Sep 16

Ansiedad

Estás en la cama cuando te das cuenta. Hay un monstruo bajo ella. No gritas, no tratas de huir, sabes que no viene a comerte, solo a joderte. Es un viejo amigo que llevas tiempo sin ver, que esperabas no ver nunca jamás. Pelaje negro, regordete, con brazos muy delgados y largos. Extensos dedos que te acarician la cabeza.
— Esta noche no vas a dormir — te dice.
~anxiety~
Cierras los ojos. Le conoces y sabes que puedes hacer que se vaya. Pero para ello tienes que no escucharle. Si le escuchas se quedará toda la noche. Aparentas que no le has visto, que no le has oído, que no notas sus dedos abriendo tus párpados por la fuerza. Le ves sonreir. Tu corazón se acelera. Pasan una y dos horas. No lo puedes ignorar, está ahí. De vez en cuando escuchas como te habla.
— Verás mañana, sin haber dormido no vas a poder hacer un mierda.
— ¿Por qué sigues en la cama? Sé que sabes que estoy aquí. Mírame, mírame.
— Ey, ey, ¿y esa duermevela? No, no, escucha, acuérdate de cuando la jodiste hace siete años. Apuesto a que se te había olvidado ya ¿eh? Ale, ya tienes algo en lo que pensar.
Te levantas, enciendes la luz. No miras al monstruo confiando en que, como un capítulo de halloween de Los Simpsons, si no le miras desaparecerá. Pones agua a calentar, echas cuatro o cinco bolsitas de infusión de valeriana en una taza. Cuando el agua hierve la viertes en la taza. Coges un libro y empiezas a leer.
— Venga hombre, mañana tendrás que releerlo, no voy a dejar que te concentres.
— ¿Te acuerdas cuando tenías veintidós años la gilipollez aquella que hiciste? Hace trece años que pasó y todo se solucionó después, ¿pero no sería genial pensar ahora en lo gilipollas que fuiste?
— Mira la hora, si te levantas dentro de poco ya ¿Crees que nadie lo va a notar? Vaya ojeras vas a llevar, amigo.
Das un sorbo a la infusión. Y otro, y otro, mientras lees, hasta que se termina. Ahora si que si, te vas a la cama. Esta tiene que ser la buena.
Ha pasado una hora de sueño inquieto y el monstruo te abofetea. Son las cuatro de la mañana. Te levantas y vas a la ducha. Allí el monstruo, quizá por pudoroso, no entra. Alargas la ducha hasta que se acaba todo el agua caliente del termo. Sales y mientras te secas delante del espejo, el monstruo entra.
— Jajaja, madre mía, vaya pelambre, pareces un puto oso.
— ¿Y esa barriga? Osea a ver, una cosa es la barriga cervecera pero esto ya es pasarse ¿eh? jaja, puto gordo.
— Pero mírate, ¿y crees que le gustas a alguien? jaja, vamos no me jodas. ¿Sabes que es imposible, no? A quién le va a gustar un puto gordo como tú. Hace mucho que no le gustas a nadie y eso va a seguir así mientras sigas siendo una bola de sebo.
— Además eres feo de cojones ¿eh? Eso no lo podemos arreglar de ninguna manera.
Buscas algo que ponerte y pones la televisión. Ni siquiera hay informativos aún, solo esos programas de música de mierda para que las teles le saquen pasta a la SGAE. Buscas en youtube algún programa para poner mientras desayunas. Necesitas un café para no quedarte dormido.
— Oh, sí, ohhhh sí, otra cucharada más de café, sí sí, otra más. Mmm gracias.
Necesitas café para poder aparentar estar siquiera un poco activo por la mañana cuando la gente con horarios normales empiece a ser productiva. Sabes que esa cafeína alimenta al monstruo pero no sabes muy bien que otro remedio buscar. El monstruo sonríe.
