Rocco Sigfredi Es Siempre Otro

Cero notificaciones. La vibración fantasma. Cuarenta grados, el sudor cae por su frente, delante de la pantalla en blanco. Acaba de borrar todo lo que tenía escrito. Será mejor encriptarlo hasta que nadie lo entienda. Hasta que el texto tenga el mismo sentido que las palabras que salen por su boca cuando alguien le pregunta. Un particular Parte de Guerra lleno de eufemismos.

“Y me obsesiona no ser una carga,
ni para mí, ni para los demás.”

El verano de las Sociedades Secretas, una cada día. Preguntas por hacer, cosas que decir que ya están dichas y está seguro que es mejor no repetir. Mejor no hablar. Busca el día en el que todo se fue a la mierda porque tiene la sensación de que, si recrea el momento con suficiente fuerza en su cabeza, podría arreglarlo. Podría encontrar la fórmula como Fry, moviendo las estrellas. Pero como a Fry, se le escapa entre los dedos sin poder hacer nada. Treinta grados y vuelve la implosión de antimateria. Rocco Sigfredi Es Siempre Otro. Aunque en el fondo, sabe que ningún movimiento de estrellas hubiera servido.

Suda humo, suda alcohol. Suda antimateria, pero de eso nadie se da cuenta. El mundo gira en torno a las palmeras y él se enreda de nuevo en los destellos etílicos que le traen un poco, un poquito de paz. Y un poquito de guerra también.

Quizá habría que reunir otra vez al Consejo de Sabios, que le pongan una vela porque está atrapado. Pero el tiempo pasa sin pena ni gloria. Pequeñas obsesiones que le hacen esperar con ansia, disfrutar un poco menos y autoengañarse repleto de esperanza. Es pronto para la amnesia y tarde para salir intacto.

Las noches sin dormir no son siempre por el calor o por la resaca. No sólo, al menos. Borra otra vez, un nuevo pase de encriptación. Hasta que llegue el frío, hasta que llegue demasiado pronto. Ve el final de las cosas pero se niega a aceptarlo. Van morir cosas en curso que llevan ya tiempo con respiración asistida y morirán cosas que ni siquiera llegaron a nacer.

Y llega el frío por fin y, con él, el miedo. Las estrellas le abruman, como siempre que las mira. Se siente muy pequeño y sin embargo con un vacío más grande que el universo que le devuelve la mirada. Y se convierte en un Reloj Sin Manecillas.

Los peores momentos que trae el frío se le juntan con los mejores. O quizá los provocan. No sabe, está confuso, como siempre. Y los mejores no dejan de convertirse, un año más, en una gota china que esperaba que no volviera, que tiene que superar, que sabe que algún día dejará de salpicar. Vuelven los destellos corintos. Le confunden. No debería ser así, ¿no?, se pregunta. Y se asusta como un animal, y esa es la señal de que ha llegado el día de La Gran Broma Final y un gong anuncia la retirada.

Y regresa al calor, a la rutina que le come por dentro, a los paseos terapéuticos, a los Taberneros. Pero da igual. Ya todo da igual. Tiene demasiada tolerancia al dolor, ya se lo decían los médicos. Y es que Hay Cosas Que No Hay Que Contar.

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