Nov 24

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Destellos corintos, desde el primer día, una y otra vez en tu cabeza. La risa, las conversaciones, la música, el vino que no era y esa sensación que ya no es de vacío. No aparece en ningún sueño. No es importante, apenas recuerdas ya ninguno.
Nervios, ilusión, el saber que no estás a la altura. Aún así no dejas de pensar en intentarlo, sin llegar a intentarlo.
Madrid, noche, otoño de calles vacías, luna llena, luces de escaparates, verjas cerradas. Noches de rojo intenso. Te pierdes inconscientemente para alargar el camino un par de minutos más. La vuelta a casa sonriendo, eligiendo tu banda sonora. Mañana tendrás Jet Lag.
No saber qué va a pasar, esa sensación que tanto te gustaba hace años y tanto te tortura ahora. Recuperar partes que creías perdidas o quizá perderlas para siempre.
The city, she loves me.
La espera, interminable, incómoda, con y sin esperanza. El deseo, el miedo, las estrategias, las palabras, las emociones, los lugares y los caminos.
¿Qué viene después? Todo debería ser fácil. Si no lo es, quizá es que nada tiene que pasar.
Destellos corintos, pupilas abiertas, historias que se cuentan, cervezas, copas, noches que deseas no tengan fin. Pero lo tienen y vuelta a la espera, al silencio, a noches sin dormir. Insomnio en el frío. Sigues alargando los caminos aunque sean solitarios. Piensas que piensas demasiado, nada bueno.
Al final la esperanza se quiebra, y no quedará más que el bonito recuerdo de lo que creíste que podía haber sido.
La desazón, el insomnio, el techo de tu casa, las fotos, la almohada mojada, el sabor a cerveza, la nariz roja, la tos, la banda sonora, el supercúmulo de Laniakea, el calefactor, el aire caliente, y el amargo sabor de las palabras en tu cabeza, “no tenías que haberlo intentado”.
Y aún con todo, agradeces volver a sentirte vivo. Volver a sentir.

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