Flashes

Acelero. Señales de límite de velocidad con diminutas bombillas rojas parpadean, pasan a mi lado borrosas, veloces. Mi vista se difumina en diluvios de rabia y dolor. Me deslumbran los flashes de todos los momentos en los que no supe moldear mi alma con palabras. “Expresión emocional” debería ser asignatura troncal desde la infancia. Pero no lo es. No lo es y yo soy un lactante el día del destete, con las pupilas dilatadas, llorando, buscando desesperadamente el pecho que ya nunca podrá tener. Madera de naufragio secándose bajo el sol de la costa, sin poder volver al mar. Soy un rayo encerrado en una jaula de Faraday. Luces a ambos lados de la carretera que me avisan de mi imprudencia. Fundido a negro que indica al público el final de la película. The End?
Macdonald-Cartier Bridge
El coche volcado sobre el asfalto. El cristal delantero roto. Las ruedas, aún en movimiento, iluminadas por la bombilla intermitente, naranja, de una farola que ha vivido demasiado. Estoy en el centro del foco de color cítrico, rodeado de destellos. Un río lento, rojo, espeso, sale de mi cuerpo acercándose a las líneas blancas que separan el asfalto de la muerte. No me puedo ir aún, pienso. No es que me importe llegar a la meta antes de lo esperado. Siempre fui de los que se van de las fiestas antes de que terminen, pero me sabe mal irme con tus lágrimas como último recuerdo.

“¡Llamad a una ambulancia!”, se escucha. Ya queda poco. Tengo público. Se han apresurado a bajar de sus vehículos para presenciar el espectáculo. Una voz alterada dice que no me preocupe, que todo va a ir bien. Es mentira, los espectadores lo saben. Lo han visto tantas veces que apostaría a que ya saben que mi personaje sobra en el programa. Un baile de morbosos faros de coche ha crecido alrededor de mi cuerpo. Insoportables sirenas acompañadas de azul y rojo se suman a la ceremonia de mi final. Cierro, por fin, los ojos y aún así el resplandor sigue en mis retinas.

Inconsciente. Reanimación. Sólo quiero mirarte otra vez, una última vez, con un gesto sonriente que dure para siempre. Que esa sonrisa sea sólo tuya, que no sea provocada ni por mi ni por nadie. Que la felicidad sea únicamente tuya. Es lo único que importa antes de que la existencia se convierta en polvo de estrellas para mi. Que tu sonrisa dure para siempre. Sería capaz de enfrentarme a La Muerte con una cuchara de madera por tí. Quizá ahora tenga la oportunidad de hacerlo. Gente con uniforme le hace algo a un cuerpo, que ya apenas reconozco, sobre el asfalto.
Treinta segundos clínicamente muerto. Lo siento. Esa combinación de dos palabras perdió el sentido hace mucho tiempo. Pero déjame decírtelo una vez más aunque no lo escuches, lo siento. Fue sin querer, pero solo he provocado dolor. Este es mi castigo, no hay dolor para mi. Un cadáver en la carretera, inerte, bañado por luces de colores, incapaz de sentir dolor. Justicia prosaica.

Un minuto clínicamente muerto. Huele a quemado. Quizá sea el coche ardiendo o la piel chamuscada. Es desagradable. Puede que este sea el olor del infierno. No sé a qué otro lugar pudiera ir. Trato de obviar el olor, de contrarrestarlo. Contigo. Con qué podría ser si no. Tu pelo rubio, largo, suelto, iluminado por el sol de invierno. Sólo una vez más. Respirar suave sin que te des cuenta, robarte el tacto evadiendo la resistencia del aire. Sólo una vez más. Media sonrisa onírica cuando entre sueños te das cuenta. Escalofríos producidos por miradas furtivas en noches donde se refleja en tu cara la luz de dos lunas enfrentadas. Sólo una vez más. Escalofríos eléctricos.

Un, dos, tres ¡Apártense! El cuerpo se estremece entre convulsiones. La espalda se arquea y los ojos muestran un blanco puro y sincero, de destellos en nieve virgen. Tus manos mágicas me agitan con solo un roce en mi erección. Tu boca me despoja de la lengua, ríos que se desbordan sin medida, hundiendo dedos y dejando náufragos en tu vello. En el lenguaje de la brisa del mar te susurro palabras de amor. Tus gemidos convierten mi cabeza en un amplificador de discoteca el día de nochevieja. Me rodeas el cuello entre tus piernas, mirándome fijamente a los ojos y yo te sostengo la mirada hasta que tu cuerpo tiembla, eléctrico. Un, dos, tres ¡Apártense!

Oficialmente muerto. Hora de la muerte las once y treinta y tres minutos de la noche. Pero lo escuchó. Algo no anda bien aquí. Quizá mi deseo se haya hecho realidad, quizá pueda esperar a verte sonreír una vez más. Nuestros deseos nunca se hicieron realidad. Esos deseos de los que tanto hablábamos al calor del insomnio. Sencillos como un olor a guiso en la cocina mientras se escuchan risas despreocupadas de niños en el salón en una mañana de domingo. La luz blanca entra filtrada por las cortinas y música con olor a viejo invade el ambiente. Lo veo como si todavía pudiera ser posible. Los fotógrafos hubiesen querido robarnos nuestras sonrisas. Pero mis viejos discos no serán heredados. Noto como mi alma está ahora encadenada al pasado, al presente y al futuro como la tierra al sol. Aunque he sido sacudido con un asteroide que no pude prever a tiempo.

Dos días muerto. El cuerpo, iluminado con una débil bombilla incandescente, es exhibido en una caja de madera, bien pulida y barnizada, sin ornamentos. Se encuentra vestido con un traje negro, sin corbata, sin adornos. Muy yo, tengo que admitir. Un cristal lo separa de la gente que circula en espirales concéntricas, como satélites, mientras relatan historias que jamás volverán a ser contadas. Las narraciones de un muerto que no fue nadie dejan de interesar tras el funeral. Ajena a las extrañas costumbres mortuorias, miras la mesa con canapés, coges uno y te lo acercas a la nariz. El olor impregna la casa. Sería muy atrevido decir que estamos cocinando. Tu te meces entre fogones y yo estorbo, lo estropeo todo, y aún así me animas a seguir. Me regalas la confianza que la vida me ha negado. Antes de conocerte nunca pasé de la tortilla, y contigo me atreví a todo, con más o menos éxito, pero me atreví. Una gota de aceite más para que la ensalada quede perfecta. Una gota de lluvia gris recorre tu mejilla mientras miras mi cuerpo de reojo, y yo, impotente, te rodeo con brazos que ya no existen.

