Perdido en la traducción

En estos tiempos en los que tanto cuesta mantener la atención… si pasáis de leer, al final está el vídeo del viaje 😉

“Heroin? Marijuana? Narcotics?” dice el agente de aduanas mientras introduce su mano en mi mochila. “No, no”. Estoy acostumbrado. Barba y aspecto desaliñado, un caramelito para los agentes aeroportuarios en todo el mundo.
Ah, el metro de Tokyo, a estas horas de la noche. Cuando los oficinistas ya han regresado a sus casas, es casi un placer. No me siento. Más de quince horas de viaje, más de veinticuatro horas despierto… como me siente, puedo dar una cabezada y acabar en… no sé donde puedo acabar, ese es el problema. No es como dormirse en la 2 y acabar en Cuatro Caminos.
Tengo un tiempo muerto de seis horas hasta poder coger el primer tren de la mañana. Hace diez años la opción hubiera sido irme de fiesta… pero ya he asumido que la veintena pasó y que esas locuras ya no son para mí, así que voy a un hotel cápsula. Hace cinco años me quedé con las ganas de probar esa experiencia…. no ha sido buena. Ni siquiera podía estirar los brazos. Agobio, ansiedad. A pesar de estar completamente demolido del viaje, los ronquidos, eructos y pedos que se escuchaban me han impedido dormir las seis horas que he pasado en ese zulo. Pero me da igual. Ahora es cuando empieza lo bueno.

Desde el tren bala veo a lo lejos el Monte Fuji. Fuji-san, como dicen los japoneses. Le tienen tanto respeto a esa montaña que le dan tratamiento de persona. Es bonito.
Llego a Himeji. Dejo la maleta en el hotel, esta noche es uno decente, con cama grande y habitación individual. Doy un paseo. Es un pueblo bonito, o al menos lo parece a la luz de la luna. Se ve desierto de noche. Me gusta. No me cruzo con nadie, nadie me puede ver paseando solo. En ese bar parece que suena música en directo desde el sótano, no me atrevo a entrar, me da vergüenza. Me encanta viajar solo, pero en momentos como este, quizá no es del todo agradable. Me noto la cara helada. Debería haberme puesto el gorro y la bufanda.
Me meto en el agua caliente del onsen del hotel, al aire libre, a la luz de la luna creciente. No hay nada como estar a diez mil quinientos kilómetros de casa para deshinibirse. Si alguien me dice que iba a estar metido en una piscina de agua caliente junto a cinco japoneses, desnudo, no me lo creo. Aquí esto es así, el pudor occidental no tiene cabida. Me sumerjo, me abstraigo, cierro los ojos, mis músculos se derriten. Me quedo tan KO que estoy a punto de irme a dormir a las nueve de la noche, pero me acuerdo que en este hotel ponen ramen gratis para cenar. Mejor dormir con el estómago lleno.

Que pronto amanece aquí, carajo. Espera ¿Por qué se baja todo el mundo del autobús? ¿Esto es la última parada? No veo ningún teleférico. A ver señor conductor… mierda, ¿no habla usted inglés? Sí, sí, a ver, eh… “Ropeway, ropeway”. No sé qué me está diciendo. A ver, una cosa, mire si, mire el ticket del teleférico. ¡Bien! parece que lo entiende. Me señala el asiento que hay a su lado. Bueno, está bien, no sé que está pasando pero me siento. A veces en estas situaciones solo hay que dejarse llevar, no pensar, que pase lo que tenga que pasar. El tipo conduce cinco minutos, para, me dice algo. Mire señor, gomen’nasai pero no le entiendo. ¿Ah? Me está señalando una parada de bus. Un momento, ¿me ha traído hasta la parada del bus que tengo que coger? ¡Guau! ¡Arigato! ¡Domo arigato! El tipo sonríe y a mi me dan ganas de abrazarle.

Paz. Da igual que seas creyente o no. La paz espiritual que se vive aquí es abrumadora. Ando por los kilómetros de senderos entre bosques que separan los edificios del templo Engyo-ji y mi mente se vacía. He venido por la curiosidad de ver los escenarios donde se han rodado varias películas, y me he encontrado algo que no esperaba. Y no sé muy bien que es, como describirlo. Belleza, tranquilidad, espiritualidad… no lo sé. Apenas me cruzo con un par de monjes a lo largo de los siete u ocho kilómetros que ando. Me quedo parado mirando el bosque. Respiro. Vivo. Esta montaña, como tantas otras, me da la paz que tanto busco en mi vida diaria y no encuentro en otro sitio. Respiro. Vivo.
Esta vez el autobús no tiene perdida, solo sale uno de aquí. Entro al castillo de Himeji. ¡Guau! Mola mucho pero me destroza las piernas. Más escaleras que el alcázar de Segovia o el Miguelete de Valencia. Mañana tendré agujetas.

