Oct 08

Romper un silencio así ya tiene perdón


“Y un aplauso, ¿salimos o no? ¿Seguimos o no?”

Y dieciocho años después la respuesta ha sido finalmente no. Standstill se separan y no por previsto deja de ser algo triste-pero-no. Triste claro, porque lo que ha sido tanto para mí ya no está. Pero mejor eso que llegar a escuchar un día una canción y pensar que ya no son lo que fueron y que debían haberlo dejado hace tiempo.

Creo que hay pocas personas que entiendan lo que Standstill, su música, su actitud, han significado en mi vida y estas palabras no son más que un intento de expresarlo. Creo que no muy acertadamente, pero necesito intentarlo.

El sábado tres de octubre, Standstill empezaba su último concierto con una emoción que provocaba ojos vidriosos en Enric y el resto del grupo. “Si no paráis, no vamos a poder hacer esto” decía Enric emocionado como nunca le había visto en un escenario. Al terminar la ovación empezaban con “1, 2, 3, sombra”, el primer tema del disco que labró el principio de su éxito apabullante. Seguido de la que para mí, es su mejor canción, “Poema nº 3”.


“Es difícil de mirar, de explicar que vi el desastre, avanzando lentamente, negociando con mi suerte y no lo pude esquivar…”

Poema número tres, esa canción que escuchaba por primera vez en el Festimad de 2004, sin saber aún lo que iba a significar para mi, ni esa ni ninguna de esas canciones nuevas que tocaban allí. Yo tenía diecinueve años y por mucho que me gustasen Standstill no podía ni imaginar en cuantos momentos me iban a acompañar aquellos temas. Cumpleaños, amores, rupturas, crisis de ansiedad…

Siguió el concierto de despedida con temas de su último disco. Ese que muchos han dicho que no ha sido muy acertado y que siguiendo por ese camino, era normal que se separaran. Que equivocada está toda esa gente. “Dentro de la luz” ha sido un paso más en la evolución de Standstill. ¿Debía ser el último? Eso no es una decisión que deba tomar nadie salvo Standstill.


“Escondiendo esa pena insondable de quien ve demasiado, y no puede mentir, y aún así sonríe como un niño…”

Recuerdo que cuando salió el disco yo era de esos, que bueno, que después de “Vivalaguerra” y “Adelante Bonaparte” aquel disco parecía un bajón. Entonces llegó el Sonorama 2013 y Cénit. Aquello fue más que un concierto. Aquello fue algo más allá de los sentidos. Aquel momento fue un mantra que se mantuvo en lo más hondo de mi corazón tanto tiempo que no pude negar que aquel disco había rebasado los límites de la música y que no estaba completo sin haber disfrutado, al menos una vez, de aquel espectáculo en directo. Recuerdo que después tocaba Maga y The New Raemon y que por mucho que me gustasen, tuve que parar, no ir a verlos y reposar un poco. ¿Alguna vez habéis necesitado un tiempo de readaptación a la realidad después de asistir a un concierto? Por eso Standstill, para mí, van más allá de haber disfrutado mil veces con sus discos. Con Standstill he reído y he llorado, he abrazado, me he besado y me he enfadado. Que nadie venga a decirme que esto es sólo música porque lo siento, aquí no hay opiniones que valgan.

Retomando el concierto de despedida, siguieron con varios temas entre Bonaparte y Vivalaguerra. Y de nuevo los recuerdos iban más allá de simples conciertos. “Rooom” y “1, 2, 3, sol” son los dos espectáculos que, tengo que volver a decirlo, tuve la suerte de disfrutar en sendos pasos por Madrid. Con Vivalaguerra hicieron dos fechas de 1,2,3 Sol en Madrid y yo asistí a la primera de ellas. Me dejó tan descolocado que si no hubiese sido porque ya no había entradas, hubiese vuelto al día siguiente. Estábamos en el jardín de la casa de América, después de ver los teloneros de los que para bien o para mal, no guardo ningún recuerdo. No sabíamos muy bien que iba a pasar porque allí no parecía estar nada montado para Standstill y desde luego, nada para un espectáculo que se suponía íbamos a ver. Entonces apareció Ricky Lavado con un camping gas. “¿Me seguís por favor?” y nos dirigimos detrás de él hacia uno de los sótanos. Allí se colocó tras su batería en un extremo. En los otros extremos estaban el resto de Standstill y el público nos sentamos en el centro, entre ellos, en el suelo. Yo me quedé justo delante de Enric.

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Y por primera vez me hicieron sentir un pinchazo en el corazón… sin ni siquiera tocar una nota. Los primeros diez minutos de aquel concierto consistieron en la proyección del video “ex-Standstillders” donde antiguos miembros del grupo de su etapa hardcoreta relataban historias y razones para haber dejado aquello. Y así, con el corazón en un puño (no sé si podéis ver el video por internet, está el el DVD de “Diez años y una zanahoria”) empezaron a tocar los temas de Vivalaguerra, añadiendo al final, como no, Feliz en tu día, Poema nº 3 y alguno más de su disco homónimo ya en formato concierto normal, en un pequeño escenario que había en un rincón. Me gustaría explicaros lo que fue aquello, pero no puedo. Porque soy horrible describiendo sentimientos y lo que pasó en el sótano de la casa de América no se puede explicar con palabras.

Y con todos estos recuerdos, Standstill se despedían por primera vez. Apenas llegaban a la hora de concierto y habían salido muy rápido, todos sabíamos que iban a volver al escenario pero aún así coreamos su nombre, gritamos, silbamos y aplaudimos. Pero nadie se esperaba la sorpresa que tenían preparada. Empezaban los acordes de “Dead Man Picture” y mi corazón empezaba a latir tan rápido y tan fuerte que pensé que me iba a morir allí mismo. Y vaya forma de morir, no puedo imaginar una mejor. No podía ser más feliz en ese momento, o eso creía, cuando pensaba que aquel tema iba a ser un paréntesis y que regresarían a su repertorio en español con el siguiente tema. Y lo que siguió fue Let Them Burn, Two Minutes Song y dos canciones que me han acompañado tantísimo a lo largo de mi vida que no pude más que gritar con lágrimas en los ojos y lamentarme al día siguiente por las agujetas en el cuello. Ride Down The Slope (el gran principio de Memories Collector) y el momento donde supe que estaba viviendo una de las mejores noches de mi vida, Always Late.


“Don’t tell me about good reasons, let me heal myself
Anyway, tell my what’s the question?”