Dos meses muerto. Una película me muestra toda la existencia pero no puedo más que mirar tus escenas. Te hablo en sueños, te susurro por las noches y te acaricio por las mañanas, pero no sirve de nada. Te miras en el espejo, angelical, casi divina, iluminada por la luz blanca, pálida, del baño. Te observas de arriba a abajo. Unos zapatos azabache te levantan un par de centímetros del suelo. El final de las medias está oculto por una falda azul oscuro que roza tus rodillas. Un escote en pico deja adivinar tus pechos redondeados bajo una camiseta marrón ajustada. El pintalabios rosa apenas se nota y la raya morada difuminada realza tus ojos marrones. El pelo rubio, aún húmedo, cae hasta rozarte los hombros. Le vas a encantar. A él y a cualquiera, como siempre. No le conoces demasiado pero te gusta. Podría llegar a ser especial. Yo sé que no lo será. Lo he visto. Ahí está, esperándote puntual como una hiena después de los leones. Un par de copas, y dos o tres bailes. Una copa más y el baile se torna horizontal. Eres una bailarina sobre el escenario de plumas y muelles cuyo rechinar nos acompaña a través del tiempo. Nos disfrutamos en colchones, en aviones, en suelos de paja y cemento. Te deseo en un tren y me deslizo en tu interior en los asientos de un autobús. Vuelo por habitaciones ajenas oliendo a latex dulzón un segundo antes de rendirnos al sueño. Cuando te despiertas, a tu lado no encuentras nada más que un pesado vacío de aire y el cenicero con una colilla aún caliente. No volverás a verle, susurro, mientras contemplo tu rostro de indiferencia. El muy cabrón al menos debió de tener la santa decencia de arroparte y cerrar la puerta al salir. No parece importarte. Eso está bien.

Un año muerto. Conversas con tus amigas, ríes y bromeas. Ellas no sospechan lo que puede haber dentro de tu cabeza, pero yo lo sé. Lo sé porque sigo aquí, observándote, en el centro de un potente foco de luz blanca. Tus amigas no miran más allá del chico guapo que te corteja. Pero he visto lo que pasa esta noche y ni tú ni ellas os podréis engañar más. Tus lágrimas correrán mientras te miro como a un jarrón de porcelana enviado a través de Correos. Que distinto fue cuando te sorprendí con historias de estrellas y aviones. De viajes al infinito. Me miras curiosa y yo aprovecho para besarte. A nuestro alrededor se apagan las luces y la gente se esfuma. Lo único que existe son nuestras lenguas. No quiero dormir, no puedo permitir que eso acabe. Noche tras noche fundimos el sudor y lo transformamos en un milagro con la llama de las velas como combustible. Él no te ha dicho que te quiere, ni te lo va a decir. Te habla de otra. Si pudiese volverme corpóreo dos minutos, me sobraría uno y medio para matarle de una paliza. Pero no puedo hacer nada ni por ti ni contra él. Te abrazo pero nunca podrás saberlo, porque estrictamente hablando, ya no tengo brazos.
Traffic Bokeh 2
Tres años muerto. En las películas siempre lo vi forzado, pero a ti te pasa de la manera más natural. Las mesas de la cafetería están ocupadas y él, sin ninguna intención oculta, te pregunta si sería una molestia que se sentara en la silla libre que hay en la mesa donde reposa tu café. El momento que hace que dejes de lado la lectura que devorabas no se demora. En media hora de charla te ha hecho reír un par de veces. Una risa sincera, como la de la primera noche, iluminados por luces estroboscópicas. Ries y yo pienso que es de mí, de mi borrachera. Tu sonrisa trastoca una noche que iba a pertenecer enteramente al alcohol. Me creo presa de un ridículo alcohólico y cuando estoy a punto de admitir que soy un payaso que perdió su nariz roja, me confirmas que no y yo siento que no puedo ser más feliz. Suena el teléfono, es él. Y al hablar en tu cara se dibuja una sonrisa. En la mía, si es que existe, sólo media.

Cinco años muerto. El sol de julio, colándose entre las hojas de los árboles, se refleja en tu pelo rubio. Paseáis de la mano. Mi tiempo aquí se está acabando. Habla contigo de mil cosas, trata de deshacer los nervios que llevas puestos. En un par de horas habrá centenares de personas escuchándote y te apuntarán todos los flashes.Te has convertido en alguien importante. Importante para el resto del mundo como lo fuiste para mí. Hay mucha gente que te admira y que espera ansiosa que les hables. Has conseguido un éxito que nunca te habías imaginado, pero aún te sigues poniendo nerviosa antes de una charla magistral. Y por eso él te acompaña y vacía tu mente con bromas e historias. Te ríes. Eres feliz. Te cuento infinidad de chistes malos y no podemos parar de reír. Las noches que empiezan con risas, continúan con sexo desbocado, y terminan en mañanas infinitas, azules, abrazados en la cama protegiéndonos del frío. Horas llenas de palabras y silencios, meciéndonos en duermevela. Gemidos y caricias, mis dedos te recorren como plumas mientras mantienes los ojos cerrados y la respiración pausada. Me susurras una canción y enciendes velas mirándome a los ojos. Destellos de luna en gotas de sudor que hacen carreras en tu piel. La misma luna que ahora te ilumina al salir del edificio en el que todos se han enamorado de ti. Te me escapas de entre los dedos. Soy un niño intentando retener la arena del fondo del mar en sus manos, mientras se disuelve en el agua, donde pertenece, donde brilla, el lugar donde es lo que tiene que ser. Sales fuera. Ya no tienes porqué estar nerviosa. Cada paso que das, me desvanezco un poco más. Eres feliz. Eres independiente. Has podido con todo lo que se te ha puesto por delante. Me alegro y de nuevo puedo volver a ser feliz yo. Se me escapa una lágrima justo antes de desaparecer, mientras las señales de velocidad pasan como gacelas a mi lado. Notas una gota que cae en tu mejilla. Miras al cielo, pero está despejado, cubierto por miles de pequeñas luces de parpadeo imperceptible. No les das importancia y sonríes.

