Oct 23

Un domingo cualquiera

Otra mañana más perdida. Otro día que pasarás entre café, ibuprofeno y comida basura. Ya dejaste de hacer listas de cosas por hacer, que lo único que hacen los lunes es recordarte todo lo que no has hecho.
¡Venga! ¡Levántate! Te dice una voz que no sabes muy bien de dónde sale. Y te levantas, vas al baño. De vuelta a la habitación, enciendes los altavoces y pones una lista de esas que te haces para hundirte aún más. Y vuelves a las cama. Pones el calefactor y vuelves a cerrar los ojos. La habitación te da vueltas.

“…en esta noche amarga de vino y espejos
que alegría sólo es algo que desaparece y regresa,
que regresa y se desvanece…”

Hace cinco o seis años que nadie se despierta a tu lado. La verdad es que no lo echas mucho de menos. A veces sí, para qué negarlo, a veces te entra el calentón y podrías irte con cualquiera. Pero por lo general no. Ya no. Casi que te da hasta pereza pensar en ello. Es una cama de noventa y tu, solo, estás muy agusto. Más sería multitud. Te lo repites una y otra vez. Hasta que casi te lo crees.

“…Ayer escuché gritar a mis vecinos
y de pronto recordé cómo suena el placer.
Sé que me hago mayor, porque no siento envidia…”

Deberías hablar con alguien, pero ¿con quién? Todo el mundo tiene sus cosas, sus mierdas y sus vidas. Y aquí estás tú. Anoche bebiste como si tuvieras dieciocho años pero ahora vuelves a estar en tu prematura vejez maldiciéndote. ¿Quién va a aguantar tus mierdas? Con tu edad deberías estar andando por la sierra o haciendo rutas en bici tomándote unas cañas al final. Pero sigues en una adolescencia perpetua.

“…Y me obsesiona no ser una carga,
ni para mí, ni para los demás.
Y es triste que no sepamos cómo
no hacer daño a los demás…”
Hangover

Hace mucho que pasaron los días de dormir un par de horas y levantarte aún borracho y poder estar completamente activo después de una ducha. Te preguntas como te daba tiempo a hacer tantas cosas los fines de semana. Como hacías para sentirte completo. Te pasabas horas dedicándote a los demás hasta rozar el agotamiento y después de una cena ligera te quedaban fuerzas para cerrar todos los garitos. Y al día siguiente levantarte para organizar un campamento. Piensas que quizá no es tanto que estés viejo si no que la apatía te está consumiendo.

“…Faster than the speed of sound
Faster than we thought we’d go, beneath the sound of hope…”

Está claro que has cambiado. Llevas tanto tiempo encerrado en ti mismo que ya casi ni te conoces. Cómo esperas que alguien te llegue a entender si te has olvidado de quién eres, si no sabes más que estar en silencio. Te has construido tu murito de Berlín alrededor y apenas dejas que pase la luz. Y aún así hay gente que logra saltar sobre él, pero tu STASI está bien entrenada contra ellos.

“…En el corazón de Tupolev, solo hay sitio para Tupolev.
Encerrado en metros de alambre, oro, hielo y sangre
y decepción.
Tramando un plan B preguntándose por qué otra vez, otra vez…”

A veces no te soportas. Te sientes bastante gilipollas. Por eso, te dices, estás más solo que la ostia. Te has vuelto un viejo cascarrabias, bueno, más aún de lo que ya has sido siempre. Levántate, date una ducha. Igual después puedas ver todo de otra manera. Hueles a borracho, a asco.

“…No preguntes ni por qué ni por qué no,
sólo yo sé el motivo y no es bonito.
Me mudaré a otro sitio, me iré de esta ciudad,
pero ahora es de mí mismo de donde me quiero escapar…”

La ropa está por el suelo. Ni siquiera te acuerdas cómo llegaste. La camiseta está manchada de ceniza y lo que probablemente sea cerveza. Debiste de fumar anoche. Los flashes con recuerdos de la noche se acumulan en tu cabeza aunque no sabes siquiera si son ciertos o es que lo has soñado. Qué más da.

“…Y ya no sé en qué momento dejó de importarme
Llegar a casa solo
Desear un cuerpo, unas manos
Algo de afecto
Ponerle fecha de caducidad a la infelicidad, a mis miedos
Y sé que mis mentiras son más bien deseos
Que sigo viendo la escena distante
Que cada vez me cuesta más fingir…”

La ducha no ha cambiado nada. La pizza familiar que te harás para comer tampoco. Todo va en una espiral descendente que no sabes donde va a acabar, si es que acaba algún día. Mañana te pondrás delante del espejo, pondrás tu mejor cara, saldrás a la calle un día más, con la mente en blanco, haciendo todo por inercia. Y esperarás hasta que se abra la siguiente botella de cerveza el próximo sábado por la noche para que todo vuelva a empezar. Para que el bucle se reinicie. Para que el mundo siga su curso sin tenerte en cuenta.

“…Lo que está claro es que algo tiene que cambiar,
está muy claro que algo tiene que cambiar…
O se irá todo a la mierda, se irá todo a la mierda,
dispuestos a tirar juntos de la misma cuerda…”

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