Era el año dos mil tres. Asistía por segunda vez en mi vida a un festival, el Festimad de Móstoles con dieciocho años. Yo era el típico metalero poser de aquellos años, con pelo largo, cadenas, collares de pinchos, vaqueros anchos y escuchando System of a Down, Rammstein, Hamlet, POD y otra serie de grupos bastante mediocres. Me flipaba la música, pero nada más. Aquello no tenía nada que ver con lo que sentía o dejaba de sentir como persona. Entonces asistí al concierto de Standstill, por consejo de alguien. No recuerdo exactamente quién fue que me los recomendó aunque estoy seguro que fue una de las dos personas más importantes en mi vida.

Debía de ser poco antes de que sacaran su disco homónimo y su setlist aún era casi completamente (o así lo recuerdo) de su etapa hardcore. No voy a mentir, no voy a decir que aquel concierto me provocó ninguna epifanía que cambió mi vida. Sería bonito para contarlo ahora, quedaría más guay, pero no fue así. Lo que pasó es que hubo algo en aquel concierto que me tocó. Aquello no era música burra sin más como lo que yo escuchaba. Había algo detrás que me llamaba. No sabía lo que era pero lo necesitaba. Y así me acerqué el mismo lunes después del Festimad a la tienda Tipo de Fuenlabrada, donde solía pasarme horas mirando CDs, para preguntar por aquel grupo que tanto me había llamado la atención.

El dependiente me contó que Standstill eran un grupo de Barcelona y que por aquel entonces tenían dos discos, que no los tenía en la tienda pero que podía pedirlos si dejaba una señal, y que si me gustaban como para comprar sus dos discos sólo conociéndolos en un concierto, debía de tener muy buen gusto porque, me contaba, Standstill tenía el mejor directo de la escena hardcore en España. Y así poco después empecé a escuchar The Ionic Spell y Memories Collector. Un tiempo después gracias a Soulseek encontré que tenían un primer EP de el que el dependiente de Tipo no me había hablado, The Tide.

Después de otra breve pausa, Standstill volvían al escenario para seguir con repertorio en español. Enric contaba, casi disculpándose, que el HxC era como habían empezado, que era parte de ellos y que en un concierto de despedida tenían que hacer lo que acaban de hacer. En ese momento me pareció que sobraba esa explicación, pero es cierto que el público de su última etapa es un público renovado de gente que escucha pop, indie o como lo queramos llamar, más que público evolucionado y reconvertido de su anterior etapa. En mi caso, soy de ese segundo grupo y no me hacía falta ninguna explicación porque sigo disfrutando de todos sus temas sin importar idiomas o estilos.

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Standstill ha sido siempre un reflejo de mi vida, que a su vez se reflejaba siempre en la música que escuchaba. Standstill evolucionó, del inglés al castellano, del hardcore al “””indie”””, de las letras directas y rabiosas a traducir esa rabia en construcciones más complejas. Casualmente o no, según Standstill iban cambiando yo iba cambiando. Sería muy atrevido decir que ellos son los que provocaron en mi esos cambios, pero lo que sí es cierto es que me enseñaban que la emoción no entendía de estilos, de anclarse en el pasado y de quedarse estático.

Con todo puedo decir que el concierto de despedida ha sido el mejor concierto que he visto de Standstill (Y no han sido pocos… ¿Quince? ¿Veinte?) porque Standstill siempre ha sido más sentimiento que música y esta vez la sala estaba a rebosar de sentimientos por parte de la banda y el público.

Y así es como siento transformarse un trocito de todo lo que he sido. No digo desaparecer porque Standstill nunca ha ido de borrar lo que fue y todos los recuerdos que lo componen. No me cabe duda que a parte de todos los proyectos que ya tenemos por parte del resto de miembros (Como por ejemplo, Egon Soda), Enric tendrá algo entre manos que volverá a hacernos sentir cosas que no sabíamos que llevábamos dentro.

Gracias Standstill por todo lo que me habéis dado, muchas veces a costa de vosotros mismos.

Gracias.


“Tanto que hacer aún ahí fuera…”

Feb 23

Perth

Park Bokeh
Siempre he estado en el lado más triste de la cama. En ese en el que las noches pasan más despacio, casi sin pasar. En ese lugar en el que lo más excitante que te mantiene despierto es un tirón en la espalda, en el omóplato, con la caja de ibuprofeno vacía y sin farmacias de guardia. Donde no lloran los niños ni ríen los adultos. El lado triste de la luna, el lado iluminado. Con banderas que apenas resisten la no-gravedad.
Latas de cerveza al lado de la cama, en la mesilla, en la mesa, en el suelo, en la cocina, al lado del ordenador y en la bolsa de basura que debí bajar hace tres días. El camión ya sólo pasa dos días a la semana. El resto de días hay que convivir con el alumínio. Con la basura. Con Diógenes. Con el lado más triste de la cama. Justo al lado de los bordes roídos de pizza.
Llévame al bosque donde no existe nada, donde todo es una broma de mal gusto, donde aún se pueden escuchar sirenas cantando en latín, gimiendo, gritando, comiéndose las uñas. Llévame al lado oscuro de la luna. Llévame al lado más triste de la cama.

Dic 17

A la deriva

Driftwood on Japser Lake
Abre una cerveza a las ocho de la mañana del domingo. Ocho. Mañana. Domingo. Abre una cerveza y pone alguna canción triste y mala en repetición infinita. No se siente demasiado mal por esa cerveza tan pronto en la mañana. Si la última copa te la tomaste a las seis y aún no te has ido a dormir, esa cerveza no es desayuno, es mantenimiento. Y eso es legal, ético y moral. El desayuno es para cuando uno se despierta.

Agradece no tener los ingredientes para enchufarse un bocadillo de lomo con queso. Eso sólo le haría estar un poquito más gordo de lo que ya está, un poquito más gordo de lo que le ha hecho la cerveza y la ansiedad. Un poquito más lejos de ser alguien que le guste a otra persona. En realidad, piensa, le da un poco igual. Lo mismo da un poco más de grasa por aquí o por allá. Al final resulta que es verdad eso de que la belleza está en el interior, y él es jodidamente feo. Feo y asqueroso. La canción triste vuelve a empezar, y él da un trago de la cerveza.

Mira la pantalla del teléfono no sabe muy bien porqué, que espera encontrar. Nada, claro. La pantalla está en negro, como si no tuviese batería. Que la tenga o no es algo irrelevante. El estado del teléfono es el mismo. Piensa que debería de hacer limpieza de contactos. Al fin y al cabo, por lo menos una decena son nombres de los que después de guardarlos no ha vuelto a saber nada. Y otros tanto de los que ni siquiera recuerda una cara. Pero no los borra por si acaso. ¿Y si un día recibe algún whatsapp y no sabe con qué nombre dirigirse a la susodicha? Vuelve a empezar la canción triste y los restos de la cerveza están ya calientes. Mejor, piensa, abre otra.