Teo va al Sonorama

Teo está nervioso. Lleva todo el año esperando esta semana. Teo no tiene ningún plan que le haga tanta ilusión como este en todo el año. La verdad es que es el único que tiene. Teo tiene un poco de miedo la verdad, porque poco a poco las cosas van cambiando.

Pero a Teo le van a buscar en furgoneta a su casa y en cinco minutos ya se ha olvidado del resto de su vida. Los problemas de Teo se esfuman y sabe que no regresarán hasta una semana después.
Teo se come un cachopo. Teo abre una cerveza y piensa que aquello tiene que ser lo que llaman felicidad. Teo se pone el bañador y corre bajo los aspersores. Teo se ríe y le vienen recuerdos de los libros de “Teo va al campamento”. A Teo le acribillan los pies un par de mosquitos pero a Teo no le importa, Teo flipa porque su mayor problema sea una picadura. Teo duerme en el Barco Pirata del parque de atracciones, pero a Teo le importa poco.
Teo va con sus amiguitos a una casa en el campo y le parece increíble poder pasarlo tan bien con la madre de uno de sus amiguitos. Teo come mucho y bebe mucha cerveza.
Teo se vuelve a meter bajo los aspersores.
Teo vuelve a comer mucho, por primera vez sentado en el Lagar de Isilla (es uno de los sueños cumplidos de Teo, y es que sus sueños nunca han sido demasiado grandes). Teo vuelve a casa de nuevo feliz.
Teo se levanta con el estómago revuelto y lleno de gases, y es que Teo lleva mucho tiempo acostumbrado a comer poco. Pero a Teo se le pasan todos los males cuando llega a la Plaza del Rollo después de un rato (esta vez de pie) en el Lagar de Isilla. Teo ríe, Teo habla, Teo no recuerda nada de lo que le preocupaba tres días atrás, Teo bebe mucho vino y, después de lo que ha adelgazado, Teo puede estar más de un minuto al sol. Teo ríe, y ríe y ríe y no puede parar de reír y cuando no está riendo, está sonriendo. Teo hace mucho tiempo que no pasaba tanto tiempo sin sentirse mal. Teo hace cola para el baño. Teo es feliz viendo a sus amiguitos felices. Teo se cuela en la cola del autobús y cuando le increpan Teo reconoce que llevan razón y que a él no le gusta nada que se lo hagan y Teo hace la cola desde el principio.
Teo entra por primera vez al Sonorama para ver a Egon Soda. Teo como siempre, flipa y en algún momento que otro, Teo echa alguna lagrimilla. Teo es el único concierto al que entra en ese día, pero es que a Teo ya le agobia mucho la gente y prefiere estar con sus amiguitos.

Teo vuelve a la Plaza del Rollo y vuelve a sentirse igual de bien que el día anterior. Teo piensa que aquello no puede ser verdad, que tiene que haber algún truco (y Teo no se dará cuenta de que es así, pero no lo sabrá hasta al final, así que dejemos a Teo disfrutar).
Teo ve a L.A. y vuelve a echar otra lagrimilla. Teo sabe que las emociones están a flor de piel en el Sonorama y Teo, la verdad, es que no quiere luchar contra ello. Teo tiene charlas trascendentales como hacía mucho que no tenía y se da cuenta que le hacían mucha falta. Teo llora pero esta vez sin ningún concierto, pero sabe que eso no es malo. Teo ve a Viva Suecia y vuelve a sentir cosas muy especiales con ellos y no sabe bien que son. No es la primera vez. A Teo le gustaría poder conocerse un poco mejor para poder poner palabras a las cosas que siente. Pero no se preocupa de eso ahora, Teo baila y se desgañita cantando.

Teo va a ver a Joe Crepúsculo y Teo se lo pasa como un enano. Teo baila, baila, baila y grita. Teo está feliz. Tanto que Teo no ve el peligro de beberse seis botellas de sidra.
Teo se levanta como si le hubieran dado una paliza. Teo no puede ingerir sólidos. Teo se vuelve a dormir. Teo se acuerda de las seis botellas de sidra. Teo se da cuenta de que la fosa séptica de la casa en la que están está rebosando y lo pasa un poco mal. Teo va andando al Sonorama y por el camino se bebe un litro y medio de agua y otro litro y medio de Aquarius. Teo va a ver a Maga sin una mala cerveza y Teo no lo disfruta como otras veces porque no se encuentra demasiado bien. Aún así Teo vuelve a soltar lagrimita cuando tocan Diecinueve.

Teo va a ver a Punsetes y parece que empieza a remontar. A Teo le ofrecen un poco de vino y aquello sumado al conciertazo que se están dando Punsetes, revive.

Teo llega al final de Xoel y canta a grito pelado “El Amor Valiente”. Por primera vez Teo no lo canta al aire. Teo hacía mucho que no sonreía tanto.

Teo va a ver un poco de Izal y entre la masificación y que hace tiempo le dejaron de hacer gracia, Teo se aburre. Teo se vuelve a la furgoneta a beber cerveza. Teo con sus amiguitos empiezan a contar batallitas de los campamentos, como siempre. Teo piensa que ojalá pudiera volver a aquellos tiempos.
Teo vuelve a su residencia sonoramera y Teo pasa un rato de nuevo charlando. A Teo le encanta hablar y escuchar, pero últimamente Teo tiene pocas oportunidades para ello. Teo no quiere que aquello acabe nunca, pero está llegando a su final. Teo se va a dormir.
Teo se despierta de nuevo un poco jodido, pero a Teo le da igual, aunque sea durante una semana, ha sido feliz.
Teo vuelve a casa. Teo sabe que siempre es el momento más duro del año. Teo ha sido inmensamente feliz durante una semana, Teo ha sentido cosas que creía que no podía volver a sentir, Teo no sabe si arrepentirse de no haber dicho cosas que quería decir, pero Teo sabe que no sabe expresarse y que a veces es mejor callarse y que todo quede guay y no tener momentos incómodos. Teo pone una lavadora y se va dar un paseo de cuatro horas a treinta y cinco grados porque la casa se le viene encima. A Teo le gustaría poder vivir así todo el año aunque no llegase a los cuarenta. A Teo le gustaría poder decir las cosas que no se atreve a decir por no saber cómo decirlas y se conforma con un abrazo. Pero Teo sabe que con los años lo que quedan son los recuerdos, y esta semana ha sido una generadora de ellos, todos buenos.
Teo duerme solo un par de horas porque su cabeza está llena de pensamientos y sentimientos. Pero Teo sabe que aquello, mal que bien, pasará y que en unos días estará de nuevo deseando que pase rápido el año para volver a ser feliz.
Teo, intentando explicar un poco todo lo que lleva dentro, se pone a escribir.

