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Mar 07

Por fin

Suena la sirena. Tienes que entrar un día más en clase. Ves a tus compañeros pasar por la puerta del edificio, pero tú esperas un poco, no pasas con ellos. Sólo caminas hacia la puerta del colegio cuando ya han entrado todos. Más de una vez te has llevado una bronca de algún profesor por llegar tarde, pero hoy es difícil que pase. Es, por fin, el último día de clase. En tres meses empezarás el instituto. Llevas años esperando este día, y este último año se estaba empezando a convertir en interminable, en un agujero negro del tiempo. Pero por fin, sólo unas horas más y ya habrá terminado. Llevas ya tiempo repitiendo el mantra. Sólo un mes más, sólo una semana más, sólo un par de días más. La cuenta atrás llega hoy a su fin.

Es probable que la mañana de clases no sea más que recoger las notas y poco tiempo después acabe. Es más que seguro que podrás volver a casa pronto. Por la tarde los profesores han preparado una especie de fiesta para todas las clases de tu curso, a modo de despedida. Pero ya has decidido que no vas a ir. Lo decidiste en el mismo instante en el que dijeron que no iba a ser obligatoria. “Sólo un día más” te vuelves a repetir cuando cruzas la puerta de clase.
Te sientas en tu sitio. El tutor aún no ha llegado y todo el mundo está fuera de sus pupitres, hablando, contándose que van a hacer en verano, quedando para ir algún día al centro comercial o preguntándose si coincidirán en el instituto.
fighting
“Eh, empollón”, escuchas un grito desde el otro lado de la clase. Es Ricky, por supuesto. Te reprochas no haber llegado lo suficientemente tarde. Ves como se acerca a ti con una sonrisa. “Tú, gordo, gordo, ¿a que instituto vas a ir al final?”. Agachas la cabeza y notas como se te acelera la respiración. Cuando Ricky llega a tu lado, sientes su mano con fuerza en tu cuello. Notas la mirada de todos tus compañeros. “Respóndeme cuando te hablo, gordo gilipollas”. Consigues, no sin esfuerzo, arrancar tu voz.

– Al Lope de Vega… – dices, aunque no estás seguro de que tu voz se haya escuchado fuera de tu cabeza, como a veces te pasa cuando estás tan nervioso.
– Joder, que hijoputa, voy a tener que buscarme otro pardillo para copiarme de sus deberes.
Ricky termina su frase dándote otra colleja. Sigues con la mirada dirigida al suelo, pero escuchas a tus compañeros reírse y sabes que alguno de ellos estará señalándote. Ricky se da la vuelta y vuelve al otro lado de la clase riéndose, y tu respiras aliviado. Un rato más y podrás irte de ahí para no volver nunca.

No ha sido fácil conseguir poder escapar de las garras de semejantes despojos humanos. Sobretodo de Ricky. Siempre has sido muy observador y siempre escuchas cosas interesantes mientras la gente no sabe que estás ahí. Pero te costó poder captar una conversación en la que Ricky dijera claramente que institutos había solicitado en su preinscripción. Pero al final lo conseguiste y así hiciste la tuya, eligiendo un orden de preferencia totalmente opuesto al de Ricky, para maximizar la posibilidades de no acabar a su lado durante mínimo, otros cuatro años más. Cuando te buscaste en las listas de admitidos en cada instituto, tu corazón se aceleró mucho más de lo normal desde el momento en el que te encontraste en la lista y hasta el momento que conseguiste deducir que Ricky no estaba en la misma. Entonces respiraste aliviado. Tal fue el alivio que te mareaste y tuviste que sentarte allí, en la puerta del instituto. Y tanta fue la suerte, que parecía que no ibas a coincidir en el instituto con casi ninguno de tus actuales compañeros. Aquel día fue el más feliz de tu vida.

Pero aún te queda superar este último día. Un rato más. Tranquilo, ahora llegará el profesor, os contará cuatro cosas y dentro de poco podrás echar a correr sin mirar atrás.
Cuando llega Javier, tu tutor, todo se silencia y tus compañeros se colocan en sus pupitres. Ya estás a salvo.

Se suceden un desfile de profesores hablándoos de como será el instituto y de lo importante que será en vuestras vidas y deseándoos mucha suerte y blablabla. Apenas logras escuchar a ninguno de la emoción. Tus notas como siempre han sido excelentes, pero es lo que menos te importa. Quieres salir de allí lo antes posible.
Finalmente llega la hora del recreo, o lo que sería la hora del recreo de un día normal. Pero hoy os dejan marchar a casa. Metes el papel con las notas en la mochila lo más rápido que puedes. Por fin, ya llegó, el momento en el que jamás volverás a ver las caras a los bastardos de tu clase.