Piensa, piensa hasta que casi le duele la cabeza, qué es lo que ha hecho mal esta noche. Qué es lo que hace mal todas las noches. La respuesta fácil está delante de sus narices: todo el mundo es gilipollas. La respuesta difícil implica pensar sobre la actitud que ha llevado durante toda su vida. Por eso, claro, es la difícil. Se pregunta, una y otra vez, que ha fallado para que esa chica le de su teléfono, le acompañe a casa a las putas ocho de la mañana, y aún así no se haya quedado. Ella es gilipollas, la respuesta fácil es la que gana. Porque la respuesta difícil lo que implica es que el gilipollas es él. Y aunque en el fondo sepa que eso es lo que realmente pasa, se calla. Un poco absurdo ¿verdad? Se calla en un conversación consigo mismo, pero así es él. Se calla y maldice todos esos teléfonos de los que nunca volvió a saber nada. Y no volverá a saber nada de ningún número que lleve encima o de ninguno que pueda conseguir en el futuro. Tampoco es que quiera hacerlo. Seguramente si alguna le dijese “hola”, en ese momento borraría el número.

Porque eso no es lo suyo. Porque necesita la perfección, y si no cree tenerla entre las manos nunca podrá luchar por ella. Porque un polvo está bien pero ya no es lo que busca si no viene acompañado de algo más. El qué, aún no lo sabe. Y como no sabe qué es, no lo busca.

Y así, a las nueve de la mañana, se fuma un cigarro mirando por la ventana a un sol que no termina de salir. Da un último trago a la cerveza, para la canción triste y se acuesta después de cerrar las persiana. Se va a dormir deseando soñar con una luna llena que hace mucho que no se le muestra.

Oct 10

Retales de Japón

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30 de agosto,
Madrid.
Perdido (vuela),
un mar de piernas, shorts y faldas cortas (vuela),
demasiado aire acondicionado o demasiado poco (vuela),
las veo pasar; mirar pero no tocar (vuela),
Madrid, agosto, calor (vuela),
mira, todo lo que quieras, pero no toques (vuela).

11 o 12 de septiembre (Dependiendo de huso horario)
Boeing 777 Air France, sobrevolando Siberia.
Dos oportunidades que me demuestran lo que llevo meses diciendo. Acabaré convirtiéndome en la loca de los gatos.
Me atrevo a hacer un viaje a la otra puta punta del mundo y no soy capaz de articular más de un saludo para saber que me puede ofrecer mi ración individual de amistad. No soy capaz, pero mientras lo escribo. Ole yo. Quizá la solución a mi pavor a empezar una conversación, sería hacerme pasar por mudo. Así podría llevar siempre un cuadernito como este y hablar a la gente a base de notitas. La primera página diría algo así como “Soy mudo pero no entiendo lenguaje de signos”, no sea que nos llevemos una sorpresa desagradable.

12 de septiembre, 14:00.
Hikari Shinkansen entre Tokyo y Kyoto.

Shinkansen
“El hombre que no sabía dormir en los aviones”
El hombre que no sabía dormir en los aviones ahora estaba jodido. En los trenes sí que podía dormirse, y después de más de veinticuatro horas sin encontrar oniria, el sueño pega fuerte. El hombre que no sabía dormir en los aviones no se quiere dormir ahora porque seguro que se pasa la parada y esto no es el metro de Madrid.
El hombre que no sabía dormir en los aviones se siente un extraño y le gusta. Como dice Palahniuk, ser un hombre blanco de mediana edad te abre tantas puertas que aburre. Pero este no es su mundo de hombres blancos de mediana edad, es un extraño que destaca, un extraño que está muy perdido. Y le encanta.

13 de septiembre, 12:00
Santuario Heian, Kyoto.

Heian
Somos un setenta y cinco por ciento agua. Y quizá de ahí toda la fascinación, la atracción del ser humano por el agua. Queremos volver a lo que somos, al agua. La paz a la que se llega aquí, paseando entre y sobre el agua es parecida a la que siento cerca del mar, con las olas borrando las huellas. No sólo las mías.
Me parece fascinante la conexión con la naturaleza que se puede llegar a sentir en un entorno urbano. Aquí, hay algo, algo que no sé explicar por mucho que hable de aguas y mares. Así no voy a intentar explicarlo. Sólo vivirlo.

13 de septiembre, 22:00
Kabuki Guest House, Kyoto.
Creo que me estoy ajaponesando. Normalmente cuando, comiendo, alguien sorbe algo, en mi cabeza algo hace “click” y se me dispara una ira asesina desmesurada. Hoy he comido alrededor de decenas de japoneses sorbiendo como si lo fuesen a prohibir y oye, ni tan mal.

Ryoan

“A pedradas”
Ryōan-ji fue construido como una casa, para ser convertida años después en templo. Su mayor atracción es el jardín de rocas, que construyó el primer dueño de la casa. Se supone, se dice, que el jardín es como es y no de otra manera porque el dueño quería expresar algo, pero nadie sabe que es. La opinión más extendida es que es una representación de mar e islas. Demasiado sencillo ¿no? Pues bien, estando allí me he imaginado al tipo, rastrillando la arena de su jardín de rocas… y sólo con imaginar el sonido a mi cabeza ha venido la clara idea de olas chocando en orilla de una playa, ese suave sonido de fondo, casi ruido blanco… Me parece tan tan claro. Relacionado, por supuesto, con la idea que me rondaba esta mañana sobre la fascinación del ser humano con el agua.

14 de septiembre, 17:05
Fushimi Inari, Kyoto.

Fushimi Inari
Creo que me he pasado un poco. Me he hecho todo el monte Inari y ahora estoy chorreando sudor. La gente me mira raro. Bueno, más raro de lo normal aquí, que ya es. Antes de subir me ha pasado algo que podría calificar de lo mejor que llevo del viaje. Me ha asaltado un grupo de vejetes, que estaban practicando para su curso de inglés y que si podía perder un par de minutos para preguntarles algo. Así que, aprovechando que estábamos en Fushimi, he aprovechado para hacerles un par de preguntas sobre el sintoísmo que me han parecido curiosas estos dos días. Con la suerte de que los vejetes eran sintoístas y les ha hecho mucha ilusión.

“Turistas”
No soy turista,
soy viajero.
No hago fotos,
capturo momentos.
Vivo los viajes,
no los relatos.
No soy turista,
soy viajero.

15 de septiembre, 20:15
JR Terrace, Kyoto JR Station, Kyoto.