La terraza

Iñaki abrió la puerta y salió a la terraza. Allí estaba Emma, apoyada en la barandilla, mirando el cielo de Madrid desde un décimo piso.

— Guau, vaya vistas que tiene Nico. Si lo sé salgo a fumar antes.

— Sí ¿eh? — respondió Emma sin desviar la mirada.
Tejados de Madrid

Iñaki se acercó a la barandilla mientras se liaba un cigarro. Cuando terminó y se lo acercó a los labios, Emma le miró ofreciéndole un mechero. Iñaki acercó la cara mientras ella lo encendía. Por un momento la luz del mechero iluminó sus miradas. Iñaki sonrió un momento y Emma volvió su mirada al infinito del cielo sin estrellas de Madrid.

— No has avisado a nadie cuando has salido a fumar. — El tono de Iñaki era claramente interrogatorio, como si quisiera saber algo pero sin atreverse a preguntar mientras miraba, igual que Emma, a un punto indeterminado de los tejados de la ciudad.

— Ya…

A Emma sólo le quedaban un par de caladas. Cogió una lata de cerveza que había posada en la mesa en la terraza y echó el resto del cigarro dentro.

— ¿Te importa que me haga uno de los tuyos?

Iñaki giró la cabeza hacía Emma, que ahora le estaba mirando. “Claro que no”, le dijo, y mientras con una mano sujetaba su cigarrillo, con la otra buscaba en sus bolsillos el tabaco de liar, el papel y las boquillas.

— La verdad es que me gusta más ese que los cigarros hechos — Emma le observaba mientras él sacaba el material.

— ¿Y cómo es que tienes de los normales? — Iñaki preguntaba mientras le acercaba con la mano a Emma el tabaco.

— No suelo fumar, pero hoy me apetecía y sólo he podido encontrar en una puta máquina de bar.

— Vaya…

Iñaki se volvió a apoyar en la barandilla mientras Emma se hacía el cigarro.

— Puedo… ¿puedo preguntarte una cosa?

— Claro — La voz de Emma se distorsionaba con la boquilla que tenía sujeta entre los labios mientras liaba el cigarro.

— Cuando hablamos y te dije que si querías que nos viéramos algún día a solas… ¿Por qué no me dijiste que no directamente?

— Toma — Emma le devolvió el tabaco y mientras se encendía el cigarrillo, volvió a mirar al infinito, suspirando.

Emma exhaló esa primera calada muy despacio. El silencio duró dos caladas más.

— Mira, es que no se que quieres que te diga… — por fin arrancó Emma.

— No sé…

Volvió el silencio. Iñaki parecía que iba a decir algo pero en su lugar volvía a llevarse el cigarrillo a los labios. Durante un par de caladas ambos parecían sincronizados.

— Es que… a ver — comenzó de nuevo a hablar Iñaki — pensé que igual podía surgir algo, no es que quisiera quedar solo por eso, me caes muy bien y tal… pero si no querías me lo podías haber dicho… — Emma cerró los ojos y suspiró — que si hubiéramos quedado solo como amigos, pues guay también, no es que quisiera quedar exclusivamente si fuese a pasar algo, no soy de esos, solo que me pareció…

— Te pareció — le interrumpió — como siempre a todos, te pareció. Joder, tío…

— ¿Qu… qué?

— Ese es tu problema, tu puto problema y el de todos joder. Te pareció, te pareció, creías que, pensaste que.

— No… no te entiendo.

— Que me caías bien joder, pero siempre lo puto mismo, una tía es maja con vosotros y ya os creéis que está flipando con vuestra mierda de cara.

Iñaki fumó un par de veces. Su mano temblaba ligeramente. Su pié empezó a repiquetear en el suelo. Su mirada seguía dirigida al infinito de los tejados de Madrid.

— Pero… pero… — de nuevo Iñaki empezó a hablar, con la voz entrecortada — no es eso, yo… no… ya te digo… no era solo… no era eso… ya te digo que como amigos…

— Como amigos pollas, Iñaki. Como amigos hoy me hubieses saludado al entrar en la fiesta y habríamos estado de risas. Como amigos no hubieras esperado a que estuviera sola para asaltarme con esta mierda, como amigos — la voz de Emma comenzó a quebrarse — te darías cuenta que si no te dije nada es porque me resulta violento e incómodo rechazarte y esperaba que, como amigos, resultando evidente esto, no vinieras a joderme con el tema. Como amigos pollas en vinagre, Iñaki. Quieres lo que quieres y ahora vienes a intentar hacerme sentir culpable a ver si así cae algo. Sois todos puto igual. Amigos y una mierda.

Emma tiró el cigarro al suelo, consumido solo a la mitad, y lo pisó mientras entraba de nuevo en el piso de Nico.

Innecesario TOP discos de 2017

Otro año más, mi “top” de discos del año. Otro año más, algo totalmente innecesario y con nulo interés, pero que al fin y al cabo, a mi me gusta escribirlo. Como siempre, aviso por si aparece algún despistado, no soy crítico músical, no presumo de buen gusto, y me niego a llamar a esto “mejores discos del año” porque no va de eso. Para mi la musica es sentimiento, y aquí van los discos que más me han hecho sentir cosas en un año que, a parte, he sentido bastante poco.

Quizá os sorprenda que no mencione discos internacionales, por unas razones u otras este 2017 he escuchado bastante poco en internacional, y aunque hay discos que les atisbo un gran futuro en mis playlist (Slowdive, The Magnetic Fields, The National, Vince Staples, Wolf Alice…) no los he escuchado tanto como para ponerlos aquí.

