Festivales

Qué os puedo decir, yo en un festival soy feliz. Tanto que este año he invertido todos mis días de vacaciones para asistir a festivales por aquí y por allá, y los pocos días que me queden no podré ir a muchos más sitios porque me habré gastado el sueldo en ellos.
Podría contar historias, decenas, de festivales que demuestran que difícilmente encontraré otra actividad que me provoque tanto placer a lo largo del resto de mi vida.

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Como aquella historia del cantante que se cayó de espaldas flipándose en el escenario y lo que nos pudimos reír al verlo. No me puedo olvidar jamás de como llegué al mayor éxtasis de mi vida en el concierto de un Sonorama. Decir una y otra vez las veces que hemos llorado como bebés mientras sonaba algo especial. Insultar a unos y a otras por ser un coñazo. Hablar mal en primera fila del grupo de moda, única y exclusivamente para enfadar a los fans más acérrimos hasta el punto de estar a punto de recibir violencia fanática.
O anécdotas sobre aquel grupo de gente que conocimos un domingo a las siete de la mañana compartiendo el último mini de cerveza mientras el resto de gente se levantaba para recoger e irse. Hacer una guerra de ciruelas a traición y haciendo daño. Podría hablar sobre aquella chica de Teruel a la que salvamos de hacer de sujetavelas el resto de la noche. Puedo contar como me dio su teléfono después de unas horas riéndonos y de como todos los años pienso en llamarla de camino a ese mismo festival y nunca me atrevo.
También hay buenas historias del año que fuimos VIPs, cuando el ser VIP no se podía comprar, aquella de los gestos indecorosos desde la zona exclusiva a la gente que estaba fuera es muy buena.

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Historias de las veces que nos hemos cruzado con Enric, con Jota, con Ignatius o la vez que casi vomité encima de Cristina Pedroche. Puedo enumerar las veces que nos han pedido un favor porque “es que esa fiesta que lleváis sólo con alcohol no es normal”. El Red Bull, el Monster y cualquier otra bebida energética en cantidades absurdas para aprovisionarse de energía de una manera irracional y desmedida.
Puedo recordar toda la gente que hemos conocido y que luego no nos hemos acordado de sus caras, como aquella pareja del Sansan que nos reconoció meses después en el Sonorama, o esa otra pareja que me crucé por Madrid y me recordaba de un festival en Getafe, o también aquella en la que en un concierto vino una chica corriendo a saludarme porque hablamos un rato en otro festival y se acordaba de mi cara. Y los vecinos de furgoneta que nos encontramos un año tras otro. Esa gente que nos dice “¡Ey, los fiesteros de Fuenlabrada” al cruzarse con nosotros por Aranda de Duero. Salir en los videos resumen de los festivales liándola en la piscina, empezando una guerra de agua que nadie presente ha podido olvidar.
Algo que no suelo hacer fuera de un festival y rememoro de muchos de ellos, bailar. Bailar con Fatboy Slim en Bilbao y en Zaragoza, bailar con Triángulo de Amor Bizarro, bailar con Meneo, bailar con Novedades Carminha hasta que nos pregunten si somos familia suya o algo. Bailar. Cantar gritando a las tres de la mañana “¡ya descansarás en invierno!”. Gritarle a Guille Milkyway.