Kyoto Station
“Los depredadores de fotos”
Creo que soy el pionero en estudiar el comportamiento de esta peligrosa especie. Si bien hay documentación sobre ellos paralela a otros estudios, casi puedo asegurar que nadie ha hablado de ellos en profundidad. He pasado dos días rodeado, intentando pasar desapercibido, sintiendo una especie de miedo que nunca antes había sentido. Me es imposible describir el terror.
Da igual que sea con móvil, réflex, tablet. Cualquier intento de contemplar la belleza de algo durante más tiempo del necesario para tomar un par de fotos, les constará como una amenaza a su capacidad de pasarse un minuto pulsando un botón para irse corriendo a otro sitio y no dudan en aplicar estrategias de ataque pasivo como respirarte en el cuello o meter un poquito el codo para hacer sitio. La defensa es inútil, pero si se resiste los embistes durante un par de minutos, pronto se ponen nerviosos y corren a otro lugar donde dar más veces al botón de la cámara.
Es un comportamiento extraño pero no hay que olvidar que vivimos en una sociedad que lo que no quede reflejado en una imagen no ha existido. Por suerte aún quedan sitios como Sanjūsangen-dō o el castillo Mijo donde no aparecen. Está prohibido hacer fotos y eso les ahuyenta.

16 de septiembre, 11:10
Hiroshima Street Car, Hiroshima.
En los viajes siempre hay cosas que se cuentan y cosas que no. Los sentimientos en Hiroshima son de las que no.

16 de septiembre, 19:33
Shinkansen Hiroshima – Kyoto.

Miyajima
Ahí está en el pico de la segunda montaña más alta de la isla de Miyajima. El hombre que no sabía dormir en los aviones mira al mar, al olvido, a la distancia infinita, cuando de repente nota un golpecito en el hombro.
“¡Eh, tú!” Y el que habla es él.
– Así que subiendo en teleférico, ¿eh? ¿No sabes que eso es trampa?
– No tengo tiempo, ya sabes. Y aunque lo tuviese, sabes que ahora no sería capaz.
– Vaya excusa mierder.
– Es lo que hay.
– Es lo que hay y mira de lo que te ha servido. Ahora estas como una foca y sigues suspenso.
– Callate gilipollas.
– ¡Eh! ¡Eh! ¡No te insultes! ¿A qué vienen esas formas?
– Que te calles.
– En fin, haz lo que quieras, pero deja de aparentar que las cosas se te imponen cuando las eliges tú.

18 de septiembre, 11:43
Hikari shinkansen, Kyoto-Tokyo.

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No tengo muy claro que es, pero que en Kyoto en general y en los templos y monasterios sintoístas hay algo de espiritual y sagrado es irrebatible (sin ser yo nada de eso). Quizá por eso de que Sinto sea la propia naturaleza a la que hay que despertar antes de rezarle, de que todo lo sagrado esté completamente integrado con normalidad en la naturaleza.
Desde luego, esa “espiritualidad” o como queramos llamarlo no la he encontrado en los templos budistas. Ni anteriormente en ninguna catedral, mezquita o iglesia. Si bien los budistas son más impresionantes (como puede serlo una catedral), por contar casi todos con grandes y valiosas imágenes de las que carece el sintoísmo.

19 de septiembre, 23:26
Juyoh Hotel, Tokyo
No eres todo lo que dices
la fuerza no sólo se pierde por la boca.
Tienes el valor hasta que lo enturbia la realidad.
Deja de imaginar,
de pensar,
de contar historias que nunca vivirás.
Déjalo ya.
Para.

26 de septiembre, 20:53
Terminal internacional, aeropuerto Haneda, Tokyo.
Me encanta ver aviones despegar y aterrizar. Tan pesados y a la vez tan frágiles. Como una metáfora de… no sé. Sé que es una metáfora de algo peor aún no he encontrado el objeto.
Y aquí, a punto de despegar antes de lo esperado, la busco. Pero no se me va a ocurrir porque sólo puedo pensar en que cualquier viaje nos cambia hasta puntos que no sabremos hasta años después. Es lo único que me puede ocupar la cabeza. Tan cierto es que sé que viajes de hace mucho tiempo me cambiaron y me doy cuenta ahora. En este preciso instante.

Y el hombre que no sabía dormir en los aviones volvió a casa. Aunque quizá, el concepto de hogar cada vez sea más difuso.

Jul 15

Esto no es un relato

Esto no es un relato. Si buscas una historia, desde luego aquí no lo vas a encontrar. Porque esto, esto no es un relato. Quizá una serie de frases inconexas, que ni siquiera intentan ser bonitas, sea lo que sea eso de “frases bonitas”. Pero desde luego que esto no es un relato.
No va a haber ningún personaje más allá de lunas llenas que se clavan en corazones. Pero es que la luna no es ningún personaje, no al menos hoy, porque esto, esto no es un relato. Es posible que su luz, brillante, llegando casi a deslumbrar, te inunde en algún momento y te transporte hacia algún sentimiento. Mas no voy a ser yo el que lo busque, el que lo cuente, quien lo deje entrever pasando esquivo entre ramas de árboles para llegar a reflejarse en piedras inertes. No hoy. Ya sabes porque. Esto no es un relato.
Puede ser que en sueños los mosquitos te ataquen y acabes rodeado de esa especie de abejas que no son abejas y que vuelan estáticas rodeándote. O no, a mi no me preguntes porque esto no es ningún relato.
No voy a transmitir ninguna sensación, claro, porque esto no es un relato. Hoy tendrás que buscarlas lejos de aquí. No habrá conversaciones profundas en las que lo que se quiere decir está lejos de los que se dice, ni cigarrillos simbólicos expulsando humo que se pierde entre la niebla. Aquí no hay nada que contar, nada que sugerir. No vas a tener que leerlo dos veces buscando algún significado oculto. No tendrás que criticar ningún lugar común.
Quizá esté sonando algún disco, es bastante probable, mas como esto no es un relato, no te diré cual, ni como suena, ni en que momentos las pequeñísimas motas de polvo hacen saltar la aguja provocando un desesperado placer. Pero es que esos sonidos no relatan nada. Nada.
Puedes leer esto igual que lees el menú del chino de la esquina. Elige las frases que más te gusten y pídelas por teléfono para la cena, nada más. Ten cuidado no te empaches, que entonces vienen las pesadillas. Aunque a mi no me eches la culpa, serán tus pesadillas, no las mías. El sudor frío que se evapora según sale de tu piel al despertar es producto de tu desequilibrado cerebro, no de mis historias. De verdad, ¿Eh?
Esto no es un relato, no, pero si te escuchas lo suficiente, estoy seguro que encontrarás el tuyo. Te está esperando. Sólo tienes que darle la oportunidad.

Mar 22

Amoniaco.