TOP 4 Punsetes – ¡Viva!
En realidad no sé si este disco estaría como para entrar en mi top, aunque al final, debido al contraste con su anterior disco, le tenía que reservar un hueco. Lo escuché por primera vez totalmente escéptico esperando muy poco y me sorprendió gratamente. Desde luego no llega al nivel de “Una Montaña es una Montaña” que es mi preferido, pero tiene unos cuantos temazos que me han dicho mucho y que me han acompañado en muchos momentos este año, así que se merece este puesto.

Esa luz que estas perdiendo
es tu estrella y esta inerte
puedes fingir que es la primera
pero nadie va a creerte.

TOP 3 Xoel López – Sueños y Pan
De todos es sabido mi debilidad por Xoel, tanto en su anterior etapa como Deluxe como ahora con nombre propio. Y es que de alguna manera u otra siempre consigue emocionarme. Con su adelanto “Madrid”, ya me ganó. Pero al fin y al cabo eso es fácil, la mirada de Xoel en sus canciones es muy bella, más aún cuando habla de sitios en los que te puedes reconocer.

Y aunque tengo miedo a perderme en mundos raros
Siempre dejo piedras para poder regresar
A tu lado

TOP 2 Pablo Und Destruktion – Predación
Este disco me daba miedo escucharlo. “Vigorexia Emocional” me flipa tanto que veía difícil que estuviera a la altura, después de casi dos años que no pasara ni una semana sin escucharlo. Pero Pablo ha vuelto a hacer un discazo, redondo, en el que ni un sólo tema baja el nivel. Me es complicado quedarme solo con una canción. Suelo ponermelo en casa para gritar y mover el cuerpo de manera violenta (que no bailar) y poder así liberar un poco de lo que llevo dentro.

No todo en la vida es
comer viajar y follar
y no parar de hablar
y no parar de hablar…
que reviente occidente.

TOP 1 The Secret Society – Hacemos Ruidos Raros al Rompernos
Creo que desde el primer día que salió en septiembre, ya sabía que era mi disco del año. La primera vez que les escuché fue hace mucho, mucho tiempo en Fuenlabrada, mi ciudad natal, cuando tocaron en Las Noches Árticas, unos conciertos acústicos que organizaba un amigo. Pero no voy a negar que en aquel momento no les hice mucho caso. De vez en cuando escuchaba algún tema suyo, pero sin prestarle mucha atención. Y en algún momento de este año se cruzó conmigo su anterior trabajo “Peores Cosas Pasan en el Mar” de 2011 y me embelesó. Llegué hasta casi la obsesión. Pensé que al ser su último disco tan lejano en el tiempo, debían de haberlo dejado. Cual fue mi sorpresa cuando vi que anunciaban un disco nuevo este año.
Y así, emocionado lo pillé y hasta ahora no me ha dejado de emocionar a cada escucha. En estos tiempo de playlist, randoms y música rápida, es casi imposible no escucharlo de principio a fin, en orden, una y otra vez. No sé muy bien porqué, como os decía no soy ni un crítico ni un entendido, así que no lo puedo explicar, pero me parece perfecto no solo las canciones, si no el orden, la continuidad que tiene, las sensaciones que produce. Me ha acompañado en muchos paseos diurnos por Madrid, en muchas vueltas a casa de madrugada, y más de una vez he dado un par de vueltas de más para terminar de escucharlo al completo.
Si no lo habéis escuchado, reservad cincuenta minutos, apagad el teléfono, poneos el disco y volad.

Y tuve que soportar que se rieran de mí
por todos los accidentes de mi cuerpo.
No te asustes cuando veas sangre al cortarte con mis palabras

Documento sin título

Destellos corintos, desde el primer día, una y otra vez en tu cabeza. La risa, las conversaciones, la música, el vino que no era y esa sensación que ya no es de vacío. No aparece en ningún sueño. No es importante, apenas recuerdas ya ninguno.
Nervios, ilusión, el saber que no estás a la altura. Aún así no dejas de pensar en intentarlo, sin llegar a intentarlo.
Madrid, noche, otoño de calles vacías, luna llena, luces de escaparates, verjas cerradas. Noches de rojo intenso. Te pierdes inconscientemente para alargar el camino un par de minutos más. La vuelta a casa sonriendo, eligiendo tu banda sonora. Mañana tendrás Jet Lag.
No saber qué va a pasar, esa sensación que tanto te gustaba hace años y tanto te tortura ahora. Recuperar partes que creías perdidas o quizá perderlas para siempre.
The city, she loves me.
La espera, interminable, incómoda, con y sin esperanza. El deseo, el miedo, las estrategias, las palabras, las emociones, los lugares y los caminos.
¿Qué viene después? Todo debería ser fácil. Si no lo es, quizá es que nada tiene que pasar.
Destellos corintos, pupilas abiertas, historias que se cuentan, cervezas, copas, noches que deseas no tengan fin. Pero lo tienen y vuelta a la espera, al silencio, a noches sin dormir. Insomnio en el frío. Sigues alargando los caminos aunque sean solitarios. Piensas que piensas demasiado, nada bueno.
Al final la esperanza se quiebra, y no quedará más que el bonito recuerdo de lo que creíste que podía haber sido.
La desazón, el insomnio, el techo de tu casa, las fotos, la almohada mojada, el sabor a cerveza, la nariz roja, la tos, la banda sonora, el supercúmulo de Laniakea, el calefactor, el aire caliente, y el amargo sabor de las palabras en tu cabeza, “no tenías que haberlo intentado”.
Y aún con todo, agradeces volver a sentirte vivo. Volver a sentir.