Me reencuentro con Kyoto después de ir a trescientos kilómetros por hora en un tren de Hello Kitty. Cinco años después. Quizá el lugar más bello en el que nunca he estado. Ando por el monte Inari, me salgo de los caminos turísticos, me pierdo en otro bosque. Ahora mismo podría ser protagonista de El Viaje de Chihiro. Estatuas de dioses sintoístas me vigilan en los márgenes del camino. Noto sus miradas. Me paro y les hago una reverencia. Les doy las gracias por toda la belleza que tengo delante. Pienso que mis próximas vacaciones deben de ser todas de naturaleza, porque es donde más agusto estoy. Sigo andando, diez o quince kilómetros, hasta llegar de nuevo a Kyoto. Me gusta sentir dolor en las piernas. Emulo a Scarlett Johansson andando sobre las piedras, en el lago del santuario Heian.

Ha anochecido y ya está todo cerrado. Voy al hotel a ducharme. Llega el momento de decidir. Hay un bar al lado del hotel. Me lo recomendó una amiga que estuvo aquí hace poco. Pero a mi lado se levanta el monstruo de la ansiedad, alimentado por la timidez.
Delante de mí, la ropa para salir en un lado, el pijama en el otro. Tengo que decidir. Detrás de mí, tocándome el hombro, el monstruo me dice que mejor quedarme en la cama. La timidez, en sus fauces, está de acuerdo.
Lucho contra el monstruo y contra la vergüenza. Y consigo algo que no pasa muchas veces, gano. Victorioso, subo unas escaleras muy empinadas hasta el bar. Entro. Hay dos grupos de cuatro o cinco japoneses. Se me quedan mirando cuando entro. El camarero me observa extrañado y me pregunta algo en japonés. “Beer, just one beer. Biiru, ichi biiru”. Intento decirle que quiero una cerveza en japonés pero no se si me entiende. No recuerdo si el numeral era ichi o ippon para la cerveza. Que jodido este idioma. La ansiedad ríe tras la barra. Me pongo nervioso. “Te lo dije”, espeta el monstruo mientras se acerca a mí. Quiere hacer que huya de aquí. Uno de los japoneses se levanta, me da la mano, se presenta y me pregunta en inglés que si me quiero unir a ellos.
Vuelvo al hotel. En mi cabeza me doy las gracias por haberme obligado a salir. Ha sido muy divertido. Solo uno de los japoneses hablaba inglés, pero todos estaban ávidos de preguntas para un español, así que le ha tocado ejercer de traductor. Atesoro este momento. Casi nadie habla inglés, mucho menos español, es difícil hablar con alguien en este país. Hemos conversado de cerveza, de castillos franceses, de paella y sushi, de sintoísmo, de sake y de la semana santa. Voy un poco borracho. Le hago una peineta al monstruo.

Llego a Kanazawa. Hay mucha gente por todos lados. Este fin de semana es puente en Japón y no encuentro una taquilla donde dejar la mochila. Me pongo nervioso, no quiero pasarme el día andando por esta ciudad con quince kilos a la espalda. Un japonés me ayuda a encontrar una taquilla libre en la estación. Kenrokuen, otro de los grandes jardines de Japón que también está seco. El castillo está cerrado. En el barrio de Geishas no hay ni un alma. Me voy al hotel a dormir, no sin antes pasar por su onsen. La cena, sushi y cerveza del Seven Eleven en la habitación. Está bueno para ser una tienda 24 horas. Es más, está muy bueno.

Abrigo. Gorro y guantes. Menos mal que me acordé de los calcetines gordos. Shirakawa está completamente nevado. Los tejados de las casitas medievales están totalmente blancos. El suelo resbala. Sonrío. Cierro los ojos, respiro fuerte. Por un momento mi mente se ha quedado como esta pequeña aldea de los Alpes Japoneses, en blanco. Subo hasta el mirador, con cuidado, el suelo resbala. Hay parejas aquí arriba que se abrazan mirando el paisaje. Yo hago como si no existieran. Bajo, sigo los caminos por donde la gente no va, como siempre. No sé muy bien como he llegado aquí pero ahora no sé como volver. El suelo helado resbala demasiado. Con cuidado, voy pasito a pasito, espero no perder el bus.
Tenía muchas ganas de llegar a Nagano, ver ese paisaje invernal del norte de Japón… y no lo es. La nieve ya se ha derretido y solo queda el frío. Me levanto a las cinco de la mañana para poder ir al rosario matinal del primer templo budista de Japón. Es emocionante, ver como el gran sacerdote da la bendición, los cantos, las percusiones… aunque esperaba que me emocionase un poco más, la verdad. ¿Será que ya no me emociona nada? Un autobús me lleva hasta, ahora sí, un paisaje invernal. Veo a los únicos monos del mundo que viven entre nieve. Pero claro, los salaos tienes aguas termales para pasar el fresco. ¡Son tan monos! Estoy casi una hora observándoles.