Vomiting Tree

Miras el reloj. Son casi las dos de la tarde. Más vale que cojas la fregona. Tienes que recoger el vómito que hace unas horas no fuiste capaz de acertar en la taza. Empieza a estar reseco. Empieza a apestar. Echas media botella de amoníaco en el cubo de fregar. Se te revuelven las tripas. Más. El puto olor a limpio. Crees que el estómago se te está dando la vuelta. Pero venga, si lo haces rápido podrás irte al sofá a morir un poco más. Friegas como puedes. Terminas y te miras al espejo. Te echas agua en la cara. Se te olvida secarte. Goteas por toda la casa, hasta el sofá. Da igual. Enciendes la televisión. Algún reality de mierda. Da igual. Sólo necesitas que el interruptor de tu cerebro siga cerrado. La tele hace eco en el vacío de tu casa. Olor a limpio. Una mosca ha entrado por la ventana. Debe de estar abrumada con el puto olor a amoníaco.

Te levantaste hace media hora. Con sabor a vómito y ceniza en la boca. Has mirado a tu lado, asustado. Pero se te ha pasado. No había nadie. Excepto tú, claro. No puedes decidir si ha sido una gran noche. O una noche de mierda. Ya no buscas pasarlo bien, no buscas nada mejor. No lo hay. Al final, da igual. Son sólo excusas. Excusas para cultivar adicciones. Y excusas para seguir con tu colección de teléfonos. Ya ni siquiera buscas follar. Eso, al final, es un engorro. Por la mañana quieres estar solo. No sabes como mandarlas a la calle sin quedar mal. Y total, la mayoría de las veces ni te acuerdas. Y eso son las veces que eres capaz de que se te levante. Estes borracho no, eso da igual. No tiene nada que ver. Ahora te vale con que te den el teléfono. Gustarle a alguien más de dos minutos. Gustarle a alguien lo suficiente para que quiera que le llames el día siguiente. Escarbar una limosna de cariño basura. No llamarás, claro. Pero eso da igual. No buscas teléfonos a los que llamar. Teléfonos con los que quedar a tomar un café. O unas lonchas. Ya no.

No es que no quieras. Pero ahora lo único que puedes prometer es hacer daño. Miras los mensajes de hace un par de meses. “Última conexión 14 de febrero”, lees en la pantalla. ¡14 de febrero! Estaba claro que ella jugaba a varias bandas. Es muy señalado que sea esa fecha precisamente. Se pasa por tu cabeza culparla. Delante de tus ojos pasa la puta mosca. Pero no la culpas, claro. Si hubieses podido, hubieses hecho lo mismo. Pero ha sido la única a la que hubieses llamado el domingo. Ella no pensó lo mismo. Y estos últimos meses has dedicado a coleccionar números. De vez en cuando lo intentas, sin muchas ganas. Ayer intentaste llamarla por última vez. Pero nada. No estabas muy convencido. Aún así tenías esperanza. Miras el teléfono y adivinas que vuelve a pasar lo mismo. Lo mismo que el 14 de febrero. Qué más da. Hace tiempo que se te acabaron las ganas de comerte el mundo. Y un coño. Bueno, eso siempre está ahí, claro. Es la naturaleza. Pero tu lengua ya casi ha olvidado ese sabor. Entre salado y dulce. Las pajas hace tiempo que ya no te evocan sabores, olores. No son sólo más que un mero trámite. Un trámite para correrte y aliviar un poco la ansiedad. La mosca no tiene esos problemas. Seguro que no puede frotarse con ninguna de sus seis patas.

Miras el número de la de anoche. Ni siquiera apuntaste su nombre. Da igual, no pensabas llamar. Lo borras, que más da. En un minuto ni siquiera recordarás si terminaba en cinco o en tres. Pero sus manos… eso si lo recuerdas. Eran ásperas. Como de marinero. Muy desagradable. Casi, casi, hasta llegar al asco. Vomitaste en el portal cuando llegabas. Piensas que ojalá no te haya visto ningún vecino. Que vergüenza. Emborracharte hasta arrastrarte no pasa nada. Pero que te vean vomitar, ¡Qué vergüenza, eh! Has tenido momentos peores. Cuando tu cabeza te jugaba malas pasadas, te hacía ver cosas irreales, o te provocaba pensamientos paranoicos, lo pasabas peor. Sí, claro, joder tu vida, todo lo que querías y todo en lo que creías, es peor que te vean vomitar. Bueno, igual ya no. ¿Era realmente lo que querías? La puta mosca sigue dando por culo. Y ahora lo único que quieres es que salga por la jodida ventana. Pero no te vas a levantar a ahuyentarla. Demasiado esfuerzo. Mejor esperar. Ya se irá sola. O no. O al final tendrás que echarla. Da igual.

Suena el teléfono. No es la de anoche. No sabes si responder. El sonido parece que ha asustado a la mosca. No la ves cerca. Piensas en coger el teléfono. Quizá sea una razón para ducharse el domingo. Sabes perfectamente quién es. Qué quiere. Pero lo que quieres tú, no lo tienes tan claro. Sigue sonando. Ves el reflejo de tus ojeras en el cristal del teléfono. Estás superpuesto a su nombre. Como si su nombre estuviese tatuado en tu frente. Como si fuese a estar allí toda tu vida. Igual eso es demasiado. Te pasaría como siempre, a las dos semanas querrías borrarlo. Rasparlo. Arrancarlo. Demasiada mierda en la cabeza con la única recompensa de un par de polvos de domingo. No merece la pena.

A contraluz, la mosca ha salido por la ventana. El teléfono ha dejado de sonar. Ya no llevas el nombre tatuado en la frente. Ya sólo te reflejas en una pantalla en negro. Crees que igual es buena idea vomitar un poco más. Y esperar a que llegue, de nuevo, la noche. La noche que una vez más, solo o acompañado, no será más que un sucedáneos.

Feb 23

No era a ti

Bondage #1
“No… no era a ti…” Así la conocí, con el más absoluto ridículo. En aquel pub olía como si no hubieran ventilado por lo menos en tres o cuatro semanas. Una mezcla de lejía y cerveza derramada me jodía los sentidos. La música retumbaba en las paredes y se distorsionaba antes de llegar a los tímpanos. Ella estaba a dos metros cuando comencé a acercarme. Dos metros de puto abismo. Hubiese jurado que sus ojos marrones me miraban furtivamente a cada momento. Pero no era a mi, eso me dijo. Era al maromo que tenía justo a mi espalda. Por supuesto, aquel tipo era alto, guapo, definido y tenía aura de rey de las nenas, de gilipollas. Resumiendo, él estaba bueno y yo no. Desee convertirme en lava cuando, seguro de que me estaba haciendo ojitos, me acerqué a ella. Le pregunté su nombre y ni siquiera me respondió. “No… no era a ti”. Mi ego, caliente y hasta ese momento desbocado, se fundió en magma. La humillación se presentaba con medias negras y un gin tonic casi acabado.