Te levantas y te diriges hacia la puerta de la clase, pero una mano agarra tu hombro. Es Ricky. Sabiás que algo así podía pasar. Intentas forcejear para librarte del agarre, pero delante tuya se ha colocado el séquito de Ricky. Sus tres colegones en los que siempre se ha apoyado para creerse superior. Ves como el resto de la clase sale por la puerta sin siquiera reparar en ti o, lo más probable, haciendo como que no repara en ti. Uno de los bastardos que te impide la salida, cierra la puerta cuando el resto de compañeros ha salido.
“¡Dejadme en paz!” te escuchas gritar, aunque de nuevo no sabes si aquella voz se ha quedado sólo en tu cabeza. Intentas gritar no ya para que te dejen, si no para lograr que algún profesor que vaya andando por el pasillo logre escucharte. Pero no parece dar resultado. Nunca lo ha dado.

– Mira, mejor te callas, si solo queremos despedirnos de ti. Te metemos en el armario y cuando nos vayamos, pues ya podrás salir. ¿Ves? Si es solo eso, una despedida.

Escuchas como Ricky te habla como un viejo amigo. No es la primera vez, siempre ha tratado de manipularte. Hasta hace no más de un par de años atrás, lo conseguía. Te insultaba y te pegaba para luego invitarte a los recreativos o a jugar al balón, y tu creías entonces que aquello era normal. Pero hace ya tiempo que aprendiste a no hacer caso, que era mejor estar solo y sin amigos a que te maltrataran para sentirte parte de algo. Fue entonces cuando la violencia repuntó. Pero nunca te echaste atrás. Tampoco se lo dijiste a tus padres ni a tus profesores, porque pensabas que entonces sería peor. La única salida era este día, el último de colegio. Pero parece que no te lo van a poner fácil.
Ahora te sujetan entre los tres bastardos, y notas como en el forcejeo tu cara se pone roja. Intentas zafarte de ellos, pero son tres y te pueden. Ricky se ríe y dice que es más fácil si te metes tu solito en el armario, que entonces te dejarán en paz.

Te sorprendes gritando que más les vale dejarte. Esta vez si tienes claro que tu voz se ha escuchado porque la respuesta de Ricky es inmediata, “¿Eso es una amenaza?”. Uno de sus adláteres se ríe señalándote, “Mira el puto gordo, se ha puesto rojo, parece un cerdo”.
Ricky te coge de la camiseta y empieza a tirar de ti hacia el armario, mientras los otros tres te empujan agarrándote de los brazos. El gran armario verde para dejar los abrigos en clase, ahora vacío, es donde quieren meterte. Pero no les vas a dejar, esto se ha terminado.
“Vale ya”, un grito agudo, gutural, sale de tu pecho a la vez que te zafas de los brazos de los amiguitos de Ricky. Ya sólo te agarra Ricky por la camiseta, y notas como si tus venas llevasen fuego por dentro, como si tu cabeza estuviera a punto de estallar. Te quedas parado un par de segundos. Tu cara y el último grito que has dado han debido de dar miedo, porque Ricky ha dejado de reírse y ahora su cara tiene una expresión que parece de miedo. Sigue agarrando tu camiseta por el pecho, pero se ha quedado congelado.

De repente, después de un par de segundos, Ricky levanta un puño amenazante, pero esta vez no te estás quieto. Sólo quieres irte a tu casa, y no quieres recibir ni un solo golpe más. Eres más rápido que Ricky y consigues empujarlo dándole con tus dos puños a la vez en su pecho. Ricky da dos pasos rápidos hacia atrás a causa del empujón-puñetazo y empieza a caer de espaldas. Su cabeza golpea contra la esquina de un pupitre y acto seguido Ricky cae al suelo.
Aprovechas para salir corriendo. Sales de clase, del colegio, y corres hasta tu casa. Pasas rápido hasta tu habitación, con lágrimas en los ojos. Tu madre te pregunta que es lo que pasa, pero tu no dices nada. Cree que es por las notas y le gritas que no y le enseñas el papel con todo sobresalientes. Ella te pregunta una y otra vez, pero no sabes que decir. Pasado un rato, alguien llama a la puerta y tu madre va a ver quien es.

“Pero… pero… ¿Qué has hecho?” escuchas balbucear a tu madre. “La policía… ha venido y dicen que…” escuchas como su voz se rompe, y tu empiezas a llorar, sonriendo.
Por fin ha acabado todo, para siempre.

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