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May 12

Dejé el mensaje después de la señal

Phones are dead.
Lloros y gemidos.
“y ¿Sabes? Voy a saltar…”, después un ruido seco, como de pico de mina cascando el duro caparazón de una tortuga, convirtiendo sus tripas en carne para hamburguesa. El mensaje siempre termina igual, por mucho que repita la escucha. La palabras grabadas suenan en ciclos. Un hacha que corta el tallo de una margarita. Lloros. Miro a mi alrededor pero no consigo ver nada. Soy un agujero negro, el centro oscuro de un volcán sin erupciones. A mi alrededor no hay nada, no veo nada y todo gira en círculos concéntricos hacia mí. Siento en el brazo derecho el aguijón que me ha clavado algún tipo de insecto de tamaño descomunal. Creo que estoy tirado en una especie de sofá. Gemidos. Las manos acarician mi cabeza con la torpeza de una flor en invierno, sólo para comprobar que sigue allí, que está viva, que la piel aún no se ha desconchado, no se ha secado a la sombra de una bombilla fundida.
Lloros y gemidos.
No puedo soportarlos más. Extiendo mi conciencia para agarrar el pasaporte que debería de estar en la mesa que, si no me equivoco, está a mi lado si no ha decido abandonarme. Lo agarro, lo vuelvo a poner en la cuchara negra, quemada. Lloros. Por suerte tengo automatizada la busqueda del fuego en mi bolsillo, ahí sigue esperándome. Prendo el infierno. No hay extintores que paren las llamas que me devoran. Gemidos. Noto que el olor dulce me envuelve. Campos de amapolas a mi alrededor, brisa de mar, besos y masajes en los pies. Aire fresco de un río que hace que los árboles se muevan de una forma casi mágica. Flores inesperadas acompañadas de un tacto suave en el pelo de mi pecho. Una sonrisa blanca que se va oscureciendo hasta hacerse marrón. Lo recojo todo con la aguja. El émbolo sube con una suavidad violenta, y se llena con la presteza de la mierda escapando por el retrete.
Lloros y gemidos.
No desaparecen. Pero me doy cuenta de por qué. Claro. Aún no he facturado. Vuelvo a pulsar la tecla de repetición de mensaje. “¿Te has cansado de mí?”. Una bola de luz me envuelve con un sabor turbio en la lengua. Lloros. La boca se queda con un regusto a goma después de realizar un mañoso nudo que me ata a las nubes. Todos los sistemas en funcionamiento, pista libre. Busco una vena entre la pus de mi antebrazo, y cuando la encuentro, despego. Puedo oler la podredumbre, como un filete que lleva desde ayer fuera de la nevera o como una puta rata muerta en mitad del salón sin nadie que le de un digno funeral. Gemidos. Estamos en el aire. Surfeo inestable en su sonrisa marrón durante la noche más larga del mundo. Nos acompañan seres voladores de rasgos indefinidos. Alas negras y picos blancos. Los campos se han incendiado y el olor a quemado se vierte por mi vena, directo al ventrículo derecho.
Lloros y gemidos.
Pasan horas mientras que las manecillas del reloj siguen en la misma posición. Un policía indicándome que me detenga. “Pues yo estoy en el balcón…”. Lloros. Ahí viene la duermevela. Las babas cayendo. La pus flirteando con moscas y sus huevos. Eclosiones de larvas que se alimentan de dolor. Gemidos. Y caigo, caigo muy fuerte. Se me olvido construir la pista de aterrizaje. “Y ¿Sabes? Voy a saltar…”. El mensaje vuelve a terminar de la misma manera, con el ruido de una losa de media tonelada cubriendo el lecho de santos y demonios.
Lloros y gemidos.
Se acabó. No quedan páginas en mi pasaporte. Una sombra, quizá la mía, se acerca a una pequeña cárcel de madera de no más de un metro. Los barrotes verdes le impiden salir. Ha debido de estar ahí siempre. Me observo observándole. Me sonríe. La sombra es capaz de agarrar la nube que sobrevuela la pequeña cabeza que hay ahí dentro. La levanta y la agarra con las dos manos. Tiene forma de pasaporte. La posa, deseándole un buen viaje de ida. Gemidos.
Silencio.
“¿Te has cansado de mí?” Quizá esta vez pueda coger el teléfono antes de que el ruido del hormigón aplaste un tallo descolorido.

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