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Mar 22

Amoniaco.

Vomiting Tree

Miras el reloj. Son casi las dos de la tarde. Más vale que cojas la fregona. Tienes que recoger el vómito que hace unas horas no fuiste capaz de acertar en la taza. Empieza a estar reseco. Empieza a apestar. Echas media botella de amoníaco en el cubo de fregar. Se te revuelven las tripas. Más. El puto olor a limpio. Crees que el estómago se te está dando la vuelta. Pero venga, si lo haces rápido podrás irte al sofá a morir un poco más. Friegas como puedes. Terminas y te miras al espejo. Te echas agua en la cara. Se te olvida secarte. Goteas por toda la casa, hasta el sofá. Da igual. Enciendes la televisión. Algún reality de mierda. Da igual. Sólo necesitas que el interruptor de tu cerebro siga cerrado. La tele hace eco en el vacío de tu casa. Olor a limpio. Una mosca ha entrado por la ventana. Debe de estar abrumada con el puto olor a amoníaco.

Te levantaste hace media hora. Con sabor a vómito y ceniza en la boca. Has mirado a tu lado, asustado. Pero se te ha pasado. No había nadie. Excepto tú, claro. No puedes decidir si ha sido una gran noche. O una noche de mierda. Ya no buscas pasarlo bien, no buscas nada mejor. No lo hay. Al final, da igual. Son sólo excusas. Excusas para cultivar adicciones. Y excusas para seguir con tu colección de teléfonos. Ya ni siquiera buscas follar. Eso, al final, es un engorro. Por la mañana quieres estar solo. No sabes como mandarlas a la calle sin quedar mal. Y total, la mayoría de las veces ni te acuerdas. Y eso son las veces que eres capaz de que se te levante. Estes borracho no, eso da igual. No tiene nada que ver. Ahora te vale con que te den el teléfono. Gustarle a alguien más de dos minutos. Gustarle a alguien lo suficiente para que quiera que le llames el día siguiente. Escarbar una limosna de cariño basura. No llamarás, claro. Pero eso da igual. No buscas teléfonos a los que llamar. Teléfonos con los que quedar a tomar un café. O unas lonchas. Ya no.

No es que no quieras. Pero ahora lo único que puedes prometer es hacer daño. Miras los mensajes de hace un par de meses. “Última conexión 14 de febrero”, lees en la pantalla. ¡14 de febrero! Estaba claro que ella jugaba a varias bandas. Es muy señalado que sea esa fecha precisamente. Se pasa por tu cabeza culparla. Delante de tus ojos pasa la puta mosca. Pero no la culpas, claro. Si hubieses podido, hubieses hecho lo mismo. Pero ha sido la única a la que hubieses llamado el domingo. Ella no pensó lo mismo. Y estos últimos meses has dedicado a coleccionar números. De vez en cuando lo intentas, sin muchas ganas. Ayer intentaste llamarla por última vez. Pero nada. No estabas muy convencido. Aún así tenías esperanza. Miras el teléfono y adivinas que vuelve a pasar lo mismo. Lo mismo que el 14 de febrero. Qué más da. Hace tiempo que se te acabaron las ganas de comerte el mundo. Y un coño. Bueno, eso siempre está ahí, claro. Es la naturaleza. Pero tu lengua ya casi ha olvidado ese sabor. Entre salado y dulce. Las pajas hace tiempo que ya no te evocan sabores, olores. No son sólo más que un mero trámite. Un trámite para correrte y aliviar un poco la ansiedad. La mosca no tiene esos problemas. Seguro que no puede frotarse con ninguna de sus seis patas.

Miras el número de la de anoche. Ni siquiera apuntaste su nombre. Da igual, no pensabas llamar. Lo borras, que más da. En un minuto ni siquiera recordarás si terminaba en cinco o en tres. Pero sus manos… eso si lo recuerdas. Eran ásperas. Como de marinero. Muy desagradable. Casi, casi, hasta llegar al asco. Vomitaste en el portal cuando llegabas. Piensas que ojalá no te haya visto ningún vecino. Que vergüenza. Emborracharte hasta arrastrarte no pasa nada. Pero que te vean vomitar, ¡Qué vergüenza, eh! Has tenido momentos peores. Cuando tu cabeza te jugaba malas pasadas, te hacía ver cosas irreales, o te provocaba pensamientos paranoicos, lo pasabas peor. Sí, claro, joder tu vida, todo lo que querías y todo en lo que creías, es peor que te vean vomitar. Bueno, igual ya no. ¿Era realmente lo que querías? La puta mosca sigue dando por culo. Y ahora lo único que quieres es que salga por la jodida ventana. Pero no te vas a levantar a ahuyentarla. Demasiado esfuerzo. Mejor esperar. Ya se irá sola. O no. O al final tendrás que echarla. Da igual.

Suena el teléfono. No es la de anoche. No sabes si responder. El sonido parece que ha asustado a la mosca. No la ves cerca. Piensas en coger el teléfono. Quizá sea una razón para ducharse el domingo. Sabes perfectamente quién es. Qué quiere. Pero lo que quieres tú, no lo tienes tan claro. Sigue sonando. Ves el reflejo de tus ojeras en el cristal del teléfono. Estás superpuesto a su nombre. Como si su nombre estuviese tatuado en tu frente. Como si fuese a estar allí toda tu vida. Igual eso es demasiado. Te pasaría como siempre, a las dos semanas querrías borrarlo. Rasparlo. Arrancarlo. Demasiada mierda en la cabeza con la única recompensa de un par de polvos de domingo. No merece la pena.

A contraluz, la mosca ha salido por la ventana. El teléfono ha dejado de sonar. Ya no llevas el nombre tatuado en la frente. Ya sólo te reflejas en una pantalla en negro. Crees que igual es buena idea vomitar un poco más. Y esperar a que llegue, de nuevo, la noche. La noche que una vez más, solo o acompañado, no será más que un sucedáneos.

4 comentarios

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  1. Sergio Mesa

    buen relato. muy potente el penúltimo párrafo. el juego con la pantalla del teléfono tiene algo de cinematográfico 😉
    échale un vistazo a la frase “No son sólo más que un mero trámite”… me parece que se te mezclaron algunas palabras al principio, je

    un saludo,
    Sergio Mesa / forvetor
    http://miesquinadelring.com/

    1. Santi

      ¡Muchas gracias por el comentario, Sergio!
      Tienes razón, suena un poco raro, tendré que repasarlo porque no suena muy bien 🙂
      ¡Gracias!

  2. Oski

    Es curioso, hace un par de meses escribí un relato en el que el protagonista bien podría ser el mismo que el de este, supongo que a fin de cuentas estar perdido y roto es casi lo mismo se situe en el escenario que se situe.

    Me llega olor a amoniaco desde el baño y juro que no he tenido que limpiar nada.

    Muy bien llevado.

    Salud.

    1. Santi

      Supongo que todos los autores pasamos por un momento de personajes rotos, igual que por los doppelgängers o las epifanías.

      ¡Muchas gracias por el comentario y por pasarte por aquí! 🙂

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