Pero la noche da muchas vueltas, y en la agonía de luces encendidas, de llamada para la última, cuando se acerca el minuto en el que se pierde la oportunidad de yacer con algo más que unos dedos pegajosos y la vergüenza de despertarse con resaca y la ropa interior acartonada, ella no había conseguido enganchar al musculitos. Yo apuraba mi copa sintiéndome un puto grano de arena en un desierto helado. En ese momento, cuando no quedaba hielo en la copa, ella tuvo una revelación. Una puta revelación. Esas mierdas suelen ser cosas profundas, pero como ella lo planteaba, no parecía más que una gilipollez. El destino nos había juntado. Me lo dijo acercándose mucho a mí, con su falda de cuero, medias negras, tacones azules y camisa blanca. Yo no dejaba de imaginar cómo se vería en mi cama con esos tacones. Ella decía que el destino quería que acabásemos follando como animales. Eso me dijo, literalmente. Debía de tener muchas ganas, o estar muy desesperada; el destino, mis cojones. Pero yo me quise creer que realmente le gustaba, que lo que acababa de pasar es que ella me escogía a mí en lugar de a aquel tipo. Quería, como todo el mundo, sentirme especial, jodidamente especial por una vez en mi puta vida, un copo de nieve en un volcán, una chispa en el espacio, un koala en un circo, una sirena con piernas a estrenar. Piernas y coño, claro.

Era imposible que imaginara lo que le esperaba. Si se le hubiese pasado por la cabeza un sólo segundo lo que imaginaba mi mente, habría salido corriendo. Pero soy muy discreto y mis deseos me los guardo con llave hasta que estoy en la cama. Y ella, seguramente pensando en un polvo, un par de besos, y un intento de escapada antes de que yo despertase por la mañana, no tuvo inconvenientes en subir los cinco tramos de escaleras hasta mi cama.

Respiraba nerviosa, con los ojos tapados por una cinta negra con tacto de seda, atada con correas al cabecero y pie de la cama. Seguía vestida, me estaba recreando. Ella me había hecho esperar, sufrir, en el infierno del garito en el que estábamos. Ahora era yo el que torturaba. Estaba sentado a su lado en una silla de plástico plegable. Le dije que todo aquello era el karma. Ella no decía nada. De su boca abierta jadeante no salían palabras. Yo no podía imaginar lo que debía sentir, excitada, encadenada a la cama de un completo desconocido al que había rechazado, yo nunca había estado en esa posición, yo siempre había sido el dominante. La única pista que tenía eran los movimientos de su pecho abultado al compás de sus exhalaciones, su boca abierta jadeando y su piel escarpada. No pensaba quitarle los tacones azules. Ni la falda. Estaba seguro que al día siguiente ella volvería a su casa con las medias rotas y la camisa manchada de sudor. Y otras cosas, claro, el sudor no era el único fluido que iba a correr por su cuerpo. Mi pantalón estiraba las costuras de la cremallera al límite. Las costuras de mi cabeza habían reventado minutos antes.

La dejé allí, excitada, respirando con jadeos. Mientras, yo llenaba un vaso con hielos y whisky en la cocina. Mis pasos eran lentos pero fuertes, quería que los escuchase, que mantuviera en su cabeza la incertidumbre constante de que iba a pasar. Tomé un sorbo al borde del colchón y acto seguido junté mis labios con los suyos. Ella, al notar el sabor fuerte y frío de mi boca arqueo la espalda y susurró un “Por favor” que se fundió en la noche como humo en la niebla. No dije nada. Disfrutaba del whisky. Estaba deseando sentir su cuerpo en mis labios, en mis dedos, pero quería mirarla sólo unos segundos más. El vaso se posó en la mesilla de noche con un repiqueteo ártico y a aquella chica que se había negado a darme su nombre se le erizó la piel, tanto que raspaba. Me puse de rodillas sobre el colchón. La acción iba a empezar. Se acabó el karma y demás gilipolleces.

Mis manos se introdujeron por debajo de la camisa, rozando sus caderas. El tacto era suave y tenso. Abrí la camisa con un tirón y los botones cayeron al suelo haciendo el ruido de canicas rodando. No llevaba sujetador y sus pezones puntiagudos señalaban al techo. Sin dejar pasar los segundos escale hasta sus cimas. Mi lengua leyó el código morse de sus pezones. Despacio, sin prisa. Aquella lectura era mía, y no hay nada mejor que recrearse leyendo. Sus gemidos provocaron el alud de mis dientes, que cerré en sus pezones, tratando de hacerlo suave, despacio. No fué así, la excitación dejó los dientes marcados en sus pechos. Su espalda volvió a formar un arco perfecto en conjunción con la sábana mojada, aún sólo de sudor. Me deleité en la escalada, pero no hay montaña completa sin un poco de hielo. Agarré la copa de la mesilla y mientras tomaba un sorbo, encerré un cubito entre mis dientes para después dejar el vaso y dedicarme de nuevo a los magníficos pezones que tenía delante. Combiné el hielo con el aire caliente que exhalaba mi nariz en sus pechos, dejando un rastro de humedad que recogían mis dedos. Alargué una mano de nuevo hacia la mesilla intentando abrir un cajón. Tan concentrado estaba que el vaso cayó provocando un estruendo de ventanas rotas. El resto de la noche nos invadiría el vaho con una mezcla olor a whisky, sudor y sexo. Por fin conseguí alcanzar el interior del cajón. En mi mano, dos pinzas de metal enlazadas con una cadena. Procedí igual en ambos pezones, primero lengua y saliva, luego hielo y agua, finalmente el tacto del frío metal. El dolor sólo era una consecuencia. Causalidad.

Me arrodille sobre el colchón, en la parte baja de la cama. Sus piernas se extendían delante de mí, desde las correas de nylon hasta la falda de cuero, cubiertas por las medias negras. Ella me buscaba con la mirada ciega, me suplicaba con los movimientos de sus manos inmovilizadas. Decidí que por mucho que me gustasen, era hora de deshacerse de los zapatos. Cayeron en el charco de licor del suelo. Desde sus dedos cubiertos por fina tela negra, fui dejando un rastro de saliva. Muy despacio, sintiendo cada centímetro de piel bajo las medias hasta introducirme bajo la falda, un invernadero que protegía el destino exótico. Con los dientes abrí un camino directo al interior de la selva, húmeda, monzónica. Después de las cumbres heladas, mi lengua agradeció poder refugiarse en una cueva amarga. Bailó para ella hasta que los relojes dejaron de avanzar. Cinco minutos, o una hora después, recibió en su boca mi lengua danzando acre, a la vez que introducía un ariete entre los huecos que habían abierto mis dientes. Mis movimientos se sincronizaron con su respiración. Cada segundo ella respiraba más y más rápido. Nuestras lenguas se rindieron en una lucha de la que ninguna quería salir victoriosa. Mi mano derecha se acercó a su cara. Rozó sus mejillas y subió lo suficiente para poder quitarle la venda que cubría unos ojos marrones rebosantes de deseo y placer. Cuando me miró pude notar como crecí dentro de ella aún más. Esa mirada fue lo que más me excito de toda aquella noche que empezó en un ridículo, en una humillación. Ya nada de eso importaba, en ella podía ver reflejado un trocito de divinidad venida a la tierra.

