Ago 19

Flashes

Acelero. Señales de límite de velocidad con diminutas bombillas rojas parpadean, pasan a mi lado borrosas, veloces. Mi vista se difumina en diluvios de rabia y dolor. Me deslumbran los flashes de todos los momentos en los que no supe moldear mi alma con palabras. “Expresión emocional” debería ser asignatura troncal desde la infancia. Pero no lo es. No lo es y yo soy un lactante el día del destete, con las pupilas dilatadas, llorando, buscando desesperadamente el pecho que ya nunca podrá tener. Madera de naufragio secándose bajo el sol de la costa, sin poder volver al mar. Soy un rayo encerrado en una jaula de Faraday. Luces a ambos lados de la carretera que me avisan de mi imprudencia. Fundido a negro que indica al público el final de la película. The End?
Macdonald-Cartier Bridge
El coche volcado sobre el asfalto. El cristal delantero roto. Las ruedas, aún en movimiento, iluminadas por la bombilla intermitente, naranja, de una farola que ha vivido demasiado. Estoy en el centro del foco de color cítrico, rodeado de destellos. Un río lento, rojo, espeso, sale de mi cuerpo acercándose a las líneas blancas que separan el asfalto de la muerte. No me puedo ir aún, pienso. No es que me importe llegar a la meta antes de lo esperado. Siempre fui de los que se van de las fiestas antes de que terminen, pero me sabe mal irme con tus lágrimas como último recuerdo.

“¡Llamad a una ambulancia!”, se escucha. Ya queda poco. Tengo público. Se han apresurado a bajar de sus vehículos para presenciar el espectáculo. Una voz alterada dice que no me preocupe, que todo va a ir bien. Es mentira, los espectadores lo saben. Lo han visto tantas veces que apostaría a que ya saben que mi personaje sobra en el programa. Un baile de morbosos faros de coche ha crecido alrededor de mi cuerpo. Insoportables sirenas acompañadas de azul y rojo se suman a la ceremonia de mi final. Cierro, por fin, los ojos y aún así el resplandor sigue en mis retinas.

Inconsciente. Reanimación. Sólo quiero mirarte otra vez, una última vez, con un gesto sonriente que dure para siempre. Que esa sonrisa sea sólo tuya, que no sea provocada ni por mi ni por nadie. Que la felicidad sea únicamente tuya. Es lo único que importa antes de que la existencia se convierta en polvo de estrellas para mi. Que tu sonrisa dure para siempre. Sería capaz de enfrentarme a La Muerte con una cuchara de madera por tí. Quizá ahora tenga la oportunidad de hacerlo. Gente con uniforme le hace algo a un cuerpo, que ya apenas reconozco, sobre el asfalto.
Treinta segundos clínicamente muerto. Lo siento. Esa combinación de dos palabras perdió el sentido hace mucho tiempo. Pero déjame decírtelo una vez más aunque no lo escuches, lo siento. Fue sin querer, pero solo he provocado dolor. Este es mi castigo, no hay dolor para mi. Un cadáver en la carretera, inerte, bañado por luces de colores, incapaz de sentir dolor. Justicia prosaica.

Un minuto clínicamente muerto. Huele a quemado. Quizá sea el coche ardiendo o la piel chamuscada. Es desagradable. Puede que este sea el olor del infierno. No sé a qué otro lugar pudiera ir. Trato de obviar el olor, de contrarrestarlo. Contigo. Con qué podría ser si no. Tu pelo rubio, largo, suelto, iluminado por el sol de invierno. Sólo una vez más. Respirar suave sin que te des cuenta, robarte el tacto evadiendo la resistencia del aire. Sólo una vez más. Media sonrisa onírica cuando entre sueños te das cuenta. Escalofríos producidos por miradas furtivas en noches donde se refleja en tu cara la luz de dos lunas enfrentadas. Sólo una vez más. Escalofríos eléctricos.

Un, dos, tres ¡Apártense! El cuerpo se estremece entre convulsiones. La espalda se arquea y los ojos muestran un blanco puro y sincero, de destellos en nieve virgen. Tus manos mágicas me agitan con solo un roce en mi erección. Tu boca me despoja de la lengua, ríos que se desbordan sin medida, hundiendo dedos y dejando náufragos en tu vello. En el lenguaje de la brisa del mar te susurro palabras de amor. Tus gemidos convierten mi cabeza en un amplificador de discoteca el día de nochevieja. Me rodeas el cuello entre tus piernas, mirándome fijamente a los ojos y yo te sostengo la mirada hasta que tu cuerpo tiembla, eléctrico. Un, dos, tres ¡Apártense!