Pasa el día y salvo en contados momentos, el monstruo parece escondido bajo la cama. A veces asoma la patita, pero no le haces caso y parece que te deja en paz. Ha sido un buen día, has podido hacer muchas cosas bien.
— Jajaja, ¿bien? Si no haces nada a derechas. Es cuestión de tiempo que todo el mundo se de cuenta.
— Eres un impostor, un ignorante, no sabes hacer nada bien. Piensa en cuando la has cagado, han sido muchas veces ¿verdad? jajaja. Acuérdate de todas y cada una de ellas.
Es viernes, por fin. Bajas a comprar para hacerte alguna comida rica. ¿Un arroz, un hummus, unos espaguettis de calabacín con pesto?
— Pero qué vas a hacer, si te va a quedar como el culo. Si no te sale bien ni un huevo frito.
— Mira, ¿ves esa pizza congelada? Solo tienes que encender el horno y listo. No te preocupes porque ponga para dos personas, que tu es que eres grande.
— ¿Te acuerdas de tu último día de colegio? Jaja, que gilipollas.
— Venga hombre, llévate la pizza, después de comértela entera te vas a sentir mejor. Venga, venga.
— Jaja, mira el cajero, seguro que por dentro está pensando que eres un puto gordo jaja. Lo mejor es que lleva razón.
— La pizza entera te has comido, y luego te preguntas que porqué le das asco a la peña.
Sin título
Por la tarde es más fácil dormir, por alguna razón. Bajas la persiana, te tumbas en la cama agotado y sientes como el sueño llega. Hasta que el monstruo vuelve a despertarte.
— ¿Esto es todo lo que vas a hacer? ¿Comer y dormir? Que vida más triste la ostia.
Te pones las zapatillas y sales a andar escuchando podcasts. De reojo ves al monstruo seguirte, pero no consigue alcanzarte. Escribes algunos mensajes en el teléfono. Necesitas un poco de contacto humano, contacto físico, quizá un abrazo, sentir un roce con alguien. El monstruo odia los abrazos y cuando alguien te da uno, sale corriendo.
— Jeje, si ya sabías que hoy todo el mundo tiene planes sin ti ¿Para que lo intentas?
— En algún momento tienes que volver a casa, llevas tres horas andando.
— ¿No tienes hambre? Venga, nos cojemos una hamburguesa o algo, ¿no?
— Pilla unas cervezas también, es un buen día para emborracharse.
Pones alguna serie, alguna que te haga reír, no es momento para dramas. Piensas en mandar un mensaje. Lo piensas mucho. Te gustaría que todo te saliera orgánico pero te es difícil hacer algo sin pensar en como va a afectar al futuro.
— No hombre no, no lo mandes, va a pensar que eres un pesado.
— ¿No lo mandas? Jaja, pero tío, va a pensar que pasas.
— ¿Pero que ridiculez has escrito?
— No te va a contestar, si es que eres ridículo. Ridículo y un pesao. Dale, abre la cerveza. Amorrate al frasco, así te vas a sentir bien.
— Hace mucho que no ves esa película que tanto te gusta… Venga, ponla, no te preocupes de lo que te hace sentir. Y abre otra cerveza.
Bebes mientras ves una película que te trae muchos recuerdos, de cuando eras feliz, cuando todo era más fácil. El final de la película, como siempre, te deja un poco vacío.
— ¡Whops! Si es que no tenías que haberte puesto esa película ni te tenías que haber emborrachado. Ahora te pones a llorar jaja, que ridículo. Normal que la gente no quiera estar a tu lado, si es que eres un pesao, un borracho y un panoli.
— ¿Ves? No te ha contestado aún, no sé para qué intentas nada cuando sabes el resultado.
— Mira los demás qué felices, ¿sabes por qué? Ellos se lo merecen.
— Pues nada, otra noche más solo, ¿que esperabas?
