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May 03

El refugio de Superman

Antiguo escribir

Se sienta a escribir y, por quinta noche consecutiva, ni una sola palabra sale de sus dedos rígidos. A su lado, un vaso de cristal, empañado, medio vacío de cerveza, medio lleno de aire. Mira la pantalla que ya no le refleja. El teléfono desconectado y el router desenchufado. Tiene infinidad de cosas en la cabeza pero ninguna llega a los dedos apoyados en las teclas. Da un trago de la cerveza que ya ha perdido el frío y ha doblado su amargor. Se toca la frente, que arde. Se intenta acomodar en otra posición pero sigue igual de incomodo. Trata de vaciarse de cualquier pensamiento, pero los pájaros siguen sobrevolando un cielo nublado. Otro trago.

Se levanta y coge un libro. Piensa que, el devenir de las distopías de Gibson igual le lleva a su propio mundo de casi ficción. Treinta páginas después vuelve delante del ordenador que le mira achinado, juzgándole. Se atreve a poner algo de un grupo islandés que siempre le ha servido para relajarse. Vuelve a la desesperación de la hoja en blanco, que le grita cosas que duelen. La pared se aleja tratando de escapar de una habitación llena de nada, cubierta por capas de niebla azul, congelada.

Tiene los ojos en blanco. Cuando vuelven a la normalidad, lo vuelve a intentar. Revisa textos antiguos, los corrige una y otra vez, con la esperanza de que en alguno salga la chispa para volver a ser un dios menor, pero la creación no llega. El vaso ha quedado vacío. Un nuevo paseo de tres metros le lleva a la nevera. Rellena el vaso hasta que rebosa sin darse cuenta. Se da cuenta de que en otro momento podría buscar una metáfora en la espuma que se vierte por los costados. Pero ahora sólo se derraman cientos de preguntas que atraviesan sus ojos en cada segundo, mientras que la inspiración sigue vacía como una calle en día de partido.

Atraviesa la habitación con pasos acongojados. Tiene miedo de volver a sentarse. Observa la pantalla en blanco desde arriba, desde una nueva perspectiva esperando que sea suficiente para que algo haga clic, que mirándola ahí de pie, algo cambie y de nuevo brote el árbol invisible con frutos podridos.

Recoge los cristales que están por el suelo. El olor amargo de la cerveza derramada se mezcla con el del amoniaco de la fregona. Piensa que no debió enajenarse tanto en sus devenires mentales con el vaso lleno en la mano. Un leve mareo le obliga a descansar en el sofá. Descansar de no haber hecho nada. La vista se le nubla cuando viene la naúsea.

Quizá ponga alguna película, buscando de nuevo el calor del numen, o simplemente se quede tumbado mirando fijamente la lámpara del techo hasta que ardan las retinas. Más tarde se acostará y soñará con miles de mundos de los que no será capaz de hablar.

1 comentario

  1. XIII

    Joder… qué bien Santi.
    Y qué mal. Cuántas veces me habrá pasado y me seguirá pasando. Al igual que a ti, supongo. Cientos de cigarrillos que se consumirán como el tiempo que devuelve multiplicado por dos esa jodida página en blanco.
    Un abrazo.

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