Los mejores años se acaban

Los mejores años se acaban. O quién sabe, igual ya se han acabado y esto es solo la estribación.
Al menos es todo lo que me indican las señales. He pasado un festival que es ya una tradición y aunque lo he disfrutado muchísimo (sigue siendo como casi siempre, año tras año, el mejor fin de semana de la temporada), hace ya un par de años que siempre noto que falta algo. Y la conclusión a la que llego al final es que realmente, no falta nada. Todo es igual o como poco, similar. Soy yo el que ya no es el mismo. Ya no sé disfrutar tanto de las cosas. Se me ha olvidado. Me he vuelto un viejo huraño que acaba quejándose de todo lo que no salga según lo previsto… O según quiero.
Lonely
O igual es que sé que todo esto es solo un pequeño, minúsculo, paréntesis en una vida monótona y aburrida sin ningún aliciente. Hace un par de años creí haber encontrado ese aliciente, aquello por lo que luchar. Me creí todo eso de luchar por tus sueños y resultó que cuando se cayó en pedazos, me dejó con la mirada de los mil metros y creo que todavía no he superado el golpe, golpe que me dejó en ese ciclo de monotonía del que no creo que sepa muy bien como salir.
Y entonces echo de menos cuando hacía cosas que merecían la pena. Miro fotos antiguas cuando estaba en una asociación juvenil y no puedo más que estar al límite de las lágrimas. Tantos años luchando por algo de lo que ya solo queda un recuerdo intermitente, que se acrecenta cuando voy a ver a la gente que queda allí, en la asociación, al festival que hacen para sacar dinero para el campamento. Es bonito ver que todo lo que pudimos construir aún sigue allí, y a la vez duele porque posiblemente fueron los mejores momentos de mi vida y ya nunca van a volver.
Y me pregunto “y ahora qué”, y a veces no encuentro respuesta y otras encuentro la que no me gusta, porque no depende de mí.
La vida, que movida tú, ¿eh?

…No has cuidado nada
lo que querías
solo te importaba
seguir corriendo
y es mejor que lo hagas
por otros sítios
Los mejores años se acaban…

Soy machista

Soy machista. Y si estás leyendo esto es casi seguro que tú también. Y cuanto antes lo asumas mejor.
Vivimos en esta sociedad machista, racista y homófoba y cualquiera que hayamos crecido en ella, por muy bien que nos hayan educado, tenemos estas taras. No voy a entrar en análisis que vais a encontrar mil veces mejor razonados a nada que busquéis un poco por internet, pero como con las drogas, el primer paso es asumirlo.

Paris 2017

Denis Bocquet @ flickr



Somos machistas, y nunca vamos a dejar de serlo. Pero podemos poco a poco intentar identificar todos esos comportamientos asquerosos que vemos como normales, y poco a poco ser conscientes antes de perpetuarlos y evitarlos. Hace algunos años yo siempre decía que no era machista, para nada, mientras cosificaba mujeres, me reía de cuerpos no normativos e incluso acosaba, porque aquello era el “amor” que nos enseñan en las películas. Me quedaba sentado mientras las mujeres de la familia preparaban/recogían todo en navidad, me parecía normal tocarle el culo a las chicas de la clase e incluso era normal frivolizar sobre violaciones, y no parecía nada malo eso de “si te la quieres llevar a la cama emborráchala”. Incluso creía que existían cosas como la “friendzone” o cualquier nombre que queramos darle, esa pueril expresión que viene a ser que si eres bueno, amable y amigo de una chica que te gusta, esta te debe por lo menos un polvo, porque si no para que, si no es para follar se ve que la tratarías como a una mierda.

No estoy orgulloso de ninguna de esas actitudes y por eso trato de corregirlo, y casi cada día acabo identificando algún comportamiento machista aún enquistado difícil de extirpar. Pero no, aquí no soy, o somos los hombres, los protagonistas. No vayáis a tener pena de un hombre porque “ay como sufro cuando me doy cuenta de lo machista que he sido”. Aquí las víctimas son esas chicas a las que acosan por la calle y llegan llorando a casa, esas chicas que en cualquier situación en la que superen a un hombre “es porque se han debido de poner de rodillas”, esas chicas a las que un tío barbudo y lleno de pelo les llama guarras por no depilarse, esas chicas que no se atreven a volver solas a casa y aún así algún tontopollas silba por la calle cuando las ve asustadas, a todas esas chicas a las que violan ya sea emborrachándolas, no aceptando un no porque “si has llegado hasta aquí es que quieres”, quitándose el condón en mitad de una relación porque “no pasa nada ya verás”, a esas chicas que las culpan por ser la víctima, que les dicen en la comisaría “¿pero estás segura de denunciar? mira que luego si no lo demuestras es peor para ti”, a todas esas chicas maltratadas física y emocionalmente que tienen que escuchar “es tu culpa, tendrías que haberlo visto venir” o “eso te paso porque te gustan los malotes”. Ellas son las que viven en la cultura de la violación donde cualquier cosa que no sea “callejón oscuro y violencia” automáticamente deja de ser violación, llegando incluso a romantizar esas relaciones forzadas (cosa que podemos ver en un montón de productos audiovisuales de nuestro tiempo, por ejemplo).

Y tantas otras situaciones que no caben en estas líneas y que ni si quiera puedo llegar a imaginar porque en mi burbuja machuna jamás he imaginado que puedan existir. Mi siguiente “objetivo” además de seguir identificando comportamientos machistas que estoy seguro que aún tengo, es conseguir de una vez ser capaz de alzar la voz cuando detecto estos comportamientos en mi entorno. Siendo una persona extremadamente tímida y que siempre ha rehuido el conflicto, me cuesta horrores meterme en discusiones que sé que van a acabar mal porque normalmente cuando a alguien se le evidencia un comportamiento machista, su respuesta es el ataque (de nuevo, no me salvo, también lo he hecho yo e incluso ahora a veces me sorprendo en ese mismo comportamiento), y los ataques no los llevo muy bien. Pero seguiremos intentándolo, este texto es una primera aproximación y aunque se que la respuesta de muchos tíos será “yo no, yo no, yo no”, sinceramente, os la podéis ahorrar porque me resbala. Intentad revisaros un poquito y quizá algún día la respuesta sea “yo no, yo no, yo… espera, igual… sí”.

Perfección

¿Alguna vez habéis visto a un niño que intenta colorear un dibujo y se frustra cuando no le sale bien? ¿Habéis visto como se cabrea, como se enfada por no ser capaz de hacerlo perfecto llegando hasta el llanto? Da igual que sea bonito, que esté bien bajo tus parámetros, ese niño será inconsolable hasta que se olvide de aquello que él cree que hizo mal.
Hamster - Kids Drawing
Toda una vida buscando la perfección en las cosas importantes y ahora veo como se me ha ido escapando de los dedos todo lo imperfecto que me podía haber hecho feliz. Las películas, las canciones, los libros que nos han hecho creer que su versión idealizada de las relaciones es lo normal, aquello a lo que debemos aspirar. El realismo y el posmodernismo me pilló demasiado tarde y no consiguió sacar la espina que ya tenía clavada en el corazón.
Y como sangra.
La perfección o la inacción, y así pasaron los días, los meses y los años, y ahora no puedo quejarme de ser juzgado con el mismo estándar por mucho que joda. Busqué la perfección y no me planteé que yo nunca la he ofrecido.
El amor no es El Diario de Noah, el amor es Drive. La amistad no es Friends, la amistad es Clerks.


