Feb 23

No era a ti

Bondage #1
“No… no era a ti…” Así la conocí, con el más absoluto ridículo. En aquel pub olía como si no hubieran ventilado por lo menos en tres o cuatro semanas. Una mezcla de lejía y cerveza derramada me jodía los sentidos. La música retumbaba en las paredes y se distorsionaba antes de llegar a los tímpanos. Ella estaba a dos metros cuando comencé a acercarme. Dos metros de puto abismo. Hubiese jurado que sus ojos marrones me miraban furtivamente a cada momento. Pero no era a mi, eso me dijo. Era al maromo que tenía justo a mi espalda. Por supuesto, aquel tipo era alto, guapo, definido y tenía aura de rey de las nenas, de gilipollas. Resumiendo, él estaba bueno y yo no. Desee convertirme en lava cuando, seguro de que me estaba haciendo ojitos, me acerqué a ella. Le pregunté su nombre y ni siquiera me respondió. “No… no era a ti”. Mi ego, caliente y hasta ese momento desbocado, se fundió en magma. La humillación se presentaba con medias negras y un gin tonic casi acabado.

Pero la noche da muchas vueltas, y en la agonía de luces encendidas, de llamada para la última, cuando se acerca el minuto en el que se pierde la oportunidad de yacer con algo más que unos dedos pegajosos y la vergüenza de despertarse con resaca y la ropa interior acartonada, ella no había conseguido enganchar al musculitos. Yo apuraba mi copa sintiéndome un puto grano de arena en un desierto helado. En ese momento, cuando no quedaba hielo en la copa, ella tuvo una revelación. Una puta revelación. Esas mierdas suelen ser cosas profundas, pero como ella lo planteaba, no parecía más que una gilipollez. El destino nos había juntado. Me lo dijo acercándose mucho a mí, con su falda de cuero, medias negras, tacones azules y camisa blanca. Yo no dejaba de imaginar cómo se vería en mi cama con esos tacones. Ella decía que el destino quería que acabásemos follando como animales. Eso me dijo, literalmente. Debía de tener muchas ganas, o estar muy desesperada; el destino, mis cojones. Pero yo me quise creer que realmente le gustaba, que lo que acababa de pasar es que ella me escogía a mí en lugar de a aquel tipo. Quería, como todo el mundo, sentirme especial, jodidamente especial por una vez en mi puta vida, un copo de nieve en un volcán, una chispa en el espacio, un koala en un circo, una sirena con piernas a estrenar. Piernas y coño, claro.

Era imposible que imaginara lo que le esperaba. Si se le hubiese pasado por la cabeza un sólo segundo lo que imaginaba mi mente, habría salido corriendo. Pero soy muy discreto y mis deseos me los guardo con llave hasta que estoy en la cama. Y ella, seguramente pensando en un polvo, un par de besos, y un intento de escapada antes de que yo despertase por la mañana, no tuvo inconvenientes en subir los cinco tramos de escaleras hasta mi cama.

Respiraba nerviosa, con los ojos tapados por una cinta negra con tacto de seda, atada con correas al cabecero y pie de la cama. Seguía vestida, me estaba recreando. Ella me había hecho esperar, sufrir, en el infierno del garito en el que estábamos. Ahora era yo el que torturaba. Estaba sentado a su lado en una silla de plástico plegable. Le dije que todo aquello era el karma. Ella no decía nada. De su boca abierta jadeante no salían palabras. Yo no podía imaginar lo que debía sentir, excitada, encadenada a la cama de un completo desconocido al que había rechazado, yo nunca había estado en esa posición, yo siempre había sido el dominante. La única pista que tenía eran los movimientos de su pecho abultado al compás de sus exhalaciones, su boca abierta jadeando y su piel escarpada. No pensaba quitarle los tacones azules. Ni la falda. Estaba seguro que al día siguiente ella volvería a su casa con las medias rotas y la camisa manchada de sudor. Y otras cosas, claro, el sudor no era el único fluido que iba a correr por su cuerpo. Mi pantalón estiraba las costuras de la cremallera al límite. Las costuras de mi cabeza habían reventado minutos antes.

La dejé allí, excitada, respirando con jadeos. Mientras, yo llenaba un vaso con hielos y whisky en la cocina. Mis pasos eran lentos pero fuertes, quería que los escuchase, que mantuviera en su cabeza la incertidumbre constante de que iba a pasar. Tomé un sorbo al borde del colchón y acto seguido junté mis labios con los suyos. Ella, al notar el sabor fuerte y frío de mi boca arqueo la espalda y susurró un “Por favor” que se fundió en la noche como humo en la niebla. No dije nada. Disfrutaba del whisky. Estaba deseando sentir su cuerpo en mis labios, en mis dedos, pero quería mirarla sólo unos segundos más. El vaso se posó en la mesilla de noche con un repiqueteo ártico y a aquella chica que se había negado a darme su nombre se le erizó la piel, tanto que raspaba. Me puse de rodillas sobre el colchón. La acción iba a empezar. Se acabó el karma y demás gilipolleces.