Oficialmente muerto. Hora de la muerte las once y treinta y tres minutos de la noche. Pero lo escuchó. Algo no anda bien aquí. Quizá mi deseo se haya hecho realidad, quizá pueda esperar a verte sonreír una vez más. Nuestros deseos nunca se hicieron realidad. Esos deseos de los que tanto hablábamos al calor del insomnio. Sencillos como un olor a guiso en la cocina mientras se escuchan risas despreocupadas de niños en el salón en una mañana de domingo. La luz blanca entra filtrada por las cortinas y música con olor a viejo invade el ambiente. Lo veo como si todavía pudiera ser posible. Los fotógrafos hubiesen querido robarnos nuestras sonrisas. Pero mis viejos discos no serán heredados. Noto como mi alma está ahora encadenada al pasado, al presente y al futuro como la tierra al sol. Aunque he sido sacudido con un asteroide que no pude prever a tiempo.

Dos días muerto. El cuerpo, iluminado con una débil bombilla incandescente, es exhibido en una caja de madera, bien pulida y barnizada, sin ornamentos. Se encuentra vestido con un traje negro, sin corbata, sin adornos. Muy yo, tengo que admitir. Un cristal lo separa de la gente que circula en espirales concéntricas, como satélites, mientras relatan historias que jamás volverán a ser contadas. Las narraciones de un muerto que no fue nadie dejan de interesar tras el funeral. Ajena a las extrañas costumbres mortuorias, miras la mesa con canapés, coges uno y te lo acercas a la nariz. El olor impregna la casa. Sería muy atrevido decir que estamos cocinando. Tu te meces entre fogones y yo estorbo, lo estropeo todo, y aún así me animas a seguir. Me regalas la confianza que la vida me ha negado. Antes de conocerte nunca pasé de la tortilla, y contigo me atreví a todo, con más o menos éxito, pero me atreví. Una gota de aceite más para que la ensalada quede perfecta. Una gota de lluvia gris recorre tu mejilla mientras miras mi cuerpo de reojo, y yo, impotente, te rodeo con brazos que ya no existen.

Dos meses muerto. Una película me muestra toda la existencia pero no puedo más que mirar tus escenas. Te hablo en sueños, te susurro por las noches y te acaricio por las mañanas, pero no sirve de nada. Te miras en el espejo, angelical, casi divina, iluminada por la luz blanca, pálida, del baño. Te observas de arriba a abajo. Unos zapatos azabache te levantan un par de centímetros del suelo. El final de las medias está oculto por una falda azul oscuro que roza tus rodillas. Un escote en pico deja adivinar tus pechos redondeados bajo una camiseta marrón ajustada. El pintalabios rosa apenas se nota y la raya morada difuminada realza tus ojos marrones. El pelo rubio, aún húmedo, cae hasta rozarte los hombros. Le vas a encantar. A él y a cualquiera, como siempre. No le conoces demasiado pero te gusta. Podría llegar a ser especial. Yo sé que no lo será. Lo he visto. Ahí está, esperándote puntual como una hiena después de los leones. Un par de copas, y dos o tres bailes. Una copa más y el baile se torna horizontal. Eres una bailarina sobre el escenario de plumas y muelles cuyo rechinar nos acompaña a través del tiempo. Nos disfrutamos en colchones, en aviones, en suelos de paja y cemento. Te deseo en un tren y me deslizo en tu interior en los asientos de un autobús. Vuelo por habitaciones ajenas oliendo a latex dulzón un segundo antes de rendirnos al sueño. Cuando te despiertas, a tu lado no encuentras nada más que un pesado vacío de aire y el cenicero con una colilla aún caliente. No volverás a verle, susurro, mientras contemplo tu rostro de indiferencia. El muy cabrón al menos debió de tener la santa decencia de arroparte y cerrar la puerta al salir. No parece importarte. Eso está bien.