Hago lo que puedo pero puedo poco
nadie va a sacarme de esta situación,
sin embargo pienso que si nadie me ayuda
mucho menos voy a ayudarme yo.

Por fin

Suena la sirena. Tienes que entrar un día más en clase. Ves a tus compañeros pasar por la puerta del edificio, pero tú esperas un poco, no pasas con ellos. Sólo caminas hacia la puerta del colegio cuando ya han entrado todos. Más de una vez te has llevado una bronca de algún profesor por llegar tarde, pero hoy es difícil que pase. Es, por fin, el último día de clase. En tres meses empezarás el instituto. Llevas años esperando este día, y este último año se estaba empezando a convertir en interminable, en un agujero negro del tiempo. Pero por fin, sólo unas horas más y ya habrá terminado. Llevas ya tiempo repitiendo el mantra. Sólo un mes más, sólo una semana más, sólo un par de días más. La cuenta atrás llega hoy a su fin.

Es probable que la mañana de clases no sea más que recoger las notas y poco tiempo después acabe. Es más que seguro que podrás volver a casa pronto. Por la tarde los profesores han preparado una especie de fiesta para todas las clases de tu curso, a modo de despedida. Pero ya has decidido que no vas a ir. Lo decidiste en el mismo instante en el que dijeron que no iba a ser obligatoria. “Sólo un día más” te vuelves a repetir cuando cruzas la puerta de clase.
Te sientas en tu sitio. El tutor aún no ha llegado y todo el mundo está fuera de sus pupitres, hablando, contándose que van a hacer en verano, quedando para ir algún día al centro comercial o preguntándose si coincidirán en el instituto.
fighting
“Eh, empollón”, escuchas un grito desde el otro lado de la clase. Es Ricky, por supuesto. Te reprochas no haber llegado lo suficientemente tarde. Ves como se acerca a ti con una sonrisa. “Tú, gordo, gordo, ¿a que instituto vas a ir al final?”. Agachas la cabeza y notas como se te acelera la respiración. Cuando Ricky llega a tu lado, sientes su mano con fuerza en tu cuello. Notas la mirada de todos tus compañeros. “Respóndeme cuando te hablo, gordo gilipollas”. Consigues, no sin esfuerzo, arrancar tu voz.

– Al Lope de Vega… – dices, aunque no estás seguro de que tu voz se haya escuchado fuera de tu cabeza, como a veces te pasa cuando estás tan nervioso.
– Joder, que hijoputa, voy a tener que buscarme otro pardillo para copiarme de sus deberes.
Ricky termina su frase dándote otra colleja. Sigues con la mirada dirigida al suelo, pero escuchas a tus compañeros reírse y sabes que alguno de ellos estará señalándote. Ricky se da la vuelta y vuelve al otro lado de la clase riéndose, y tu respiras aliviado. Un rato más y podrás irte de ahí para no volver nunca.

No ha sido fácil conseguir poder escapar de las garras de semejantes despojos humanos. Sobretodo de Ricky. Siempre has sido muy observador y siempre escuchas cosas interesantes mientras la gente no sabe que estás ahí. Pero te costó poder captar una conversación en la que Ricky dijera claramente que institutos había solicitado en su preinscripción. Pero al final lo conseguiste y así hiciste la tuya, eligiendo un orden de preferencia totalmente opuesto al de Ricky, para maximizar la posibilidades de no acabar a su lado durante mínimo, otros cuatro años más. Cuando te buscaste en las listas de admitidos en cada instituto, tu corazón se aceleró mucho más de lo normal desde el momento en el que te encontraste en la lista y hasta el momento que conseguiste deducir que Ricky no estaba en la misma. Entonces respiraste aliviado. Tal fue el alivio que te mareaste y tuviste que sentarte allí, en la puerta del instituto. Y tanta fue la suerte, que parecía que no ibas a coincidir en el instituto con casi ninguno de tus actuales compañeros. Aquel día fue el más feliz de tu vida.

Pero aún te queda superar este último día. Un rato más. Tranquilo, ahora llegará el profesor, os contará cuatro cosas y dentro de poco podrás echar a correr sin mirar atrás.
Cuando llega Javier, tu tutor, todo se silencia y tus compañeros se colocan en sus pupitres. Ya estás a salvo.

Se suceden un desfile de profesores hablándoos de como será el instituto y de lo importante que será en vuestras vidas y deseándoos mucha suerte y blablabla. Apenas logras escuchar a ninguno de la emoción. Tus notas como siempre han sido excelentes, pero es lo que menos te importa. Quieres salir de allí lo antes posible.
Finalmente llega la hora del recreo, o lo que sería la hora del recreo de un día normal. Pero hoy os dejan marchar a casa. Metes el papel con las notas en la mochila lo más rápido que puedes. Por fin, ya llegó, el momento en el que jamás volverás a ver las caras a los bastardos de tu clase.

Te levantas y te diriges hacia la puerta de la clase, pero una mano agarra tu hombro. Es Ricky. Sabiás que algo así podía pasar. Intentas forcejear para librarte del agarre, pero delante tuya se ha colocado el séquito de Ricky. Sus tres colegones en los que siempre se ha apoyado para creerse superior. Ves como el resto de la clase sale por la puerta sin siquiera reparar en ti o, lo más probable, haciendo como que no repara en ti. Uno de los bastardos que te impide la salida, cierra la puerta cuando el resto de compañeros ha salido.
“¡Dejadme en paz!” te escuchas gritar, aunque de nuevo no sabes si aquella voz se ha quedado sólo en tu cabeza. Intentas gritar no ya para que te dejen, si no para lograr que algún profesor que vaya andando por el pasillo logre escucharte. Pero no parece dar resultado. Nunca lo ha dado.