Pones, de nuevo, agua a calentar. Pones, de nuevo, cuatro o cinco bolsitas de valeriana en una taza. Necesitas una noche de sueño, de por lo menos cinco o seis horas.
— Sabes que eso no puede conmigo.
— Igual te duermes antes, pero te voy a despertar en cuanto pueda.
— Mira el teléfono, ¿ves? Ni una respuesta. Te acabará respondiendo, por pena o algo, no te vayas a creer otra cosa. Que eres un pesado y un agonías.
— Venga, ala, intenta dormir. Aquí te espero. ¿Te acuerdas de todas las cosas que te han salido mal en la vida? Buenas noches.
Te acuestas. Miras al techo. Pasan las horas. Por más que intentas no escuchar al monstruo, sus palabras acaban calando. Piensas en todo lo que te ha salido mal en la vida, y el único patrón que encuentras es que lo has hecho tu. En algún momento de la noche caes, por fin, en un sueño agotado.
— ¡Buenos días! ¿Qué tal? Jaja, vaya careto.
Vuelves a escribir mensajes, empiezas a estar un poco desesperado. Sales a la calle. Andas, de nuevo, bajo el sol. Te empapas de sudor. Tres, cuatro, cinco horas andando. Esperas por fin poder ver hoy a alguien, recibir un poco de cariño, un abrazo para que el monstruo se vaya.
— Igual ya va siendo hora de olvidar la esperanza ¿no? Que eres un penoso, que das asco tío, que quien va a querer hacer nada contigo según estas.
— Pide chino para comer, si ya total ¿Qué importa un poco más de mierda en tu cuerpo?
— En serio, para un poco, dentro de poco vas a tener tu propia gravedad, puto gordo.
— Estás solo. Asúmelo ya. Vas a estar solo el resto de tu vida.
Nadie puede quedar, todo el mundo tiene sus planes. Te pones otra vez los cascos y echas a andar, otra vez, intentando dejar atrás al monstruo. Te conoces ya casi al dedillo todas las calles de Chamberí y de Ciudad Universitaria. Te cruzas con varios grupos de chavales disfrazados. Debe de ser algún tipo de novatada, estás en la zona de los colegios mayores. Piensas que las cosas no van tan mal, que no hay nada que te haga perder la esperanza de poder tener algo bueno en un futuro no muy lejano. Has tenido temporadas mucho peores.
— Pero qué esperanza. Asúmelo ya, cuanto antes, que te va a pasar como siempre, que te vas a dar la ostia. Olvida las esperanzas que la ostia será más grande.
— ¿Y si es verdad que todo podría ir bien? Imagínatelo. Pero es que vas a tener que acelerar las cosas. Venga, dí lo que sientes, a saco, sin pensar.
— Sé un poco más directo, pregúntalo sin tapujos. Eso, eso es lo que tienes que hacer, ser directo.
— No hombre no, cuidado que la cagas. Jaja, ¿en serio me ibas a hacer caso? Cállate, que vas a parecer un panoli. No digas lo que sientes, déjalo.
— ¡Venga! ¡Dilo! ¡Es la única manera!
Andas rápido dejando el monstruo detrás, a lo lejos. Intentas pensar en tu vida ahora mismo. Va bien ¿va bien? Notas que de nuevo empiezas a no distinguir tus pensamientos de las palabras incesantes del monstruo.
Vuelves a casa. Calientas agua, solo te quedan dos bolsitas de valeriana, tenías que haber comprado más. Miras a la cama. Allí le ves, esperándote.
— ¿Qué tal? ¿Preparado para otra noche mirando al techo?
— Mira el teléfono, revisa los mensajes. ¿A cuántas personas has escrito? Vaya, y sin embargo aquí estás, solo. No te preocupes, que yo no te voy a abandonar nunca. Nunca. Nunca.
Ha vuelto a pasar. Ya no sabes que pensamientos son tuyos y cuales te está dictando el monstruo.
El monstruo sonríe.

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