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Feb 05

Disco rayado

Scratching the surface

La llaves repiqueteaban en la puerta. La maleta estaba en el suelo mientras Jaime luchaba con la cerradura. Dentro se escuchaba el sonido viejo de un vinilo en el tocadiscos. Ni las luces parpadeantes del portal, ni la cerradura medio rota, lo que hacía sentirse en casa a Jaime era ese sonido. Intentó girar la llave de nuevo pero, sin llegar a completar el intento, la puerta se abrió, Julia abrió. Le estaba esperando, por eso había puesto su disco favorito. Jaime estaba seguro que llevaba por lo menos dos horas llevando atrás la aguja una y otra vez, sólo para que en el momento exacto él pudiese escuchar esas melodías que tanto significado tenía enterrado en su alma, en sus almas. Jaime notó a Julia nerviosa. Era la primera vez que tenía que irse de viaje desde que se mudaron juntos, no parecía raro el nerviosismo y tomar tanta molestia en preparar algo para cuando llegase.

Con la puerta apenas cerrada juntaron sus cuerpos y sus labios. La pequeñas motas de polvo se hacían notar en el sonido sucio del tocadiscos. Ese es su encanto, pensaba Jaime, escuchando esas imperfecciones mientras besaba a Julia. Ni qué tal el viaje, ni cómo estás, ni qué tal todo por aquí. Sus lenguas no se querían distraer en palabras.

La cara a del disco había terminado. Él se acercó al armario de los vinilos y puso otro disco. Ella llevaba de la cocina al salón dos copas y una botella de vino que había seleccionado especialmente para ese día.

En el sofá, brindaron por la vuelta, por la música y por el viejo tocadiscos. Los dos acercaron la copa a la nariz, inspiraron y saborearon un trago desde el paladar hasta los dedos de los pies. Las miradas que se intercambiaban suavizaban los tonos agudos, casi cortantes, que el vinilo emitía al rozarse con la aguja del tocadiscos. Jaime le contó su viaje largo, largo, y Julia le dijo lo que le había echado de menos, le contó todas sus noches acompañada sólo por una copa y el viejo tocadiscos. La aguja del tocadiscos saltó como si estuviese asustada. Quizá el disco estuviese rayado, quizá se había posado en él una mota de polvo más grande de lo normal.

Jaime admiró las formas del cuerpo de Julia mientras ella se acercaba a cambiar de nuevo el disco. Jazz, voces graves, bajos que penetraban en el corazón. Mientras la aguja se movía lenta, sin prisa, saboreando cada centímetro que recorría, Julia tumbaba a Jaime en el sofá del salón. Le besaba, acariciaba con los dedos su cuerpo, desvistiéndole, con cuidado, como si fuese algo que tuviera que manejar con extrema precaución. Ya tendría tiempo para ponerse salvaje.

Un solo de bajo acariciaba la aguja del tocadiscos. Desnudos en la cama se miraban fijamente, como dos nubes a punto de descargar la tormenta. Ella empezó a recorrer el cuerpo de Jaime con los labios. Primero el pecho, suavemente, formando tornados en el pelo con los dedos, pellizcando sus pezones. Las palabras que entonaba entre acorde y acorde habían perdido ya el decoro. Siguió bajando, abriendo cada vez más la boca y dejando un rastro mayor de saliva. Un saxofón escupía tonos altos como gran final de la cara a del disco de jazz.

“Ay, Rubén” gimió Julia. Los dos se miraron fijamente. Jaime esperó una rápida explicación pero esta no llegaba. Pasados dos minutos, Julia acertó a decir “Lo siento” sobre el fondo de la aguja del tocadiscos reproduciendo los surcos sin música. A Jaime no le gustaba cuando los discos terminaban y se quedaban sonando en silencio sin que nadie les hiciera caso, como si el tocadiscos buscase una nota más para sólo encontrar el vacío. Julia se acercó y le dió la vuelta. Dejó caer de nuevo la aguja. La música volvió a sonar mientras ella se acercaba. No sabía como reaccionar. Jaime deseaba el olor de Julia, durante casi tres meses no había podido más que imaginarlo enchufado a la música de su mp3. Pero no quería que el deseo distorsionase su juicio. “Perdóname, de verdad, fue sólo una vez…” “Una vez y es su nombre el que dices cuando nos volvemos a encontrar”.

Jaime, sentado en el sofá, con las manos en la cabeza y los codos en las rodillas trataba de pensar, pero su mente se había quedado en blanco. Cuando abría los ojos veía a Julia, quieta al lado del tocadiscos. La música continuaba sonando.

El disco empezó a repetir los mismos dos segundos una y otra vez. Estaba rayado. Jaime miró a los ojos a Julia. “Dijiste que me esperarías”. Julia dejó escapar dos o tres lágrimas. A Jaime le pareció que sólo fue una. Se levantó. No la volvió a mirar. Se vistió. Mientras lo hacía se fijó en la maleta, aún de pié en medio del salón. La cogió y se dirigió a la puerta. Jaime se dió la vuelta y se acercó al tocadiscos, que seguía emitiendo una y otra vez los mismos dos segundos. Movió la aguja hasta el final del disco, sin levantarla, provocando el horrible sonido del vinilo chirriando. Echó a andar dejando la puerta abierta a su paso. Del tocadiscos se podía escuchar el sonido del vacío, la aguja rozando la parte final de los surcos sin música, un silencio sucio.

1 comentario

  1. XIII

    Muy bueno. Muy bien llevadas las descripciones del entorno y sensaciones, el desarrollo hasta el climax y la tensión creciente de dos enamorados que se vuelven a encontrar hasta que… ¡zas!, sorpresita 🙁
    Me ha gustado mucho sobre todo ese párrafo con paralelismos descriptivos entre los prolegómenos sexuales y la música; muy brutal.
    Por ponerle alguna pega, (constructiva, claro está :P), las palabras disco y tocadiscos se repiten una barbaridad. Pero esto ya lo sabes tú y es que es difícil no, dificilísimo controlar esto, sobre todo cuando es un elemento principal en el relato. En fin, igual son sólo paranoias mías pero al escribir me desquicia ver que repito cuarenta veces la palabra, porque el caso es que al leer no me molesta tanto jajaja

    El caso es, que me ha encantado. Cada día mejor, Santi ^_^ ¡Un abrazo!

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