– Mira, mejor te callas, si solo queremos despedirnos de ti. Te metemos en el armario y cuando nos vayamos, pues ya podrás salir. ¿Ves? Si es solo eso, una despedida.

Escuchas como Ricky te habla como un viejo amigo. No es la primera vez, siempre ha tratado de manipularte. Hasta hace no más de un par de años atrás, lo conseguía. Te insultaba y te pegaba para luego invitarte a los recreativos o a jugar al balón, y tu creías entonces que aquello era normal. Pero hace ya tiempo que aprendiste a no hacer caso, que era mejor estar solo y sin amigos a que te maltrataran para sentirte parte de algo. Fue entonces cuando la violencia repuntó. Pero nunca te echaste atrás. Tampoco se lo dijiste a tus padres ni a tus profesores, porque pensabas que entonces sería peor. La única salida era este día, el último de colegio. Pero parece que no te lo van a poner fácil.
Ahora te sujetan entre los tres bastardos, y notas como en el forcejeo tu cara se pone roja. Intentas zafarte de ellos, pero son tres y te pueden. Ricky se ríe y dice que es más fácil si te metes tu solito en el armario, que entonces te dejarán en paz.

Te sorprendes gritando que más les vale dejarte. Esta vez si tienes claro que tu voz se ha escuchado porque la respuesta de Ricky es inmediata, “¿Eso es una amenaza?”. Uno de sus adláteres se ríe señalándote, “Mira el puto gordo, se ha puesto rojo, parece un cerdo”.
Ricky te coge de la camiseta y empieza a tirar de ti hacia el armario, mientras los otros tres te empujan agarrándote de los brazos. El gran armario verde para dejar los abrigos en clase, ahora vacío, es donde quieren meterte. Pero no les vas a dejar, esto se ha terminado.
“Vale ya”, un grito agudo, gutural, sale de tu pecho a la vez que te zafas de los brazos de los amiguitos de Ricky. Ya sólo te agarra Ricky por la camiseta, y notas como si tus venas llevasen fuego por dentro, como si tu cabeza estuviera a punto de estallar. Te quedas parado un par de segundos. Tu cara y el último grito que has dado han debido de dar miedo, porque Ricky ha dejado de reírse y ahora su cara tiene una expresión que parece de miedo. Sigue agarrando tu camiseta por el pecho, pero se ha quedado congelado.

De repente, después de un par de segundos, Ricky levanta un puño amenazante, pero esta vez no te estás quieto. Sólo quieres irte a tu casa, y no quieres recibir ni un solo golpe más. Eres más rápido que Ricky y consigues empujarlo dándole con tus dos puños a la vez en su pecho. Ricky da dos pasos rápidos hacia atrás a causa del empujón-puñetazo y empieza a caer de espaldas. Su cabeza golpea contra la esquina de un pupitre y acto seguido Ricky cae al suelo.
Aprovechas para salir corriendo. Sales de clase, del colegio, y corres hasta tu casa. Pasas rápido hasta tu habitación, con lágrimas en los ojos. Tu madre te pregunta que es lo que pasa, pero tu no dices nada. Cree que es por las notas y le gritas que no y le enseñas el papel con todo sobresalientes. Ella te pregunta una y otra vez, pero no sabes que decir. Pasado un rato, alguien llama a la puerta y tu madre va a ver quien es.

“Pero… pero… ¿Qué has hecho?” escuchas balbucear a tu madre. “La policía… ha venido y dicen que…” escuchas como su voz se rompe, y tu empiezas a llorar, sonriendo.
Por fin ha acabado todo, para siempre.

El movimiento infinito (pongamos que ando por Madrid)

Hace frío, mucho frío, pero aún así las luces anaranjadas de las farolas se reflejan en el brillo de mi frente. Hace una hora que he salido de trabajar, y me queda casi otra hora y media para llegar a casa. Y me da igual. Cuando sientes que has perdido todo (enfatizo el “sientes”, que no quiere decir que lo haya perdido de verdad) y que el tiempo no es más que otra variable que hay que dejar pasar hasta que en algún momento llegue a una vía cerrada, ocuparlo en moverse de un lado a otro, de la forma más lenta posible, no es tan mala idea.

No tengo nada mejor que hacer, ninguna prisa en llegar a casa para encontrarme otra noche más con mi devota soledad. Llegar a un lugar que por alguna razón ya no puedo llamar hogar.
Andar desde el punto X hasta el punto Y durante casi tres horas, escuchando un programa de radio o algún disco, tampoco es que vaya a llenar ese vacío, pero desde luego que hace que olvide que me espera acechante en las sábanas heladas. Andar se está convirtiendo, poco a poco, en mi única casa.

Madrid

Es bonito andar por el Madrid en el que no pasean los curiosos con cámaras de fotos, en el que aún no ha llegado la burbuja de los apartamentos turísticos. El Madrid que aparece en las plazas con viejos sentados apoyados sobre su bastón, al lado de las bolsas de la compra hecha en el mercado del barrio, el Madrid de niños volando en columpios, ese Madrid en el que la gente se conoce y se saluda cuando se encuentra por la calle, ese en el que las cafeterías no son gastrobares y las barbas se ven sólo en la gente que le da pereza afeitarse. Ese Madrid que parece que ya no existe cuando te mueves por el centro, el Madrid agazapado intentando que no le veamos los que no somos autóctonos, para que no le pervirtamos la esencia.

Aún hay gente que ríe, que va de la mano, niños que juegan despreocupados, padres que van a un mercado donde no hay ningún puesto de cerveza artesanal ni de sushi.
La gente parece feliz en ese Madrid guardado de los ritmos infernales del centro. Y mientras, yo sigo andando para regresar a mi estudio de soltero en el centro, a mi nevera con media lechuga y una lata abierta de maíz, a los libros que ya no caben en la estantería repartidos por todos lados, al termo de agua caliente que no permite más de cinco minutos de ducha, al congelador atestado de sobras, al desorden que no soy capaz de adecentar.

Sólo unos pasos más y podré regresar a mi vida de cómodas raciones individuales, donde podré cenar solo una vez más, viendo la última serie de moda, donde recordaré que no necesito a nadie, que ya no necesito nada. Y me olvidaré de Madrid, mas nunca me olvidaré de andar, para poder descubrirlo cada día.