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Acampadas, hoteles y hostales. Ser el superhéroe con una linterna y la suficiente lucidez como para ayudar a los etílicos a encontrar el camino a su saco de dormir. Marcar un árbol como el propicio para desembuchar lo sobrante. Beber a escondidas dentro de un armario porque no se puede meter alcohol en el hotel. Que el dueño del hotel me confunda con un pizzero y encontrarle horas después observando interesado porno malo de tele local en la recepción, y que de nuevo, horas más tarde, entre en las habitaciones sin avisar. Dejar un rastro de papel higiénico solidificado y salir corriendo al entregar la llave.
Y las miraditas, las miraditas patéticas de intentos de ligar a lo largo y ancho de la geografía festivalera española, a cualquier hora del día y en cualquier estado mental, etílico o lisérgico. Aquellas chicas que salieron huyendo mientras me giraba para pedir una cerveza, aquellas que dijeron aquella frase de “Somos demasiado heterosexuales para vosotros”, la que me dio un teléfono falso y la que desapareció en cuanto consiguió un poco de hielo.
Siempre hay buenas historias que contar en los viajes, esa furgoneta que nos lleva y nos trae ya sea a las cuatro de la tarde o las cuatro de la mañana, esa furgo que se pasa del límite de cien. Autobuses cochambrosos y apestosos cuyos conductores se pierden y te hacen llegar tarde al primer concierto, trenes en los que se acaba la cerveza antes de las once de la mañana y del que sales corriendo para no perderte un grupo aún con las maletas.
Hablemos de plazas, la plaza del Trigo donde pudimos ver a la Virgen de Lourdes con lágrimas de vino, la del Rollo donde me destrocé el tobillo para dos semanas enteras y donde hemos visto todo lo que se puede hacer dentro de una piscina de plástico, o la plaza Arriaga donde aparece cerveza en tu mano sin saber de donde viene, como en una fiesta de los Simpsons.

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Hay otras que no son para todos los públicos, claro, como aquella de ir corriendo desnudo por un parking y de repente encontrarse con un antiguo compañero de trabajo vestido de mujer, o aquella de ducharse semidesnudos en un lavadero de coches, acabando alguno con moratones por el chorro de agua a presión. O todas esas en las que acabamos semidesnudos en algún concierto (en serio, nos tenemos que mirar lo de la desnudez y la música). Aquel Sonorama donde se pudieron ver la perseidas y no en el cielo. Las duchas heladas perfectas para la resaca, las duchas llenas de mierda, las duchas lamentables de hostales.
Los POLYKLYN y no puedo enfatizar esto lo suficiente, LOS POLYKLYN. Muchos y muy poco gratos recuerdos de esos baños portátiles que habitan en todos los festivales, salidos de los mismísimos lagos de azufre del infierno y donde entrar a partir de cierta hora sin soportar una arcada demuestra un valor y un coraje del que pocos pueden hacer gala.
Piscina. Un lujo que pocos festivales se han podido permitir pero que resucita y da vida. Siestas en el césped, baños medianamente limpios (desde luego, más que cualquier POLYKLYN), cervezas a la sombra de los árboles con brisa fresca, unos bocadillos y cualquier otra cosa que uno quiera tener para un pequeño momento de relax en la vorágine que es un festival. Y carne al aire. Mucha carne y cabezas dando vueltas.
Disfrazarse de “Lonely Boy” de los Black Keys, disfrazarse de Ignatius, convertirse en una manada de gente con camisas hawaianas o con camisetas de Númelo 8. Todo un festival queriendo hacerse fotos con la camiseta preocupantemente elástica de Nicolas Cage o una simple camiseta blanca del decathlon que supera todas las pruebas de resistencia que le ponemos.

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Y siempre, siempre, siempre, el Escenario Furgoneta. Esa furgoneta que cambiando de matrícula, no sólo nos ha llevado a nosotros, si no a quien necesitase un viaje de la gasolinera a la acampada, donde hemos encontrado intrusos, gente despistada que ha perdido a sus amigos e, incluso, garrafas de agua que nadie sabe para que se utilizan en un festival. El Escenario Furgoneta donde nos montamos en caballitos pony o creamos una fábrica de baile, donde tenemos “Too much”. Si alguna vez vais a un festival y veis a gente alrededor de una furgoneta, en el parking, dándolo todo como si fuese un escenario del festival, esos seremos nosotros.

¿Qué por qué me gasto las vacaciones y el dinero en los festivales? Porque en ellos soy feliz.

1 comentario

  1. ¿A quién no le hace feliz un buen festival? Ya nos contarás tus aventuras y desventuras en el Primavera y las del MadCool (LLORO), las del Sonorama no, que esas las compartiremos 🙂

    PD: ¿Sigues teniendo el teléfono de la chica de Teruel? No lo pienses. ¡Llámala!

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