El nombre de Dios fue invocado una y otra vez hasta que la cueva, a pesar de su calidez, se llenó de nieve. Durante un largo instante, permanecí allí dentro, protegido, sin mover siquiera las pestañas. Su respiración fue poco a poco cobrando normalidad. Se quedó en la cama liberada de las correas, tumbada, con los ojos cerrados, inmersos en una niebla de alcohol y sudor.

Horas después me desperté, atado con las correas y escuchándole decir “Por fin te despiertas hijo de puta”. Y en ese momento lo supe. Ella era. Ella era la elegida.

Feb 05

Disco rayado

Scratching the surface

La llaves repiqueteaban en la puerta. La maleta estaba en el suelo mientras Jaime luchaba con la cerradura. Dentro se escuchaba el sonido viejo de un vinilo en el tocadiscos. Ni las luces parpadeantes del portal, ni la cerradura medio rota, lo que hacía sentirse en casa a Jaime era ese sonido. Intentó girar la llave de nuevo pero, sin llegar a completar el intento, la puerta se abrió, Julia abrió. Le estaba esperando, por eso había puesto su disco favorito. Jaime estaba seguro que llevaba por lo menos dos horas llevando atrás la aguja una y otra vez, sólo para que en el momento exacto él pudiese escuchar esas melodías que tanto significado tenía enterrado en su alma, en sus almas. Jaime notó a Julia nerviosa. Era la primera vez que tenía que irse de viaje desde que se mudaron juntos, no parecía raro el nerviosismo y tomar tanta molestia en preparar algo para cuando llegase.

Con la puerta apenas cerrada juntaron sus cuerpos y sus labios. La pequeñas motas de polvo se hacían notar en el sonido sucio del tocadiscos. Ese es su encanto, pensaba Jaime, escuchando esas imperfecciones mientras besaba a Julia. Ni qué tal el viaje, ni cómo estás, ni qué tal todo por aquí. Sus lenguas no se querían distraer en palabras.

La cara a del disco había terminado. Él se acercó al armario de los vinilos y puso otro disco. Ella llevaba de la cocina al salón dos copas y una botella de vino que había seleccionado especialmente para ese día.

En el sofá, brindaron por la vuelta, por la música y por el viejo tocadiscos. Los dos acercaron la copa a la nariz, inspiraron y saborearon un trago desde el paladar hasta los dedos de los pies. Las miradas que se intercambiaban suavizaban los tonos agudos, casi cortantes, que el vinilo emitía al rozarse con la aguja del tocadiscos. Jaime le contó su viaje largo, largo, y Julia le dijo lo que le había echado de menos, le contó todas sus noches acompañada sólo por una copa y el viejo tocadiscos. La aguja del tocadiscos saltó como si estuviese asustada. Quizá el disco estuviese rayado, quizá se había posado en él una mota de polvo más grande de lo normal.

Jaime admiró las formas del cuerpo de Julia mientras ella se acercaba a cambiar de nuevo el disco. Jazz, voces graves, bajos que penetraban en el corazón. Mientras la aguja se movía lenta, sin prisa, saboreando cada centímetro que recorría, Julia tumbaba a Jaime en el sofá del salón. Le besaba, acariciaba con los dedos su cuerpo, desvistiéndole, con cuidado, como si fuese algo que tuviera que manejar con extrema precaución. Ya tendría tiempo para ponerse salvaje.

Un solo de bajo acariciaba la aguja del tocadiscos. Desnudos en la cama se miraban fijamente, como dos nubes a punto de descargar la tormenta. Ella empezó a recorrer el cuerpo de Jaime con los labios. Primero el pecho, suavemente, formando tornados en el pelo con los dedos, pellizcando sus pezones. Las palabras que entonaba entre acorde y acorde habían perdido ya el decoro. Siguió bajando, abriendo cada vez más la boca y dejando un rastro mayor de saliva. Un saxofón escupía tonos altos como gran final de la cara a del disco de jazz.

“Ay, Rubén” gimió Julia. Los dos se miraron fijamente. Jaime esperó una rápida explicación pero esta no llegaba. Pasados dos minutos, Julia acertó a decir “Lo siento” sobre el fondo de la aguja del tocadiscos reproduciendo los surcos sin música. A Jaime no le gustaba cuando los discos terminaban y se quedaban sonando en silencio sin que nadie les hiciera caso, como si el tocadiscos buscase una nota más para sólo encontrar el vacío. Julia se acercó y le dió la vuelta. Dejó caer de nuevo la aguja. La música volvió a sonar mientras ella se acercaba. No sabía como reaccionar. Jaime deseaba el olor de Julia, durante casi tres meses no había podido más que imaginarlo enchufado a la música de su mp3. Pero no quería que el deseo distorsionase su juicio. “Perdóname, de verdad, fue sólo una vez…” “Una vez y es su nombre el que dices cuando nos volvemos a encontrar”.

Jaime, sentado en el sofá, con las manos en la cabeza y los codos en las rodillas trataba de pensar, pero su mente se había quedado en blanco. Cuando abría los ojos veía a Julia, quieta al lado del tocadiscos. La música continuaba sonando.

El disco empezó a repetir los mismos dos segundos una y otra vez. Estaba rayado. Jaime miró a los ojos a Julia. “Dijiste que me esperarías”. Julia dejó escapar dos o tres lágrimas. A Jaime le pareció que sólo fue una. Se levantó. No la volvió a mirar. Se vistió. Mientras lo hacía se fijó en la maleta, aún de pié en medio del salón. La cogió y se dirigió a la puerta. Jaime se dió la vuelta y se acercó al tocadiscos, que seguía emitiendo una y otra vez los mismos dos segundos. Movió la aguja hasta el final del disco, sin levantarla, provocando el horrible sonido del vinilo chirriando. Echó a andar dejando la puerta abierta a su paso. Del tocadiscos se podía escuchar el sonido del vacío, la aguja rozando la parte final de los surcos sin música, un silencio sucio.