Voy a coger el tren para la última etapa de mi viaje, hacia Tokyo. Se acercan tres niños, de cuatro o cinco años. Están dando clases de inglés en el colegio, me explican, y de vez en cuando van a la estación para hablar con turistas. ¡Hablan casi mejor que yo! Se presentan formalmente. Tienen cinco años. Me regalan sus “tarjetas de visita” con un origami cada uno. Me preguntan cosas sobre España y sobre mi. Me cuentan cosas sobre Japón y sobre ellos. Estoy emocionado. Cuando se despiden estoy a punto de llorar. ¡Me han alegrado el día! Hace mucho que no estaba a punto de llorar de alegría.

Tokyo, la gran ciudad por excelencia. Difícil no abrumarse las primeras horas que pasas aquí, tratando simplemente de llegar de un sitio a otro en tren. La sensación de estar completamente perdido es algo que no se llega a superar del todo. En el vagón soy el único extranjero, el único con barba, el único que no va en traje. Akihabara, Shinjuku, Asakusa, Ginza… como mucho ramen, muchas gyozas, desgasto las botas, me sorprendo a cada paso, me emociono como un niño viendo el Totoro gigante del Museo Ghibli, me siento completamente perdido en un sushi giratorio lejos de zonas turísticas en el que no hay nada en inglés, me frustro cuando un día a todos los sitios que voy están cerrados, paso miedo cuando me pilla un terremoto en el hotel, sigo con más ramen, me pierdo entre trenes y metros.

Paseo en bici por la zona de los cinco lagos, a las faldas de Fuji-san. Después de una semana soleada, hoy hace frío polar, está nublado, y no se ve el monte, no voy a poder sacar ni una cochina foto. Se me congelan los dedos. Me empapo con la lluvia. Esta es mi suerte. Desisto después de cuatro horas, no va a despejar. Según me monto en el tren de vuelta a Tokyo, la lluvia para, las nubes se van. A través del cristal, entre los árboles que pasan, aparece el Fuji, cuando ya no puedo volver atrás. Esta es mi suerte.

Me he reservado para el último día dos de los momentos culminantes del viaje. Entro al teatro Kabuki. Pocos turistas vienen aquí. Hace cinco años me quedé con ganas de poder ver este trocito de cultura japonesa. La actuación son cuatro horas, me da un poco de miedo, igual me aburro.
Me dan una pantallita donde aparecerán los subtítulos y algunas explicaciones de lo que esté pasando en el escenario. ¡Menos mal!


Impresionante. Salgo con los pelos de punta. No es una expresión, literalmente tengo los pelos de punta. No se explicar con palabras lo que el Kabuki me ha hecho sentir. De primeras todo parece un poco extraño. Un montón de hombres, algunos vestidos de mujer, con las caras blancas, enorme vestuario (enorme porque van por capas y los cambios de vestuario consisten en quitar la capa superior), una orquesta de instrumentos tradicionales y una escenografía que te quita el aire. Una de las escenas, la de celebración de año nuevo, sin casi diálogos, y muchos bailes, me ha provocado síndrome de Stendhal. He llorado, he llorado viendo a dos personas bailar. Me cuesta asimilarlo.

Y llega el último plan, mi despedida de Tokyo. Subo en el ascensor en el que un día subieron Bill Murray y Scarlett Johansson. Llego a la planta cincuenta y dos del hotel Park Hyatt Tokyo. Me voy a fundir todo lo que me queda de presupuesto por tomarme un whisky japonés sintiéndome un poco Bob Harris. Uno o dos. Las vistas desde aquí son impresionantes. Todas las luces de Tokyo me saludan mientras doy un sorbo al whisky con hielo, mientras escucho improvisar a un grupo de jazz. Por un momento pienso que soy feliz. “Anything more, sir?”. Pues mira sí, otro whisky de estos que cuestan más de lo que me he gastado en los últimos siete días de hotel. Esta noche el dinero si me da la felicidad.

Desde el aeropuerto me despido por segunda vez de este país tan raro, tan maravilloso y tan jodido a la vez. No sé si alguna vez volveré. Pienso en las más de quince horas de vuelo que me esperan. Pienso en que cuando llegue a Madrid nadie me va a esperar en la terminal. Pienso que los paréntesis en la vida están bien, aunque no puedo vivir en ellos. Pienso en que esta vez la depresión postvacacional me va a patear bien la cabeza. Y en nada más, no pienso en nada más.

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