Mis manos se introdujeron por debajo de la camisa, rozando sus caderas. El tacto era suave y tenso. Abrí la camisa con un tirón y los botones cayeron al suelo haciendo el ruido de canicas rodando. No llevaba sujetador y sus pezones puntiagudos señalaban al techo. Sin dejar pasar los segundos escale hasta sus cimas. Mi lengua leyó el código morse de sus pezones. Despacio, sin prisa. Aquella lectura era mía, y no hay nada mejor que recrearse leyendo. Sus gemidos provocaron el alud de mis dientes, que cerré en sus pezones, tratando de hacerlo suave, despacio. No fué así, la excitación dejó los dientes marcados en sus pechos. Su espalda volvió a formar un arco perfecto en conjunción con la sábana mojada, aún sólo de sudor. Me deleité en la escalada, pero no hay montaña completa sin un poco de hielo. Agarré la copa de la mesilla y mientras tomaba un sorbo, encerré un cubito entre mis dientes para después dejar el vaso y dedicarme de nuevo a los magníficos pezones que tenía delante. Combiné el hielo con el aire caliente que exhalaba mi nariz en sus pechos, dejando un rastro de humedad que recogían mis dedos. Alargué una mano de nuevo hacia la mesilla intentando abrir un cajón. Tan concentrado estaba que el vaso cayó provocando un estruendo de ventanas rotas. El resto de la noche nos invadiría el vaho con una mezcla olor a whisky, sudor y sexo. Por fin conseguí alcanzar el interior del cajón. En mi mano, dos pinzas de metal enlazadas con una cadena. Procedí igual en ambos pezones, primero lengua y saliva, luego hielo y agua, finalmente el tacto del frío metal. El dolor sólo era una consecuencia. Causalidad.

Me arrodille sobre el colchón, en la parte baja de la cama. Sus piernas se extendían delante de mí, desde las correas de nylon hasta la falda de cuero, cubiertas por las medias negras. Ella me buscaba con la mirada ciega, me suplicaba con los movimientos de sus manos inmovilizadas. Decidí que por mucho que me gustasen, era hora de deshacerse de los zapatos. Cayeron en el charco de licor del suelo. Desde sus dedos cubiertos por fina tela negra, fui dejando un rastro de saliva. Muy despacio, sintiendo cada centímetro de piel bajo las medias hasta introducirme bajo la falda, un invernadero que protegía el destino exótico. Con los dientes abrí un camino directo al interior de la selva, húmeda, monzónica. Después de las cumbres heladas, mi lengua agradeció poder refugiarse en una cueva amarga. Bailó para ella hasta que los relojes dejaron de avanzar. Cinco minutos, o una hora después, recibió en su boca mi lengua danzando acre, a la vez que introducía un ariete entre los huecos que habían abierto mis dientes. Mis movimientos se sincronizaron con su respiración. Cada segundo ella respiraba más y más rápido. Nuestras lenguas se rindieron en una lucha de la que ninguna quería salir victoriosa. Mi mano derecha se acercó a su cara. Rozó sus mejillas y subió lo suficiente para poder quitarle la venda que cubría unos ojos marrones rebosantes de deseo y placer. Cuando me miró pude notar como crecí dentro de ella aún más. Esa mirada fue lo que más me excito de toda aquella noche que empezó en un ridículo, en una humillación. Ya nada de eso importaba, en ella podía ver reflejado un trocito de divinidad venida a la tierra.

El nombre de Dios fue invocado una y otra vez hasta que la cueva, a pesar de su calidez, se llenó de nieve. Durante un largo instante, permanecí allí dentro, protegido, sin mover siquiera las pestañas. Su respiración fue poco a poco cobrando normalidad. Se quedó en la cama liberada de las correas, tumbada, con los ojos cerrados, inmersos en una niebla de alcohol y sudor.

Horas después me desperté, atado con las correas y escuchándole decir “Por fin te despiertas hijo de puta”. Y en ese momento lo supe. Ella era. Ella era la elegida.

2 comentarios

  1. “Las costuras de mi cabeza habían reventado minutos antes.” BRAVO.
    Eso sí, te diré que esperaba algo más que unas correas y pinzas eh… jajaja
    En cualquier caso, magnífico el protagonista, unas metáforas brutales y una grata sorpresa la frase final de la muchacha.
    Bravo, bravo, bravo 🙂

    1. jajaja, sí, ¡al final me ha quedado hasta light y todo!

      Muchas gracias, por leer y por comentar 🙂

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