Un año muerto. Conversas con tus amigas, ríes y bromeas. Ellas no sospechan lo que puede haber dentro de tu cabeza, pero yo lo sé. Lo sé porque sigo aquí, observándote, en el centro de un potente foco de luz blanca. Tus amigas no miran más allá del chico guapo que te corteja. Pero he visto lo que pasa esta noche y ni tú ni ellas os podréis engañar más. Tus lágrimas correrán mientras te miro como a un jarrón de porcelana enviado a través de Correos. Que distinto fue cuando te sorprendí con historias de estrellas y aviones. De viajes al infinito. Me miras curiosa y yo aprovecho para besarte. A nuestro alrededor se apagan las luces y la gente se esfuma. Lo único que existe son nuestras lenguas. No quiero dormir, no puedo permitir que eso acabe. Noche tras noche fundimos el sudor y lo transformamos en un milagro con la llama de las velas como combustible. Él no te ha dicho que te quiere, ni te lo va a decir. Te habla de otra. Si pudiese volverme corpóreo dos minutos, me sobraría uno y medio para matarle de una paliza. Pero no puedo hacer nada ni por ti ni contra él. Te abrazo pero nunca podrás saberlo, porque estrictamente hablando, ya no tengo brazos.
Traffic Bokeh 2
Tres años muerto. En las películas siempre lo vi forzado, pero a ti te pasa de la manera más natural. Las mesas de la cafetería están ocupadas y él, sin ninguna intención oculta, te pregunta si sería una molestia que se sentara en la silla libre que hay en la mesa donde reposa tu café. El momento que hace que dejes de lado la lectura que devorabas no se demora. En media hora de charla te ha hecho reír un par de veces. Una risa sincera, como la de la primera noche, iluminados por luces estroboscópicas. Ries y yo pienso que es de mí, de mi borrachera. Tu sonrisa trastoca una noche que iba a pertenecer enteramente al alcohol. Me creo presa de un ridículo alcohólico y cuando estoy a punto de admitir que soy un payaso que perdió su nariz roja, me confirmas que no y yo siento que no puedo ser más feliz. Suena el teléfono, es él. Y al hablar en tu cara se dibuja una sonrisa. En la mía, si es que existe, sólo media.

Cinco años muerto. El sol de julio, colándose entre las hojas de los árboles, se refleja en tu pelo rubio. Paseáis de la mano. Mi tiempo aquí se está acabando. Habla contigo de mil cosas, trata de deshacer los nervios que llevas puestos. En un par de horas habrá centenares de personas escuchándote y te apuntarán todos los flashes.Te has convertido en alguien importante. Importante para el resto del mundo como lo fuiste para mí. Hay mucha gente que te admira y que espera ansiosa que les hables. Has conseguido un éxito que nunca te habías imaginado, pero aún te sigues poniendo nerviosa antes de una charla magistral. Y por eso él te acompaña y vacía tu mente con bromas e historias. Te ríes. Eres feliz. Te cuento infinidad de chistes malos y no podemos parar de reír. Las noches que empiezan con risas, continúan con sexo desbocado, y terminan en mañanas infinitas, azules, abrazados en la cama protegiéndonos del frío. Horas llenas de palabras y silencios, meciéndonos en duermevela. Gemidos y caricias, mis dedos te recorren como plumas mientras mantienes los ojos cerrados y la respiración pausada. Me susurras una canción y enciendes velas mirándome a los ojos. Destellos de luna en gotas de sudor que hacen carreras en tu piel. La misma luna que ahora te ilumina al salir del edificio en el que todos se han enamorado de ti. Te me escapas de entre los dedos. Soy un niño intentando retener la arena del fondo del mar en sus manos, mientras se disuelve en el agua, donde pertenece, donde brilla, el lugar donde es lo que tiene que ser. Sales fuera. Ya no tienes porqué estar nerviosa. Cada paso que das, me desvanezco un poco más. Eres feliz. Eres independiente. Has podido con todo lo que se te ha puesto por delante. Me alegro y de nuevo puedo volver a ser feliz yo. Se me escapa una lágrima justo antes de desaparecer, mientras las señales de velocidad pasan como gacelas a mi lado. Notas una gota que cae en tu mejilla. Miras al cielo, pero está despejado, cubierto por miles de pequeñas luces de parpadeo imperceptible. No les das importancia y sonríes.

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