Dic 18

Haikus (I)

Rain

Coge el abrigo
que ya fuera refresca
dice tu madre.

Pájaro tonto
porqué no vas a cagar
tu puto nido.

Dame la mano
no me mires sin ojos
dame tu boca.

Lacón con papas
chopitos, calamares,
café o postre.

Atiende chico,
la vida es muy larga
no me la jodas.

Poca anestesia,
te arranco la muela
no digas nada.

Agita el cóctel,
aún no estoy borracho.
Agita el cóctel.

Borro mi nombre
lo escribo sin tinta
quemo el papel.

Sep 01

La tormenta

Lightning

Héctor termina de liar el cigarrillo y se lo enciende con una larga calada. El humo se confunde con la niebla que refleja la luz de la recepción del Hotel. Le pasa el cigarrillo a María, que se encuentra sentada justo a su lado, en el mismo bordillo, acercándose lo suficiente para que parezca que lo único que busca es combatir la helada noche, igual que minutos antes cuando él le ofreció su sudadera. Los dedos se rozan suavemente y una tormenta lejana estalla en relámpagos que no pueden ver a través de la bruma nocturna.

María inhala el humo. Fija su mirada en el cartel que luce bajo la intermitencia de una farola. Imagina un mundo que va a girar y para avisar a los demás planetas de su movimiento inesperado, parpadea millones de farolas. Así siente su mundo, con miles de farolas parpadeando aunque ella sólo pueda ver la que tiene justo delante. En el cartel se puede leer “Châteaudun”. Envueltos por la niebla y el suave correr de un río cercano, él se empieza a liar otro cigarrillo, no le apetece compartir. Mientras, ella con su mirada fija en el intermitente del mundo, piensa que jamás imaginó que su viaje romántico por Francia acabase así. Suelta el humo de una nueva calada y suspira.

– ¿Y ese suspiro? ¿No estás agusto? – Héctor gira la cabeza para mirarla. Ella le corresponde. María clava sus tiernos ojos marrones en los de Héctor.
– No… no es eso. Simplemente… no sé, esto no es el tipo de noche que podía esperar en un viaje romántico. – Vuelve a suspirar, manteniendo la mirada tan intensa como la niebla que les separa.
– Bueno, el amor también es esto, ¿No? Acompañar a alguien hasta sus infiernos si hace falta.
– Yo es que soy de novelas románticas, para mí el amor debería ser no tener que obligar a esa persona a bajar a tu propio infierno. Quema, y mucho, ¿Sabes?
– Todos tenemos nuestro lugar y nuestro momento para arder… si no quieres ver a nadie condenarse, mejor quédate en una de esas montañas tan preciosas que has atravesado para llegar hasta aquí. Y nunca más tengas una relación con un ser humano.
– ¿Cuántas veces has utilizado ese discurso para ligar?
– No estoy tratando de ligar, no esta noche, no ahora.

Se hace un silencio y ambos vuelven mirar el infinito del horizonte vacío, blanco, parpadeante. El humo de ambos se difumina en la niebla. El reflejo de un rayo cada vez más cercano se esparce azul en el aire espeso.

– Parece que llega una tormenta. Cuando esté aquí tendremos que dejar de fumar y meternos dentro.
– Entonces disfrutemos este cigarro como si fuese el último.

Él da una calada larga, lenta, expulsando el humo muy poco a poco. María observa como expira con los ojos cerrados. Hace parecer que soltar una bocanada de aire sucio sea algo poético, delicado, que hay que tratar con cariño. El humo se pierde en la inmensidad, pero ella sigue atenta a sus labios, que ahora se esconden.

– Nunca había visto a nadie disfrutar tanto con una calada.
– ¿No? ¿Ni siquiera tú?
– No, yo fumo por la costumbre, pero no es nada especial.
– Entonces, permíteme que te diga, sin ofender ¿Eh? – Héctor dirige su mirada directamente a los ojos de María. – Pero tu y el resto de la gente que fuma por fumar… tenéis un comportamiento bastante estúpido.
– ¿Qué? – Dice con la voz más aguda que sabe poner, retirando la mirada y cerrando los ojos a la vez que frunce el ceño.
– No me malinterpretes, no estoy diciendo que seas estúpida, sólo que tienes un comportamiento que lo es.
– Si, ya, tu fumas igual y me llamas estúpida.
– No… no me entiendes. Fumar por placer no me parece estúpido. Fumar sin más, me parece estúpido, no las personas que lo hacen. Pero al fin y al cabo ¿No te estás matando gratuitamente?
– ¿Acaso tú no?
– Creo que sigues sin entenderme. Si un tío se mata escalando una montaña, haciendo lo que le gusta, asumiendo sus riesgos… ¿Que tiene de tonto? Todo lo contrario. Pero en cambio, ¿Alguien al que no le gusta escalar, se mata cayendo de una montaña? Ese, ese es un estúpido.
– Ya… entiendo. – Él la deja de mirar y vuelve al vacío que se llena de violentos electrones que cada paso del segundero del reloj se acercan más.

María abre los ojos mientras se lleva el cigarrillo a los lábios. Inspira cerrando de nuevo los ojos. Esa calada le sabe mejor que cualquier cosa que haya probado en toda su vida. Sabe que la única razón son las palabras que acaba de intercambiar. En un minuto ha pasado de tener asqueroso alquitrán en llamas al mejor manjar que jamás ha pasado por su paladar. Gracias a él. Tal es su magia, piensa, que convierte el humo en langostas.

Pueden oler la electricidad. La tormenta se aproxima y aún así parece que no va a llegar nunca. María se acerca y le coge la mano que el vicio le deja libre.
– Creo que deberíamos acostarnos – Pasa los dedos por las palmas de Héctor.
– Sí, es cierto, mañana debería salir pronto hacia París.
– No… sabes que no me refiero a eso.
– María… ¿Y tú novio?
– Eso digo yo, ¿Y mi novio? Mi novio está en coma en una cama a la que le ha tenido que arrastrar el chico más adorable que he conocido jamás, mi novio seguramente haya dejado un pestazo a vómito en toda la habitación. Mi novio, ese tipo que está ahí arriba, no es quien fue hace años. Este viaje era el último intento de salvar nuestra mierda de relación, pero no es en su coche en el que quiero llegar a los Campos Elíseos…

Tras cinco minutos de intenso silencio, cargado de miradas de reojo, caladas y tímidas sonrisas, la niebla se empieza a despejar. Deja paso al cielo cayéndose en forma de agua. En un rápido gesto, él levanta a María de los hombros y pasan corriendo a la recepción del hotel. La ceniza de los dos cigarrillos sucumbe a la inundación que los arrastra en dirección al río.