombras por la misma vía. Continúan en una espiral ascendente que les lleva a transformarse en la locura de una batería a punto de rasgarse, intentando ahuyentar el frío que les quiere atrapar pero que choca con una inalterable barrera de excitación. Acaban derramándose en con los movimientos rápidos y constantes sobre las teclas precisas del sintetizador en su justo momento. Al final, respiran aliviados dos cuerpos desnudos aún iluminados por el tono naranja fantasmagórico que todavía invade la habitación.

Cristina mira hacia el cristal de la ventana, a través del cual se extiende un mundo difuminado en sepia. En la cara interior se aprecian gotas condensadas, impregnadas de jadeos, gemidos y orgásmos. Cuando Cristina gira la cabeza para observar el tren sin frenos que acaba de montar, él ya no esta allí. Se da cuenta entonces que sigue en la bañera, con la mano derecha aún sumergida en agua que ya se ha quedado fría. Las únicas gotas son las que reposan justo bajo sus ojos. Y apretando los párpados, llevándose la palma arrugada de su mano a la frente, desea que mañana sea por fin el día en el que él se baje en su parada.

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